martes, 22 de marzo de 2011

VI. Buzón de reclamos



Hechos-sin-fechar
Ayudada por la luz tenue de la lámpara, Lucía observa el reloj, tuerce la cabeza y de pronto advierte que las agujas no sólo avanzan, retroceden. Como si fuera un péndulo, el segundero da un paso adelante y otro atrás. Piensa un poco y no logra concluir si el tiempo se ha detenido o ha tomado un curso equívoco en esa madrugada amarga.

Javier ha vuelto de su viaje. A pesar que sus aires no son los mismos, no sabe si está mejor o peor. Pasado el trajín de los papeleos de entrada en el aeropuerto, le sorprende cómo ha cambiado su barrio: las parejas que parecían inseparables han roto sus compromisos; y aquellos viejos zorros solitarios han encontrado dueñas temporales, uno o dos años menores que ellos curiosamente.

Cierra fuerte los ojos, piensa que son los ataques de migraña otra vez. Un silbido la atraviesa por detrás de los ojos cuando posa los índices al costado de sus párpados. Patea sus sábanas, resuelve ir por un vaso de agua y unos Panadol extrafuerte para calmar el dolor punzante que la acecha desde que era adolescente. El tiempo se ha colgado, insiste en no avanzar y Lucía quiere que esa noche acabe rápido.

De entre la fauna de sus amigos, le llama la atención el gordo Jorge que no veía hace tanto tiempo y lo saluda efusivamente: “¡Javicho!, una de las grandes leyendas”. Mientras lo abraza, Javier recuerda los años divertidos de la secundaria cuando Jorge y él eran los primeros en las clases de Literatura, pero los últimos en los otros cursos que incluían números, fórmulas químicas o fechas para memorizar.

Tiger ha terminado con Lucía inexplicablemente o de la manera más perra posible, sin dar la cara, a través de un correo electrónico extraño para ella. Mail asesino que ha leído 13 veces antes de intentar dormir. No logra reconocer al remitente de esa horrible carta de despedida, un hombre al que cobijó muchas veces dentro de ella y que ha escrito con mucha dosis literaria y talento innegables el adiós que jamás imaginó. Parece que la redactó un extraterrestre que no sabe nada de ella, que no la conoce y supone cosas que ella no se cansaría de desmentir ante cualquier tribunal amañado.

Su amigo Jorge quiere ser poeta y quiere salir en la televisión. Son, claro, dos aspiraciones contradictorias, que se raspan la una a la otra, intermitentes de fuerza, carentes de coherencia, pero el convencimiento con que lo dice contagia a Javier. Tal vez primero quiera ser poeta y luego estrella de televisión, o al revés, teniendo claro que lo será en tiempos separados. “Los poetas y la fama no se llevan bien”, dice Javier mirando a su amigo, “y los famosos no soportarían la soledad necesaria de los poetas”. El gordo Jorge no parecía hacerle caso, siguió soñando con esas dos aficiones como quien ama a dos mujeres hermosas y no sabe a cuál elegir. “Estás jodido, gordo, igual te apoyo”, consoló Javier. “No te preocupes, preparé unos versitos para tu llegada”, dijo Jorge mientras sacaba una servilleta arrugada y escrita a mano.

(…)

Lucía,
no me queda otra elección. Tengo claro lo que haré contigo desde que fui a buscarte al malecón de Chorrillos y no notaste que te espiaba cuando mirabas las estrellas que se insinuaban a las siete menos quince de la noche. Te vi desde una esquina escondida detrás de un árbol, saltabas de un punto de luz a otro con la mirada y hacías las conexiones con tus dedos. Estabas tan concentrada que no merecías mi interrupción, aguanté el paso y dudé en acercarme hasta que el viento dobló tus ojos hacia mí y, como un flechazo, supe que nunca más podríamos mirar el mundo con los mismos ojos.



Viernes, 12 de junio de 2009
Luego de bostezar en clase, Lucía piensa, con un lápiz apoyado en su frente, que se encuentra bajo tortura por varias razones: como ejemplo, soportar profesores aburridos y amargados con su profesión; compañeros (no amigos) cuyos temas de conversación versan sobre el nuevo Código Procesal Penal y los líos de su universidad con el cardenal Cipriani; lecturas que serían un poco más interesantes si vinieran en inglés, o mejor, en francés, lenguas que domina casi a la perfección. Decide eliminar todo lo que contribuya a su desdicha, para eso tiene un atajo: toma su celular, escribe un mensaje de texto y busca un destinatario: Javier Marsano. Recuerda que esa semana lo ha visto pulular por la universidad en un terno que mal no le queda. “¿Puedes venir? Salvame”, escribe. “Sending message”, aparece en su pantalla.

