sábado, 31 de octubre de 2009

Halloween: El Cojo y el Loco

Esta vez, los bastardos sin gloria de este bloJ hemos querido engatusarlos con este post especial por Halloween o por el día de la Canción Criolla (según celebre el particular). No hemos encontrado mejores trajes literarios que calcen con nuestras sensaciones esta noche de Brujas (con el perdón de Bayly, al que le robamos su título). Dos reflexiones de estos dos espíritus chocarreros: Teni será el Cojo y yo seré el Loco. Al final, la entrevista al más farandulero de este bloJ.



El Loco (reii)

Esta semana el barrio se dividió: un vendaval de fiestas de Halloween fueron el motivo. Cada quien llevando agua para su molino, remando para donde quería llevar a los demás o, como es clásico, se escuchó el “yo voy adonde van todos”. Pero esto pasa siempre, unos quieren ir a un tono, otros ruegan por ir a otro: que el Hot, que el Sexy, que Barranco, que el Trick, que el Honey, que una chupeta en el barrio, etcétera.

Yo no pensaba ir a ninguno. No era necesario intervenir en esas discusiones. Al final caeré (porque aun no lo decido) donde pueda pagar una cifra poco escandalosa. Esos fiestones se me hacen caritos (y apuesto a que son redondas estafas). Todo ese entusiasmo por travestirse como bombero, pokemón o Luke SkyWalker no me hechizan como cuando era un crío, no erecta un solo vello mío ni engolosina ninguna parte de mi alma.

Las facciones son las siguientes: Queen dice que irá conmigo a Carpe Diem, aunque con ella no se sabe; Teni, Blue y Piero irán a HallowTrick; Mario irá con Bruno, Javier y su novia a Sexy Halloween (renegando de que Teni no irá con ellos por perseguir a Blue en el Trick); Juan Carlos aboga porque ellos se queden en el parque tomando, en todo caso lo acompañará el nuevo amigo Andy; Diego irá adonde lo lleve su musa Milagros; Mauricio buscará una tocada bohemia en Iguana Rana (dudo la encuentre allí); la promoción del colegio que nos unió a todos irá a Hot Halloween (razón suficiente para no ir) y algunos pocos amigos de la universidad al tono del Real Felipe, como avisaron a última hora no caeré por allá.

En esta fecha embrujada, el barrio se ha dividido y eso me gusta. No es que aborrezca la amistad que venimos cultivando hace años. No estoy loco (¿o sí?), pero si cada quien vuela a la fiesta que desea (y puede pagar) me dejan cierto margen de acción, cierta liberad que no pedí, alguna rara esperanza de poder naufragar en la fiesta que quiera: y yo quiero ir al Carpe Diem con amigos de la universidad con los que nunca me he desbandado (ni pensaba hacerlo).

Al final cada quién terminará en el lecho que desee. Estas fiestas de Halloween apelan al niño que llevamos dentro. Cada quien irá en busca del caramelo que se le antoje. Mi hermana Luciana, de cinco años y vestida de Cenicienta, probablemente hará eso. Yo también lo haré, aunque claro, el sustantivo caramelo toma ribetes distintos para mí como para ella.

¿La canción criolla? Puede ser, pero no aparecen en mi vida amigos lo suficientemente acriollados para animarme a asistir a la movida en las peñas de esta ciudad de eme. No es que me falte nacionalismo para celebrarle un día a la canción criolla, ni tampoco soy un alienado por caer en una fiesta jalowinística. Sospechen si alguien los acusa así. Si no me comprometo con mis amigos, porque habría de comprometerme con celebraciones localistas como lo son el Halloween o el día de la Canción Criolla.

Sólo quiero divertirme, y la diversión escapa siempre de los compromisos con terceros: la diversión es la lealtad con uno mismo, con sus deseos e impurezas.

El Cojo (Jorge Luis)

El cojo no nació cojo, nació cojudo y está enamorado. No es que esté cojo porque le falta una pierna, porque tenga alguna deformidad. Es cojo por errar el penal del triunfo para su equipo de futbol en el Campo de Marte, de ahí su adjetivo.

El cree que la noche de brujas es la única noche en la que puedes ser otra persona y las chicas pueden usar prendas diminutas como disfraces que incluyen accesorios como orejitas de ratón u otros animales, diablitas, o usar colitas de conejo. Sin ser criticadas por otras o tildadas de facilonas.

Aunque él prefiere celebrar el día de la canción criolla, ya que se asemeja más a nuestra realidad, y no a una tradición anglosajona que se remonta a los celtas. Pero no se ve bailando “Cuando llora mi guitarra” con alguna de sus amigas. Y es que claro el cojo no tiene novia y no es porque sea feo, es todo lo contrario, si no la tiene es por cojudo.

Se encuentra en una encrucijada porque casi todos sus amigos van a celebrar Halloween en un conocido antro. Pero él no quiere porque la chica de sus sueños irá a otra fiesta, y ella le ha propuesto que vayan juntos, por eso él no sabe qué hacer.

Si va con ella tendrá miedo que sus amigos le dejen de hablar, pues exigen su presencia. Pero si va con ellos querrá luego pasar Halloween en compañía de aquella chica que tiene al cojo más cojo que nunca. Pues las cosas ya parecen estar escritas y las horas avanzan, el reloj corre y no ha tomado una decisión para esta noche de fin de mes morado: noche de los muertos; habrá corazones muertos también, tal vez por la posible ausencia del cojo o porque será choteado.

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Fotografía tomada por Queen.

Antes de salir a la fiesta de Halloween, dejo aquí la entrevista a Jorge Luis (a. Teni). Que tengan un feliz treintiuno y una buena semana. El próximo post, Teni o yo, escribiremos sobre las desventuras y victorias de esta noche bruja.

sábado, 24 de octubre de 2009

Cuando el Sol nos Calienta a Todos


Fotografía por Isady

El viaje a Punta Hermosa confirmó lo ridículo que puedo llegar a ser, pensé que sería un logro para acercarme a la siempre impredecible Blue (que, como una final de mundial, nunca se sabe cómo va terminar hasta el pitazo final).

Quizás ese recuento pueda ayudarme a extraer sesudas conclusiones de lo que “se debe” y “no se debe hacer” (pero que tanto gusta) en mis gastadas tácticas y estrategias (M.Benedetti) de flirteo sureño ocasional.

Batallo contra los diabólicos zancudos para conciliar el sueño. Somnoliento me despojo de mis cortos y de mi playera. La temperatura llega a 36 grados (como cuando juega la U en el Campeones del 36), esto parece Sullana. Cuarenta y dos kilómetros ya no valen tanto la pena.