Las señales suben hasta un satélite que orbita la tierra, luego desciende y se aplasta de golpe contra el celular Movistar de Javier que vibra en un momento inoportuno: la reunión con el jefe supervisor. Por esa semana, Javier ha conseguido trabajo de medio tiempo como encuestador en su universidad, su tarea consiste en recorrer muchos salones llevando unas fichas que los alumnos deben llenar con lápices especiales 2B. Le alegra no haber encontrado la desidia que imaginó en los alumnos, por el contrario, casi todos colaboran así que eso le tiene de buen humor, de vez en cuando entabla conversación con alguna dulce chica de la facultad de Educación o con las misteriosas de Arte. Ahora su jefe le asigna sus comisiones del día: tres salones en la facultad de Letras y dos en Gestión.

Javier desvía la atención de las palabras del supervisor hacia su celular, siendo tan temprano sólo puede ser un maldito mensaje de los que prometen planes tarifarios más cómodos a primera vista, pero que sólo lo hacen esclavo de una rutina de boletas que esperan pagarse en el banco más cercano. Logra leer las tres palabras y la remitente le sorprende: Lucía Castello. El brillo fugaz en los lentes de su supervisor lo traen de vuelta desde sus cavilaciones.

-Señor, le estoy hablando -le dice-.
-Perdón, jefe, voy ahora mismo a Letras.
-No pues, te me dormiste, tu compañera ya fue a tu comisión.
-¿Qué?, pero usted me dijo a mí.
-Para qué te distraes. Igual tienes la otra en dos horas.
-Imposible, qué haré en tanto tiempo –dijo molesto, haber perdido una encuesta significaba menos dinero-.
-Allí tienes para corregir tus anteriores encuestas.
-Antes voy a tomar desayuno y vuelvo.
-Vale, también lávate la cara, que no creo que hayas dormido bien.

Una vez libre, Javier llama a Lucía, le propone ir a la cafetería Central a tomarse algo. Lucía abandona su clase y, como estaba más cerca, llega primero que él. Le sigue pareciendo que Javier ha cobrado un atractivo debajo de ese terno Pierre Cardin con el que hace su entrada, pero es una confesión que se guarda para ella misma y para hacerle creer lo contrario le dice: “ya quítate esa ropa, pareces un pingüino”. Javier le recuerda que no tiene otra opción si quiere ganar dinero fácil.

-¿Cuánto te están pagando? –pregunta Lucía-.
-Y eso a qué viene.
-Para saber qué puedo pedir.
-Lo que quieras, Lucía, yo invito.
-Genial, primero quiero un pan con chicharrón.
-Está bien ya te lo traigo.
-Apúrate, que tengo hambre.
-Tranquila, soy encuestador pero no mesero.

Desde que Tiger terminó con Lucía, ella se había refugiado en la amistad de Javier, que era dócil para consentir sus caprichos.  Él acostumbraba tocar el tema de Tiger sólo después que ella lo hacía, aunque algunas de las cosas que decía eran un poco pesimistas, siempre terminaba dándole aliento para que lo olvide de una vez. “Si te gusta, lucha por él hasta que te destruyas”, decía primero Javier, que no entendía que las palabras de Tiger eran determinantes. “Es que no has leído sus mails, son tajantes, no me quiere ver y yo nunca me arrastraré por un hombre”, decía Lucía. Javier percibió el futuro de la frase, “nunca me arrastraré”, ¿acaso antes lo había hecho?, según le había contado, ella siempre salió ganando de esos casos. O probablemente escondió detalles para quedar mejor parada en sus relatos.

-Felizmente nunca se enteró de nada -acotó Lucía-.
-¿De las sacadas de vuelta, el estríper y eso?
-No hables así, además fue sólo una vez.
-Tal vez se hizo el de la vista gorda y recién quiso entrar en razón.
-Imposible, Tiger era celoso pero despistado.
-Para mí que se las olía y dejo de pasarlo por agua tibia.
-No, cariño. Él sigue pensando que soy una santa.
-Tú eres la mejor actriz.
-Lo sé y quiero que dejes de decirlo.


Cuando acabaron el desayuno, Lucía recogió su mochila en el salón y se fue a leer al sótano de la biblioteca. Javier, por su parte, llegó con las justas para cumplir con la comisión de las diez de la mañana. Acordaron verse en la noche.