La mañana siguiente, Blue irrumpe en mi cuarto dando saltos en mi cama. Pensamientos obscenos se apoderaron de mi subconsciente. Exclama a viva voz (como Alan García en las elecciones del 85) ¡vamos a la playa! Le respondo mamá, hoy no hay escuela y se echa a reír. Le pido cinco minutos para vestirme porque estoy con el bóxer de Piolín que tanto me avergüenza y que llevo puesto.

Blue sale de la habitación y le cierro la puerta. Quiero seguir durmiendo. Ella vuelve a entrar y me despierta a almohadazos. De esa manera cómo me iba negar a sus encantos. Al llegar a la playa, que está a diez minutos de la casa, me doy cuenta que la odiosa de Mela no está con nosotros. Le pregunto a Blue por ella, va darnos el alcance después, me dijo.

Blue se desprendió de su ropa quedando en un hermoso bikini Roxy blanco de flores rojas y doradas. Debe haber sido una de las más hermosas de la playa. De no haber sido por el litro de bloqueador que se echó en la cara que la hacía lucir graciosa (algo así como un mimo).

Mientras disfrutábamos de una mañana perfecta con un sol radiante que parecía cubrir el Sur entero (y llegaba hasta la jato de Toledo en Asia), apareció un chico de estatura mediana, cabello largo rizado castañón, ojos color café oscuro y que respondía al nombre de Manuel. Se acercó hacia nosotros y saludo muy afectivamente a Blue, demasiado para mi gusto. Blue fulminó la situación presentándome como su primo (que es más que un amigo pero menos que un novio). Yo presa de mis celos “primitivos” y adolescentes lo salude con un fuerte apretón de manos, mirando hacia los ojos, calculando los movimientos de mi rival de turno.

Manu, como lo llamaba Blue, era un chico de su universidad, que estaba en un eterno abordo con ella del cual nunca me habló. Había venido con un grupo de amigos y amigas para disfrutar de los días soleados que regalaba la primavera (y es que este clima limeño está más loco que nuestros congresistas). Traté de participar en aquella conversación que sostenían muy amenamente Blue y Manuel sin dejar de mirarse, uno al otro. Él no la miraba a los ojos, sino a las contorneadas piernas. Cada vez era más ajeno a la conversa, hasta el punto que se encargaban de minimizarme hablando de la universidad, del profesor Linares, la profesora Olortegui y de chicos y chicas que no conozco ni conoceré (que Vale agarró con Renato en Aura, y cosas por el estilo).

Prendí mi iPod, esperando que aquel granuja desapareciera, se lo trague el mar. A los pocos minutos se fue, sin antes invitarla a la fiesta que dará en su casa por la noche. Blue lo miraba como vaticinando su asistencia y condenándome a ir con ella. Si quieres trae a tu primo, dijo aquel hijo de… Ministro que cayó por el escándalo de los Petroaudios.

En la noche, y sin animos de ir a la dichosa fiesta, Blue me convenció, a punta de almohadazos otra vez, ¡vas o vas! Así qué difícil es decirle no. Llevaba puesto un vestido enterizo blanco. Se veía preciosa, tal vez más linda que nunca. Por su parte Mela, en su intento de vestirse fashion, pues quería llamar la atención de un chico esa noche, parecía Lourdes Flores Nano en verano. Yo por mi parte me he puesto unos shorts marrones de dril, una camisa blanca manga corta con rayas marrones y unas costosas slaps.

Al llegar a la casa de Manuel, él se encargó de separarme todo el tiempo de Blue, lo cual había conseguido. Mela y ella congeniaron perfectamente con el grupete de amigos mientras yo fingía risas de los chistes que contaba Jason, muy pegado a Mela esa noche (¿o viceversa?). Para salir de la situación le dije a Blue voy por algo de tomar, qué deseas. Una Corona está bien; voy en busca de la Corona de mi reina pense, mientras me acerco muy sutilmente al DJ y le coloco un Raúl Porras Barrenechea en el bolsillo, asunto arreglado. Apenas llegué donde Blue, él soltará “Algo más” de Hoja de Parra.

Esquivando a la gente logro llegar a ella (como Rocky para llegar a Adriana en la Uno). Manuel se me ha adelantado otra vez y la ha sacado a bailar. Le da una palmada en el brazo y me dice sorry brother pero tienes las manos llenas. Siento rabia, tengo celos que, como dice José Luis Perales, es igual a sentir miedo (pero a los amigos se les está prohibido sentir eso). Blue parece estar feliz con Manuel y eso me alegra en un cierto modo, que no sufra por Jork, que la ha hecho llorar más veces de lo que la ha hecho reír, aunque con el que debería estar bailando es conmigo y no con él.

Los pierdo entre la multitud, cuando una chica me toca la espalda. Pienso que es Blue, pero es Diana. Una chica con la que salí hace mucho tiempo, tanto que no recordaba como era su voz.

Pensé que eras otra persona, es todo , y no prefieres que sea yo, no es eso Dianita es solo que… dije, no me digas que es por la chica que esta rumbeando con Manu¿ ¡Que pasa con ella!? Con ella pasa todo y no pasa nada le dije, a que te refieres, a nada Diana, olvídalo.

A pesar de lo linda que era, la situación era rara, yo nunca le dije para estar, pensé que todo empezó así y así debía terminar creí que se destruiría todo si lo hacíamos, ella no entendió o quizás yo no entendí , decidió abandonarme, portarse muy mal, fue horrible yo casi me muero.

¿Conoces también a Manu? pregunte, claro es mi primo ¿no te acuerdas? ,no y las risas se apoderaron de nosotros. Salimos de la casa y caminamos muy cerca de la orilla, hablando de la universidad, de la Sociología, Periodismo, de su ex y yo le hablaba de X, Sasha y por ultimo de Blue. Pero nunca hablamos de nosotros y tal vez fue mejor así. La escena era perfecta: el mar, las estrellas y el resto de ingredientes hollywoodenses para un beso. Sé que estuvo mal, pero sucedió tal vez por falta de amor, por necesidad de este, o porque fingimos querernos por ese momento.

Regresamos a casa mientras buscaba desesperadamente a Blue con la mirada, pero no la encontré. Diana me dio un recorrido por la casa y nos metimos en una de las habitaciones, me beso y la besé, me quitó el polo y se desprendió del suyo, me empujo hacia la cama. Quedándose en un sexy bikini morado de infarto, en el lecho junto a mí y los besos se hicieron más profundos , dimos vueltas sin parar, me detuve por un momento, tengo que ir al baño, repliqué. Salí sin camisa, felizmente aun conservaba mi cortos.

¿Qué haces?, ¿qué pasa si te ve Blue?,¿a Blue no le importaría?, ¿estará con aquel batracio? Fue entonces cuando vi a Blue dándole un beso a Manu. Huí despavorido, no me quedé a presenciar la escena completa de aquel cachetadón que le metió después. Despechado y descorazonado regresé al cuarto con Diana, tenía en mente hacerla mía.

Me desvestí, me quedé en bóxer y fui desnudándola furiosamente, sus ojos parecían seguir cada movimiento de mis manos y parecía incitarme a hacer cosas más obscenas con sus besos. La tuve como Eva, de pronto me detuve y le dije me hubiese gustado que esto pasara antes, estoy enamorado de alguien más. ¿Es por eso tonta, verdad? ¡Pues entonces ve por ella, tonto, que yo encontraré al mío!

Blue me estaba buscando, quiere irse y yo la busco a ella tambien. Lamentablemente, antes de darme cuenta ella me ve salir del cuarto donde minutos antes había estado con Diana. No me dice nada, se queda en silencio. Rompe el silencio preguntando por Mela, está incómoda, pero no lo dice, lo presiento. Estaba preocupada por ti, pensé que estabas ebrio o algo así (fue una de las pocas veces que dijo eso). ¿Y tú y el tal Manu?, no me respondió. Hay que ir por Mela y vámonos.

Al encontrar a Mela, estaba besuqueándose con Jason, afirmando que es su nuevo novio. Insistimos en retirarnos, ella no aceptó así que Blue y yo nos marchamos. Cada uno se fue a dormir pensando en el otro. Mañana salimos de regreso a Lima, ella tenía una conferencia para obtener su bachillerato y yo comenzaba parciales el lunes. Cada uno volvería a su mundo hasta que nos volviéramos a ver.

Blue insistió a Mela para volver, ella decidió quedarse, que regresaría con el tal Jason (y los argonautas) a Lima. Una vez en el bus, quizás cansados de hablar, discutir, o de lo que pasó en la casa de Manuel, simplemente la cogí del hombro, apoyé mi cabeza en él y me quedé profundamente dormido. Tres horas más tarde estaríamos de regreso a la ciudad.

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Esta historia en una canción.

martes, 20 de octubre de 2009

Por Siempre a las Cinco (Episodio II)


Si una chica te dice que No,
no te mueres.
Y no es que quiera dejarte,
choteado imbécil,
un mensaje de aliento.
Mírame, tragate tu dolor y escucha
(No pierdas de vista las dos primeras líneas)
Si no sabes que el rechazo
es como un bayonetazo, un fulminazo,
una escopeta que apunta y dispara
a dos centímetros de tu corazón
entonces déjate morir:
las lágrimas serán tu fosa común.
Tienes que saber eso para que, cuando
suceda, abras el corazón,
le digas todo, no te guardes nada,
te envenenes con tus antiguos sentimientos,
y te ahogues en tus palabras.
Sólo así serás un derrotado feliz y satisfecho
sonreiras mientras caes al campo de batalla
encima de esa pila de malos muertos
choteados como tú.
Ahora coge tu arma,
retírate tranquilo,
ella ya lo sabe.

(Yo, luego de la tormenta en Buenos Aires)
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Labios perseguidos

Yo era el que combinaba los tragos cuando se acabó el vino. El whisky exigía el contrapeso de la Seven-Up para no emborracharnos rápido. Rozzenda comenzó la ronda, le servía más whisky que gaseosa; en cambio a S, más gaseosa que whisky: quería dormir a Rozzenda, ya que no podía empujarla desde el balcón a la azotea de la casa vecina. ¡Vamos, Rozzenda, sin misericordia!, le gritábamos. Evaporó el trago, y antes de pasarle el vaso a S, se desplomó al piso. Empezó a dar vueltas como un pollito sin cabeza.

La llevamos al sillón y, luego de dos cachetadas, volvió en sí: le prendimos la laptop y entró al Messenger para buscar a Raúl. Fui con S a la mesa para servirle el trago. Con Rozzenda lejos y la bulla cegadora, S pasó sus brazos por mi cintura, me acerqué y por tres segundos recorrí su cavidad bucal con mi lengua viperina. Tres segundos electrizados, yo grité campeón mundial, sin intuir lo que vendría luego. A partir de allí, perseguí sus labios toda la noche (escribir esto es una forma de seguir persiguiéndolos).

S fue a cambiar el cassette de Cavero por el de Michael Jackson. Rozzenda bailaba con S y yo las contemplaba: en un momento, la idea de que ellas se besaran con frenesí recorrió mi mente de poeta maldito. Me llamaron a que acompañe su danza, un rato moviéndonos y Rozzenda se fue al baño. Aprovechamos para besarnos por tercera vez, la más larga de todas. Debo decir que nadie me ha mordido como ella debajo de una ventana.

Esto está mal, me decía; Me gusta que esté mal, le respondía. Nosotros somos amigos; Que sea un amor de amigos, entonces. No había tiempo de explicar nada, Rozzenda volvería en cualquier momento y metería sus violinistas narices. No sé si S quería besarme, es probable que ni le haya gustado, de toda esa noche sólo hubo un momento en el que me sentí, por decirlo de alguna manera, condenadamente deseado.

Fue luego de aclararle enérgicamente que me gustaba, que siempre pensaba en ella y que ella era la mejor, incluso mejor que ella; tú también me gustas, me dijo y cuento eso como una pequeña victoria. Levantó con leve fuerza mi polo y, debo recalcar esto, me mordía con indudable pundonor. Tal vez morderme era su manera de fumigar mis ganas, pero conseguía lo contrario. En poco tiempo volvería Rozzenda (yo sospecho que ella ya estaba aguaitándonos a escondidas y esperaba el momento para entrar), había que detenernos para que no nos descubriera: eso también me gustaba, el carácter secreto de ese tórrido romance condenado a todo menos al avance.

Ligeras confesiones

¡Ya los ví!, dijo Rozzenda cuando nos pilló. Segundos antes yo había liberado a S de mis tenazas. Lo negamos todo, aquí no ha pasado nada, de qué hablas Rozzi, se desentendía S, que había quedado al medio y juntaba nuestras cabezas para que agarrase con Rozzenda. Yo jamás me la podría haber chapado, no, imposible, pocas veces me traiciono a mí mismo y esa era una de esas veces.