(…)

Aprovecho esta carta para aceptar mi más fiel error: los celos. Que yo los entiendo como protección (hacia mí, hacia ti) mas nadie los entiende como yo. Te quería; y no te quería compartir con nadie, si tengo celos es porque tengo miedo de perderte o que te vayas con el primer imbécil que te deslumbre con su floro barato. Apuesto que cuando estabas conmigo no faltaban esos charlatanes cuyo único arte, reconozco, es el de esconder bien lo que no saben. Que se hacen pasar por amigos y viven embobados por ti.
No voy a cambiar lo que pienso, por ejemplo, de ese tal Javier que tanto te buscaba. Era obvio darse cuenta que quería algo contigo y más fácil aun saber lo cobarde que era. Siempre me dio la impresión de que se corría de mí, no me miraba a la cara. Me da risa las poses de bohemio fracasado que se mandaba, ¿acaso ir al Centro de Lima es ser bohemio? Y ya sabes lo que pienso de todos tus amigos de Derecho, sarta de pendejeretes cuyo único mérito fue llevarte en auto hasta tu casa las veces que yo no podía.


Viernes, 12 de junio de 2009
Se citaron en la sala de computadoras a las siete y media de la noche. Javier llega y encuentra un panorama desolador por lo bello del asunto: Lucía sentada frente al mismo monitor que una chica de rizos dorados, casaca morada y ojos verdes que lloran indefensos. El mar es la tristeza que brota de sus ojos.

Espera con respeto a que termine de llorar. Están leyendo la carta que Tiger le envió cuatro meses antes y que ella descubrió casi un mes después. Lucía lagrimea un poco, acaso porque ya no le sorprende ni golpean esas líneas inentendibles que Tiger escribió, para ella, en un momento de enojo.

Lucía le cuenta que su amiga se llama Cristina y que lloraba porque había pasado por una situación similar.

-Entonces, fue inoportuno que le enseñes la carta –dijo Javier-.
-Por favor, tú qué sabes de esas cosas –atacó Lucía-.
-No deberías cagar a las personas a las que puedes ahorrarle sufrimiento.
-Sólo salió el tema, tenía que enseñarsela para que me entienda mejor.
-Y qué has ganado con eso.
-No es de tu incumbencia. Si vas a joderme la existencia, vete.
-¿Si te digo que puedo solucionar que Tiger te hable? No olvides que lo conozco.
-Imposible, él te odia.
-Ayer estuve con él un rato, cruzamos un par de palabras.
-¿Dónde?
-En la biblioteca, fui a sacar un cuento de Allan Poe, y él sacaba algo sobre sociología.
-Cuándo no. ¿Qué te dijo?
-Se interesó por mirar el título de mi lectura, El hombre de la multitud. Fue extraño, no pensé que tuviéramos esas confianzas.
-Tiger es así, no quiere decir que el caigas bien.
-Como sea, ¿no te gustaría saber porqué Tiger te escribió eso?
-Ya no hay nada que hablar con él. Está cerrado, no quiero verlo si él no quiere verme.
-Piénsalo, debo ir a realizar mi última encuesta a un salón en este piso, ¿me acompañas?
-A ver.

Lucía ve a Javier ingresar a un salón de seis alumnos, al parecer es un seminario de Tesis, pues están divididos en dos grupos, cada uno con un jefe de práctica. Desde el marco de la puerta, observa cómo Javier se presenta y distribuye las fichas de su encuesta. “Buenas noches, vengo de la Oficina de Publicaciones para realizar la encuesta de docentes, voy a repartir estas fichas que tienen que llenar con lápiz 2B, quien no tenga me avisa y yo le presto”, lleva repitiendo el mismo rollo toda la semana.

Una vez afuera, encuentra a Lucía, bajan por el ascensor, en un viaje que parece interminable. Le provoca besarla, pero ella se adelanta y pregunta.

-¿Cómo harías para juntarme con Tiger?
-Dame su teléfono, le pido encontrarnos, pero en vez de mí vas tú.
-¿Y por qué va a querer verte?
-Le diré que quiero discutir unas opiniones sobre Poe.
-Por si acaso, no es que quiera ver a Tiger, sólo me da curiosidad.
-Entiendo, es normal, el cuerpo te lo pide –dice y se ríe-.
-¡Nooo, sonso!, como te conté, él se masturbaba con mi cuerpo, nada más.
-Pero algo tiene que haber hecho, ¿no?
-Algo que no era propiamente sexo.
-Sino propiamente un fiasco.
-Exacto, dime Javi, ¿puedo confiar que no me fallarás?
-Déjalo en mis manos, hablarás con Tiger la otra semana.