Volvimos a la sala a bailar: S se alejaba de mí y me dejaba meneando las caderas al lado de Rozzenda, que se acercaba mucho, su distancia me puso furioso. ¿Chicos, quién les gusta?, gritó S de pronto. Ella fue la primera en responderse, dijo el nombre de su amor platónico, un bajetón, un tal Mickey, no sé, cerré mis orejas al estilo Dumbo en ese momento. Seguía Rozzenda: naturalmente dijo Raúl Crisóstomo, pero yo le cuestioné que si vivía enamorada hace dos años de él cómo se explicaba que hace cuatro meses estuvo de enamorada con Harry, su último novio.

-No sé, me resigné a estar con Harry –dijo Rozzenda-.

-Es que las mujeres no pueden estar solas –juzgaba yo-. Pero ¿algún avance con Raulito? –indagué-.

-No, sólo agarres. Ahhh –soltó una mueca de nostálgica satisfacción-.

-Algo me dice que ese chico te muerde cuando te besa –lanzando una cojuda indirecta a S-. Y si te muerde es porque siente algo.

-Ja já, sí, pero nunca me dice para estar, nada.

-Dile tú, háblale. Pero, cuidado, no le vayas a creer ese florazo de “amor de amigos” -no podía sentirme más horrible, la estaba embarrando voluntariamente-.

Por qué soy tan autodestructivo, me pregunté a la vez que hablaba con Rozzenda. S se mantuvo en silencio, traspasó la oscuridad con una mirada legañosa, decepcionada y la comprendo. Falta que respondas tú, quién te gusta, dijo Rozzenda. Para qué, no la conocen, me excusé. S insistió, pero di pues, estamos en la intimidad de los amigos. ¿Y quien nos mandó a ser amigos?, pensé en voz alta.

Luego iba decir que a los hombres nos gustan muchas chicas a la vez, van y vienen (aunque siempre hay una que permanece) pero me pareció muy aburrido defender ahí mi teoría.

Iba a quedar como un apasionado tontuelo si profería cualquier parlamento declaratorio hacia S, enfrente de Rozzenda y, peor aún, de Petarda que miraba desde el balcón. No. Era mejor callar, que el silencio hable por mí. La canción terminó y nos sentamos. Rozzenda corrió al baño nuevamente, ya parecía que lo suyo era un problema urinario. S quedó con las piernas cruzadas de espaldas a mí. La miré un rato, si no actuaba rápido, el silencio iba a ser más pesado que la oscuridad.

Deslicé mi cabeza a sus flacas piernas, ella me dio posada. Como quién mira las nubes mientras llueve, sus cabellos me caían a la cara y a lo lejos quedaron sus ojos. Hablé con ella las mismas sacrosantas frases que sólo le puedo decir cuando estamos solos. Apenas dijo que estábamos muy borrachos y que al día siguiente no nos acordaríamos de nada, yo la volqué al piso, puse mi mano izquierda entre su cabeza y el parquet, junté mi cuerpo al suyo, pude sentir sus formas nuevamente y la besé como si fuera lo último que haría en la vida.

¿Por qué dices que me amas desde siempre, a ver, si antes no me conocías?, me preguntó, en clave de reto, mientras intercambiábamos besuqueos por última vez. Creo que no supe explicarle que estos sentimientos no conocen de condiciones temporales y sobreviven por encima de nosotros, incluso sin nuestro consentimiento (o sin el mío, para no pecar de acaparador). Pero baste una mirada, así la vea mucho tiempo luego, para volver a mover la colita de felicidad.

Y, colorín colorado, a Rozzenda, de su casa, la llamaron. Querían que vuelva temprano, siendo las once de la noche. S me pidió que la acompañe y no me quedaba de otra. Lástima, yo que me quería quedar, no sé, para esperar a Charlotte que no llegaba, conversar un rato con Petarda o mirar las estrellas de octubre desde el balcón de S.

Alégrame la choteada

Lo primero que me preguntó la borrachosa de Rozzenda en el taxi fue si me gustaba S. ¿Estuvo ciega toda la noche o se hacía la muy buena? No respondí. Cruzábamos la avenida Universitaria y le pregunté por qué S era tan mala. No recuerdo si acaso respondió. Cerca a su casa, y ya para despedirla, luego de que insistió con su pregunta primera, le confesé a mi estilo de romántico emolientero: le dije que S me gustaba del tamaño del silencio, mientras cruzábamos la avenida Sucre. ¿Era el whisky el que me hacía erupcionar tamañas frases? No lo sé, pero a esas alturas de la noche, sentí que mi silencio había cobrado notable protagonismo como para que interpretara eso y deje de preguntar.

Rozzenda bajó en su casa, le dije al taxista que avance unas cuadras más y me deje, por allá, a la altura del Puente. El taxista me dijo ¿cuál puente? Le respondí, aquél, ¿no lo ve? La cosa es que, una vez pasado todo, llamé desesperado a Teni. Dónde estás, me preguntó. Teni, ven por mí, estoy en el Puente Villena, me voy a suicidar y quiero que recojas mis restos, pronuncié. Es en este momento que, si cabe, quiero dejar un par de recomendaciones.

Nunca le digas a un amigo suicida que no tienes plata para ir a verlo, él se sentirá vacio, intrascendente, más estafado de lo que ya está. No vayas a ser tan ocurrente para hacerte el chistoso diciéndole, por ejemplo, pero si tú le tienes miedo a las alturas, cabrón ven aca, ya que puedes desatar su lado valiente y se lanza sin preocupaciones. Tampoco le digas que venga a tomarse unas chelas contigo: eso ya lo probó y no le devolvió nada bueno (razón tenía mi madre, pensará). En cualquier caso, a mitad del vuelo se arrepentirá: mortal consuelo para el inútil consejero que tenía razón.

Tal vez Blue, musa incombustible que estaba a su lado, fabricó en él la chispa que le faltaban a sus versos, pues Teni me dijo por fin lo que quería oír: si tú te lanzas, yo me lanzo. Me sentí respaldado así que abrí la nevera, saqué una lata de Quilmes, la pagué y salí caminando del grifo Primax. El resto de la noche la pasé con Teni y Blue, que me alegraron la choteada.

Qué linda estaba Blue mientras mordía su sánguche, no la había visto antes con ojos tristes y despechados. Sin que Teni lo advirtiera, ya le dije para que sea mi modelo en mi trabajo final de Fotografía, que es mi excusa para robarla una tarde.

Parece que pintaré con luz a mi esplendente modelo.

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S, ya te lo habrán dicho pero eres belicosamente eléctrica. En la mecedora voz de Caín Gallagher.



sábado, 17 de octubre de 2009

Por Siempre a las Cinco (Episodio I)





Manifestaciones del Destino

He despertado sospechosamente tranquilo. Salto del camarote y voy a la sala. No hay nadie, mi familia ha salido: estoy solo. Estoy solo, pienso. Cojo un vaso y sirvo el yogurt vainilla francesa que he sacado del frigidaire acompañado de la parsimonia del mediodía. Un seco y volteado con el yogurt me hace recordar que la noche anterior estuve en la casa de S, bailando en la oscuridad, al ritmo de Michael Jackson. Dándonos besos inconclusos, mejor dicho, yo rindiéndome a sus besos, ella perdonando con más besos mi torpeza. Aun así, si tuviera que poner en una balanza los hechos vividos la última noche con S, sólo me queda por decir que me ha choteado.

Es la verdad y no debo llorar (ni que fuera el Chorri en su último partido con la selección). Había cortado toda comunicación con S por un mes, en el vano intento de olvidar el episodio de las frutas (creo que a raíz de aquel post no volvimos a hablar: por mi parte, me daba roche). Pero una serie de súbitos acontecimientos me sugieren traer a colación a ese horondo señor llamado Destino, que me hizo volver a ella, a S.

Qué es sino que Queen y Teni te toquen la puerta un jueves, te obliguen a ir al cine con ellos para ver la última de Quentin Tarantino y tú, que fuiste casi en pijamas, te encuentras casualmente con S en una esquina impensada de Jesús María, adonde fue a comprar zapatillas. A quién le echo la culpa si, al día siguiente, mi amiga Mery, que nunca estudia, se le antoje leer ese viernes en la sala de Audiovisuales de la Biblioteca Central y minutos después entra S dispuesta a videar “La Dolce Vita” de Fellini. Por último, ya un sábado, qué es que, S, tu amiga la emo (que a pesar de eso me cae bien) te pida un “machazo”(sic) que las proteja en Barranco y, luego de haber agotado en tus contactos forzudos del Gold´s Gym la opción indicada, pienses en mí.

El Destino ya no se podía expresar mejor, que si él no quería juntarme contigo “para toda la vida”, con esa suma de casualidades, por lo menos pedía con urgencia un encuentro definitivo ese fin de semana para zanjar de una buena vez nuestros sentimientos que, hoy veo, no son mutuos.

Yo no te busqué, tú tampoco, una fuerza misteriosa nos juntó. Y cuando pensaba que todo se caía, pues tu amiga la emo, al final, no recibió el permiso para ir a Barranco, y ya no te iba a ver, acordamos juntarnos en tu casa para alentar a Perú que jugaba contra Argentina. Quedamos para las cinco de la tarde y tú, S, temerosa de mí, me pediste que llame a Rozzenda, nuestra amiga común, para que estemos los tres y no hagamos travesuras. Te dije que sí, pero por supuesto no la llamé nada.

Yo quería regalarte una linda camiseta peruana con la 5 de Zambrano, el jugador que más te gusta (¿debo sentirme halagado?), para que la luzcas frente a tu televisor, pero apenas me alcanzaba para los helados que les llevé a ti y a tu hermana: la bella Charlotte. Me gustó que me recibieras con un abrazo, que no supe corresponder por evitar que los helados resbalaran de mis manos.

Eliminatorias sentimentales

Sabía que el sabor choco chip del helado, enrojecería sus mejillas. S padece la peor alergia sobre la tierra conocida: alergia al chocolate. Pero una vez con las mejillas rojas, ya no haría falta la camiseta de Zambrano. Cruzamos la sala hasta la cocina. Petarda, la gata de S, me miraba desde el balcón. S me mostró unas botellas del suave Evervess que le sobró de una reunión pasada. Además de un whisky muy prometedor.

Fuimos a prender la televisión, que está en su cuarto. En el pasillo, enervó el dedo índice y lo pegó a sus labios en señal de no hagas bulla que Charlotte está adentro. Pero ese dato, punto en contra, no era tan cierto. Como no mencionaba a Rozzenda, yo le dije que le había llamado insistentemente pero nunca me contestó el celular. Ella me dijo que sí, que no me respondió porque estaba bañándose y que vendría para el segundo tiempo. Otra vez pensé que entre S y yo siempre, siempre hay una amiga entrometida.

El primer tiempo se fue sin goles, pero con mucho sufrimiento. El cero en los dos arcos indicaba que Maradona movía peor sus fichas contra Perú, que yo las mías con S. La clave era el gol argentino: en el momento del dolor, S fingiría un llanto discreto y yo la abrazaría como sosteniendo su pena blanquirroja. Más allá de alguna llegada peligrosa al pórtico peruano, con S al lado, no podía prestar mucha atención a las jugarretas argentinas pues prefería conversarle, el partido se justificaba como una patriótica excusa. El árbitro pitó el entretiempo y nos fuimos invictos.

Apenas hubo gol argentino, S se tapó los ojos y chilló mínimamente, como yo esperaba. Ahorita despierta Perú, la tranquilizaba mientras la envolvía con mis brazos. De repente, el timbre sonó, era Rozzenda: pensé que el partido había acabado allí para mí. Ella entró hasta el cuarto; S sacó de la refrigeradora el helado que era para Charlotte y se lo dio a Rozzenda. Le mintió, dijo que yo se lo había comprado para ella. Obviamente, no desmentí a S (procuro no desmentir a nadie, sigo el juego, me entrego fácil). Sin embargo, me quedó la sensación de que S quería juntarme a Rozzenda.

Al minuto 70, salí con S a comprar gaseosa y piqueos. Dejamos a Rozzenda echada como una foca en la cama. En el trayecto, me pidió que le contara por fin como mi vieja descubrió marihuana en una de mis gavetas. Yo empecé así: cuando entré a mi cuarto y vi todo limpio, dije la canción, a mi vieja se le había ocurrido limpiar, subí a revisar mi repisa y no estaba el paquetito de Lucky Strike… ella me interrumpió ay, ¡eso ya me has contado miles de veces! porqué los periodistas cuentan tantos detalles… Me doblé de risa con su aderezado jalón de orejas: cuando se trata de detalles los periodistas somos peores que las mujeres.

Creo que caminamos cinco cuadras a la redonda porque ninguna tienda tenía o piqueos, o Guaraná, o ya pues Tampico, nada. A una cuadra de su casa escuchamos que alguien gritó tímidamente ¡Gol! S y yo nos miramos, abrimos los ojos, me acerqué para encestarle un beso, pero ella me tomó de la mano para ir corriendo a ver el gol incaico. Apresurados, subimos las escaleras, S buscó las llaves, corrimos a la habitación y encontramos a Rozzenda roncando con la panza al aire.