Hablaron un poco más y se fueron a sus casas. Tomaron el mismo micro de la línea 18.

(…)

Ha sido duro comprender lo que tú querías: libertad. Que tú confundes con libertinaje, fiestas, desbande, retornar a casa a las cinco de la mañana. Yo no necesito una chica tan irresponsable, no tengo tiempo para perderlo llamándote, buscándote, intentando saber adónde te metiste esta vez y con quienes.
Lucía, no creas que no me doy cuenta. No estoy ciego. Cada vez que estás conmigo, siento que terminas siendo una copia mal hecha de ti misma, perdona la dureza, procuro ser franco en mis palabras como tú tienes que serlo en tus actos. No te estreses intentando ser alguien que no eres sólo por un chico. No sé si confiar en todas las mentiras que me dijiste o desconfiar nada más. ¿Creíste que no me daría cuenta del lamentable estado con que llegaste luego de año Nuevo? Tu amabilidad exagerada para conmigo te delató y esa fue la gota que derramó el vaso.
No quiero volverme una cárcel para ti, me enferma que te aferres a mí del modo insano en que lo hiciste. Sé que cualquiera estaría contento de que eso haya pasado, pero tener una chica comiendo de mi mano es un cuadro que me gusta pero no soporto.
Las mentiras que le decías a tu madre para tapar tus salidas, sentía que me las hacías a mí. Por eso digo que eres una inmadura, egoísta y coqueta, sólo que ahora será diferente porque tendrás todo el margen de acción que yo te negué. Lamentablemente, te portaste como una pequeña cretina infantil que no sabe otra cosa que hablar sin hacer las cosas realmente. Confío que entiendas mis razones y no me busques más.

Suerte,
Tiger.

PD. Esperaba que leas esta carta mucho tiempo después de escrita, por eso no la mandé al Hotmail, sino al Yahoo.



Miércoles, 18 de febrero de 2009
Tras escribir lo sustancial de la carta que quiere enviarle a Lucía, Tiger abre el refrigerador en busca de una bebida fría. Lo que sigue será releer el mail para corregir las imperfecciones. Lo que le preocupa decir ya está puesto en oraciones simples que condensan su amargura y sus ideas sobre ella (“eres una irresponsable”; “no seré tu obstáculo”; “ahora tendrás todo el espacio que buscaste”). Ahora faltan los arreglos necesarios para que el texto suene sino poético, por lo menos se eleve por sobre el común de las cartas de despedida, es lo que le dicta su vanidad.

Sufre para encontrar la metáfora de entrada que adorne el texto y le dé sentido, es la última consideración que puede tener con ella. A pesar que teme perder la claridad ganada, empieza a volcar algunas ideas al documento escrito en Word 2007.

Se le ocurre iniciar la carta con la referencia al último día que la vio. Aquella vez se citaron en el malecón de Chorrillos, un lugar especial para Lucía porque se conecta con las estrellas a las que les guarda una fe silenciosa. Cree que por lo menos una de ellas es suya y está pintada en el cielo para contarle algo que no sabe todavía, que no recuerda, que su alma ha olvidado por estar ocupada en el ajetreo que es su vida.

Espera que esta alusión a los cuerpos celestes sea entendida como un claro ejemplo de que no apuntan a lo mismo. Los últimos acontecimientos le mostraron que sus aspiraciones no son iguales, que alguien allá arriba no espera lo mismo de los dos, cree también que Lucía todavía es una chiquilla inconsciente que se preocupa más por las fiestas del fin de semana que por su futuro como abogada. Lo han conversado y ella dice que ese paradero aun está muy lejos, que no debe hacerse problemas, pero él piensa que ella se escabulle de sus responsabilidades. En una reciente pelea, él llegó a reclamarle su dejadez como hermana mayor.

Sin embargo, sabe que no puede cambiarla, cualquier intento sería en vano. Tampoco piensa pedirle que corrija sus manías o sus rabietas, al fin y al cabo él se enamoró de la misma chica traviesa que hoy no soporta más. Han sido incómodas las veces que ha tenido que pedirle que desista de asistir a las fiestas, pues aparte de convencerla, choca tácitamente con las mejores amigas que él ha preferido no conocer, sin saber que es un grave error enamorar a una chica sin hacer lo mismo con sus amistades más cercanas: en este caso, las Meras.

No se engaña, cada vez que ha leído el mail, elimina dos o tres palabras. En general, todas sus líneas están bien sustentadas y conectadas de manera pulcra. Ha querido ser claro y evitado las indirectas que el tiempo vuelve estúpidas.