-¿Gol de Perú? –preguntó S apenas entró al cuarto-.

-No he visto nada –despertaba Rozzenda-.

-Fue Vargas, yo lo sé, le tengo fe al Loco –dije animado cuando vi el 1-1 en la pantalla-.

-Ay, Rozzi, levántate ¿has venido a dormir o a ver el partido? –arengaba S a Rozzenda-.

-¡Si vamos a perder! Qué importancia tiene –predijo Rozzenda, muy mala leche que digamos-.

-Ja já, pucha Rozzenda, bien ave de mal agüero eres –dije con mirada circunspecta-.

Fue así que, Rozzenda en la cama, S y yo en el suelo, vimos cómo luego de tres peloteras en el área peruana, el lauchero de Palermo vacunó al último minuto. La tristeza se instaló en nuestros corazones, menos en el de la maleva Rozzenda. Gruñimos de la cólera: tanto para nada. Rozzenda, tú tienes la culpa por no alentar, dijo S en broma, mientras sujetaba el vino que haría que olvidemos las derrotas y desatemos los sentimientos (aunque suene a manada usar el plural de la primera persona).

Si al menos una gota de alcohol no recorre mis venas, yo no bailo. Pero el primer trago era para Rozzenda, por traer la mala suerte a Perú. Luego siguió S. Las dos la secaron en un solo sorbo: yo demoré dos. S puso un impagable cassette del Zambo Cavero y apagó las luces: nos meneábamos por su sala a ritmo de cajón y guitarra. No calculamos que Rozzenda se empecinaría en hablarle por messenger a Raúl Crisóstomo: el chico del que vivía enamorada hace dos años. Yo la animaba a que lo hiciera y S luchaba conmigo por evitarlo. Fue en uno de esos jaloneos de novela venezolana que probé por primera vez los labios cerrados de S.

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ESTA HISTORIA CONTINUARÁ EL MIÉRCOLES.

Mil disculpas por la demora, son las tres de la tarde del domingo, un domingo para fotografiar.

Fotografía por Saturnina... trying to find the magic

. Busco Casa: Un amigo, Luciano, está buscando casa/ hogar/ hospedaje para este adorable perrito siberiano: responde al nombre de "David Beckham" (claro que lo pueden cambiar) y !no tiene pulgas! Sólo pide que lo inunden de amor. Tiene siete meses y si alguien está interesado en llevárselo, deja su correo para contactarlo. Vamos, que para choteados que baste con los dos redactores de este bloJ. Este anuncio es el verdadero fin de este post: gracias, ayuden y avisan.

sábado, 10 de octubre de 2009

Cuando el Sol va a Salir



Mi táctica es mirarte
aprender como sos
quererte como sos…
Mi estrategia es que un día cualquiera no sé cómo ni sé con qué pretexto por fin me necesites.


(M.Benedetti)


Fotografía por Blue.

Es viernes por la tarde y me he quedado profundamente dormido. No he notado que mi celular está en el suelo, la televisión está prendida transmitiendo algún partido repetido de un triunfo de Argentina sobre México por la mínima diferencia de un agónico gol. Era un amistoso por fecha FIFA o algo así.

De no haber sido por el bendito ruido del ring tone no me hubiera levantado. Al ver mi celular me percato que tengo tres llamadas perdidas de Alonzzo (Que había planeado juntar a unos amigos para una partida de póker).

Dios ¿Lo había olvidado? Ni bien me levanto voy hacia la ducha, mientras escucho a mi madre del otro lado de la puerta, diciendo que todos en mi casa van a salir, porque están por irse a la misa de salud de un tío que está enfermo y que no conozco y si lo conozco no me acuerdo, y mas bla, bla, bla… Le informo que iré a casa de Alonzzo, porque he quedado con unos amigos, regreso temprano, te llamo cualquier cosa y una sandez de cosas que les decimos a nuestras madres para que no se preocupen por uno. Porque como me dijo mi madre una vez así tenga 40 años para ella siempre voy a ser su pequeño.


Al llegar a casa de Alonzzo me recibe con una cerveza en lata y así da comienzo a una partida de póker. Sé que es mi máximo competidor y que caigo siempre cuando flopea, es decir, fanfarronea. Las cartas están echadas y la suerte y el universo confabulan conmigo mismo. La diosa fortuna me sonríe por primera vez. Tengo un par de reinas (pero ninguna es para mí). Una de corazones y otra de espadas. El pozo aumenta y el flop arroja un tres de picas, dos de trébol y jota de corazones. Reiner es el primero en retirarse, tira la toalla, sabe que con su pobre baraja no podrá ganar.

El rider arroja una reina de trébol y me siento Dios, sé que esta mano es mía y que no la perderé por nada. Quedamos dos: el temible Alonzzo y yo. Decido pasar, él se avienta y dice “y le va al all in”. Yo no arrugo, le miró directo a los ojos. Se ha puesto lentes de sol para que no sospeche su próxima jugada ni vea sus ojeras. El temible turn arroja un diez de diamantes, la suerte ya está escrita, he ganado esta mesa. Veo los puños de Alonzzo romper un cigarrillo, y es que he ganado el pozo. Me he llevado un Abraham Valdelomar a casa.


Grito eufórico pero se va apagando por el sonido que produce mi celular. Era una dulce voz por el otro lado de la línea que me llama por mi nombre (porqué las chicas arruinan momentos como este).

-¿Aló?
-Hola qué haces – reconozco su voz-.
-Acabo de terminar mi examen, estoy cansado, me voy a mi casa. ¿Y tú?
-Yendo a una fiesta en la playa.
-¡Asu… qué chévere! – la maldije por no haberme avisado antes-.
-¿Quieres ir?
-¿Donde es, acá abajo (Costa Verde)?
-No, mongo, es en el Sur. Creo que es en Punta Hermosa. Sí, sí, Punta Hermosa.
-Shit… ¿y cómo diablos voy allá? (ya que no tengo auto, sólo de juguete)
-Tomas esos buses marrones con blanco pues mongo. Pero ven tú sólo, no traigas cola, es exclusivo.
-¿Algo más?
-Puedes traer comida, muero de hambre.
-¿Qué quieres comer?
-No sé pan, galletas, me da igual, improvisa.
-Okas, voy en camino. Te llamo al rato, besos.


¿Quién era?, preguntan todos. Una amiga, respondo. ¿!Qué cosa quiere!?, dice Alonzzo. Me ha dicho para ir a una fiesta en Punta Hermosa, pero que vaya sólo, disculpen chicos, les digo. Me mira molesto, me exclama ¡vale la pena! Reiner, que cuando está borracho y habla como argentino, me dice quedáte boludo, que esta noche es de calzoncillos. Les respondo con una sonrisa que sí vale la pena y me despido de los muchachos.


He notado que no tengo las llaves de mi casa. Llamo a mi madre y le pregunto dónde estás. En casa de tu tía Flor, responde. Voy para allá, le contesto. El bus me deja a tres cuadras de su casa. Saludo a todos y busco a mi madre. Le cuento (le miento) que los papás de Queen y unos amigos nos han invitado todo un fin de semana en el Sur. Le pido un poco de dinero y las llaves. Tomo un bus de regreso a mi casa para alistar mi maleta.

Unas ganas de ir al baño se apoderan de mí y creo que son los nachitos que trajo Reiner de su casa y que su madre muy gentilmente le preparó. Mientras suena el teléfono y no contesto, estoy muy ocupado, son los nachitos. Ya más ligero, suena mi celular y contesto. ¿Aló estás viniendo?, me dicen. Sí, pero estoy en el micro, no puedo hablar que me caigo, miento de nuevo.


Salgo de mi casa a toda prisa, casi lo olvido, no he comprado nada. Compro dos cajetillas de cigarro, básico, una botella de agua mineral sin gas, dos paquetes de galleta soda, un pan de molde pequeño, paté y un six pack de red bull. Al llegar a la avenida tomo el bus respectivo que me lleva al Sur. Me siento al fondo con mi maleta. La gente me mira raro, qué pensaran, me pregunto. Mi cabeza está puesta en llegar a ella.


Prendo mi iPod, ignoro el mundo hasta que el cobrador me hace un gesto con la mano: pasaje, pasaje, tres cuatro, tres cuatro, va sopa, va sopa. Varios minutos después siento nervios, estoy asustado, no sé cómo voy a llegar hasta allá. Nunca he ido solo tan lejos y sin conocer. Me doy valor y le digo al cobrador que me avise. Aló, por donde estás; por la Victoria, creo; me timbras cuando estés por Salamanca. Pienso que el cobrador no me va pasar la voz, tengo miedo que se suba un ladrón y se robe mi maleta, mi dinero y estar perdido tan lejos de casa.


Pregunto a una señora dónde estamos. En Salamanca. Y me pregunta a dónde vas tan solo. Le digo que a Punta Hermosa porque una amiga me ha invitado a una fiesta. La señora me dice, porqué no te avisó antes, es peligroso que vayas tan lejos solo, espero que la muchacha valga la pena. Y termina diciendo ay, estos jóvenes y sus locuras de amor. Y me regala una estampa de la virgen de Santa Rosa, me dice, que te cuide durante tu viaje. La miro y sin decir nada me quedo mirando a la ventana. Le timbro para decirle que ya estoy en Salamanca.

Conversando con la dulce abuela de Piolín olvidé timbrarle a ella. Sin darme cuenta, la panamericana sur se hizo corta y ya estoy en Punta H. Después de casi dos horas y cuarenta minutos llego al lugar indicado. No sé cómo he llegado, gracias al vendedor de caramelos estoy en camino a la tienda pactada. Le timbro y le digo que estoy en la tienda, me dice que espere por cinco minutos, que va por mí. Estoy en medio de la nada, espero que valga la pena (claro que vale la pena estar con ella en una fiesta en el Sur).


Al verla me da un beso, está con la antipática de su amiga Mela (una gordita baja de cabello castaño que hipócritamente me saluda como si fuéramos amigos de toda la vida). Le pregunto dónde es la fiesta, me mira y me dice, vamos primero a la casa de playa. Una vez ahí me quedé sin palabras, la casa era más grandiosa de lo que yo pensaba, me dice escoge la habitación que quieras, cuando termines de alistarte te esperamos en la sala viendo los Simpson.


Al salir le pregunto por la fiesta, Blue me mira en la forma que solo sus ojos parecen mirarme (recorrería cuarenta y picos kilómetros más porque me vuelva a mirar así). No hay fiesta dice ella, “!qué!”, le exclamo. Es que era la única forma que vinieras. La miro y me echo a reír (aunque me siento un idiota, pienso, al menos ella está ahí conmigo). Nuestras miradas se unen en un solo remolino hasta que la voz chillona de Mela nos interumpe y me pregunta sutilmente qué has traído para comer. Muy humildemente le muestro las cosas que he comprado. Y me dice, bravazo, ¡hay que comer entonces! En un dos por tres se ha terminado todo.


Al día siguiente,Blue irrumpe en mi habitación, y da saltos en mi cama y me dice ¡vamos a la playa, vamos a la playa! Y es que alguien tiene que cargar el pareo. Además, estoy condenado a ser su fotógrafo oficial. Mientras pienso no ir más al Sur solo, ni por nadie, contradictoriamente, sé que volvería si ella me lo pidiera. Y es que, Blue, en tus ojos nace el mundo y yo en él.

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Esta historia en una canción.





sábado, 3 de octubre de 2009

Y Caímos en la Tentación


Fotografía de mi archivo pues.

He comprado un pasaje de avión. Viajo feliz, me ha tocado asiento con ventana, pero estaré incómodo por siete horas en clase económica desde Lima hacia Georgia, con escala en Bogotá: voy a encontrarme con Natalia. No nos conocemos, no sabemos en qué momento nuestros caminos se cruzarán pero este viaje será para encontrarla. Y que me salve.

Viajo acompañado de mi amiga Mery. Ella tampoco lo sabe pero va en busca de Rafael y Helio, dos brasileños con los que vivirá un triángulo amoroso (que conviene no precipitarse a contar esta vez). Hoy miro en el pasado como si jugara, ahora que ya sucedieron las cosas y las fichas han sido movidas, conviene no arrepentirse. Y es sabido que arrepentirse es una forma más de equivocarse.

El aeropuerto de Savannah, en Georgia, nos recibe con cielo despejado y clima seco. Mientras camino en busca de comida rápida voy tomando fotos a los pasillos inmensos: a la larga, es mi modo de registrar los aeropuertos que he pisado. Saco tres dólares de mi bolsa de viaje (una cartuchera, en realidad) para comprar un McChicken Meal en el Mc Donalds: lo que queda de este invierno boreal la pasaré cociendo carnes en esa tienda, alquilando mi cuerpo a siete dólares cincuenta la hora.

Esa paga es miserable y el mannager Bill lo sabe. Mery está en la sección Ensaladas, fresca y linda; yo he quedado relegado a las brasas, caliente y sudoroso. Ese calor me evapora poco a poco. No sé cómo no me desmayé antes de la tercera semana de laburo, cuando Natalia comenzó a trabajar con nosotros. Qué puedo decir de ella: usando los adjetivos “linda” o “guapa” quedo miserablemente corto (es más, merecería una reducción de sueldo del 70 por ciento).

Hembra: he ahí el adjetivo que le calza como a Cenicienta el zapato de cristal. Además de risueña, blanquiñosa, impresionada y terrorista de mi corazón. Debo decir también que su belleza no le pertenece. Que tanta belleza no le puede pertenecer a una mujer y debe repartirla con justicia en todos los bosques y pantanos aledaños de esa parte de Estados Unidos: los cocodrilos la sabrían aprovechar mejor que cualquier hombre traidor (valga la redundancia).

Para dar más detalles, escapó decepcionada de la casa de sus padres un año atrás: desde aquel triste día vive sola en Georgia. Natalita aparentaba 26 años pero apenas contaba con 19 desde que vio la luz una mañana nubosa en Macondo, improbable ciudad a la que sabiamente no quiere volver pues, según entendí, está más enferma que mi recordada Lima. Es difícil cambiar la tranquilidad estadounidense por la convulsión de cualquier ciudad sudamericana, aunque los norteamericanos confunden “tranquilidad” con “quietud”: no tienen nada por qué luchar.

Perdido entre tanto hablar norteamericano, Natalia era la traductora natural de los pedidos que me hacía el jefe Bill: me mandaba a traer bolsitas de mayonesa del almacén o cajas pesadas del freezer (un cuarto enorme) que yo agarraba de dos en dos para impresionarla. Pequeñas quedaban mis demostraciones físicas al lado de Dwight, un afroamericano voraz que cargaba dos por cada brazo.

Nata, como la empezamos a llamar, nos invitaba siempre, a mí y a Mery, a su Iglesia Cristiana pero nosotros no le entrábamos a esa onda de dudosa labor religiosa y sospechable accionar mercantil. En cambio, la animábamos a salir un fin de semana cualquiera: en realidad, queríamos que su novio Ray, con carro él, nos paseara. Es que en Georgia no hay buses y las distancias son infranqueables, lejanísimas. Felizmente nunca salimos con Ray, siempre es indigerible ver a la chica que te gusta besando a otro tipo, y peor si este es más cristiano que los Jonas Brothers que juran llegar vírgenes a sus respectivos matrimonios, como en su momento lo prometió la buena de Britney y ya ven como salió: esas promesas falsetes me sublevan.

Los días pasaban, las semanas corrían y empezando febrero la sorprendí con un piquito mal dado. Fue una mañana que yo llegaba con sueño al Mcdonalds. Terminé de arreglarme la gorrita en el Crew Lounge (comedor de trabajadores) y salí al pasillo. Ella pasaba con las manos ocupadas en una mediana caja hamburguesas y la boca la tenía tapada con unos guantes. Enarcó las cejas como diciendo ¡hello! y se detuvo; señaló la caja que llevaba con los verdes faroles que son sus ojos como pidiendo que la ayudara.

Como manda la cortesía, extendí mis brazos y ella se abalanzó hacia mí, recibí la caja sin problemas y acerqué mi rostro al suyo. No había retroceso que la salvara de tocar mi boca con la suya, que llevaba los guantes como amordazándola. Más que un intento de besarla fue una manera torpe de ahogarla. Habrá durado tres segundos pero se le veía graciosa, jamás cerramos los ojos y los de ella parecían dos huevos fritos aplastados de la impresión.

Quién no lo tomó en gracia fue Bill, que nos sorprendió en ese pseudo beso y soltó un alarido enorme en inglés: nos resondró otro rato en su oficina y, a la salida, Natalia estaba molesta porque ahora no podría mirar a los ojos de su novio Ray, qué imprudente fuiste, me dijo con rumbero acento colombiano. Estuvo molesta unos días pero luego me perdonó gracias a la intermediación de Mery.

O tal vez entendió que la imprudencia es la semilla que alumbra las formas más divertidas de amar.

El juego siguió como una bola de nieve que se alimenta en la pendiente. Cada hora nos dábamos una escapadita al freezer donde me abrigaba con sus besos de 104 grados Fahrenheit. El almacén era el segundo lugar preferido para nuestros prohibidos escarceos, afortunadamente Dwight nos servía de campana, nos echaba aguas. Sin embargo, pronto la previsibilidad del McDonalds terminaría por aburrirnos: quédate a dormir a mi casa, le propuse un día.

Me dijo no preguntes cuando le dije que cómo había hecho para conseguir el permiso de su novio. Hasta la había traído al departamento el pobre. Ese mismo viernes, aprovechando el day off, fuimos a la discoteca de Savannah con Mery y los brasileños. Natalia estaba un poco rara. Había esquivado mis besos en cada baile. Aunque es difícil intentar pegarse en esas discotecas donde solo te pasan hip-hop. Extrañé el reggaetón de “Los Doce Discípulos”. En un momento de la noche me increpó que se había dado cuenta que yo sólo la quería para “hacer eso” (no uso la palabra “tirar”), que “todos los hombres eran iguales” y que no debió engañar a su novio Ray por estar ahí conmigo.

Yo agaché la cabeza en señal de derrota, aceptándolo todo, sin ganas de rebatir su acusación. No era verdad que quisiera tirármela (no, al menos, en el corto plazo de mi corto viaje de mi corta vida). Tampoco era mentira que no me erizaba la piel estar tan cerca de ella. Natalia era una chica para tomar en serio y no embarrarla con las urgencias del sexo. Voy a decir una cursilería pero, cuando es el corazón el que interviene, la sola compañía me seduce más que el simple follar. Y yo te hubiera esperado cuanto quieras, Nata.

Pero ¡ay! cuánto somos capaces de sostener nuestras convicciones. Esa noche después de la discoteca, a falta de camas, Natalia vino a dormir conmigo, advirtiéndome que no haríamos nada. Dormimos hasta el mediodía, sin haber consumado acto impuro alguno. Al despertar, insospechablemente satisfechos de que estuviera all right, nos empezamos a besar chapuceramente. Dimos vueltas en la cama y caímos en la alfombra donde giramos un poco más envueltos siempre por la frazada.

Dirigí mis endurecidas ganas hacia la suave residencia donde habita su locura. Esa sería la primera y última vez que lograría hundir mi amor tan adentro de ella.