Una idea retorcida que tenía Tiger y dudaba en ejecutar era la de alargar la desolación de Lucía. Para esto, había elegido enviarle la bomba a su cuenta de Yahoo, que no revisaba tanto como su cuenta de Hotmail. Esto contribuiría a cultivar la incógnita en la cabeza de ella por los días o meses hasta que revisara el buzón de su correo alterno. También la llevaría a preguntarse por qué no la llamaba o le respondía las llamadas y alimentar así una culpa que Tiger le pudo ahorrar.

No niega que tiene pena de despedirse así. No sabe que Lucía, en los próximos meses, tendrá muchas teorías a propósito del mail, por qué desaparece así, se preguntará ella. La verdad, él tampoco lo sabe. Tal vez no podría decirle lo mismo cara a cara, sus piernas flaquearían a medida que avanzaran sus argumentos. Escribirlo implica cosas no dichas, gestos que no serán leídos, sólo letras en Arial 10 puestas en un fondo blanco dirigidas a remecer sus sentimientos.

Está decidido. Él no quiere interferir en el camino que ella quiere. Le toca despedirse sin más trámites que un correo desalmado mientras sorbe un yogurt de fresa de noche.



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Imagen por OpheliaChong


Este post en una canción



domingo, 13 de marzo de 2011

Al lado del camino (primera parte)



Todo lo que hagas en tu vida será insignificante. Pero es necesario que lo hagas tú, porque nadie más lo hará por tí.

Gandhi.



Cuántos hemos querido o pensado hacer maletas y recorrer el mundo. Cuántos sueñan y quiènes lo hacen. No lo sabía en aquel entonces pero yo lo hice. Aunque mi pequeño mundo giraba entorno a los distritos tradicionales de la ciudad, las playas del sur, los bares del centro y las discotecas de Barranco y Miraflores. Mis tardes eran monótonas y repetitivas. Había conseguido una entrevista de trabajo para ser cajero en un ostentoso Banco, y hacer dinero en el verano. Sin embargo, no me sentía cómodo, y una tarde recostado en mi cama dándome vueltas, me preguntaba que cosa trascendental había hecho yo con mi vida. Sin encontrar respuesta a esta interrogante mientras sonaba una canción que parecía tener un mensaje subliminal pensé ¿un viaje? Si, un viaje, ya que la idea de irse es volver siendo otro: renovado de ideas, sueños e ilusiones, y yo las necesitaba. Pero cómo, cuándo, adónde y con quién.

Miré mi habitación, y mi mente me llevo a divagar en la historia. A los diecisiete años Neftalí Reyes, ya había publicado su primer poema “La canción de la fiesta”; bajo el seudónimo de Pablo Neruda; a los veinte, John Lennon ya era líder de la banda de más éxito comercial en la historia de la música pop; y con veinticuatro años, Ernesto Guevara recorría por primera vez Latinoamérica. Son estos personajes excepcionales que han venido al mundo para crear grandes reformas y cambiar el curso de la historia para siempre. Y yo, en cambio, no me atrevía a escribir la primera línea de una novela. No obstante, escribía eventualmente sobre amor, del cual no sabía nada y solo se suman mis fracasos amorosos que divierten a mis amigos y unos cuantos seguidores. Fue entonces que decidí hacer algo que cambie si no es el mundo, mi vida para siempre.

Unos días antes del viaje había ido a visitar Miguel y su hermana, Salomé. Quienes me había invitado a formar parte de su aventura por todo el norte del país hasta Mancora, donde nos esperaba trabajo, comida, fiesta y chicas lindas. Aseguraba él. La idea era tentadora aunque no me convencía del todo. Al día siguiente, llegó una hermosa francesa, Emilie quien me cautivo desde el primer momento en que la vi. Lamentablemente, ella tenia novio, Luigi un cajamarquino simplón que había conocido en aquellas playas norteñas. Así que, en un arrebato de osadía, me senté a hablar con mi madre, y decirle que quiera irme a recorrer el Perú aprovechando mis vacaciones, la idea no la tomo por sorpresa pero se hecho a llorar, no entendía porque su primer hijo se quería ir de casa ¿acaso no tenia suficiente amor? No es eso mamá le dije, simplemente necesito hacer esto, por mí. Ella me miro con ternura e impotencia y me dijo, si te quieres ir a la aventura anda. Pero eso si, no financiare esta locura. Y yo, no te preocupes mamá tengo todo lo que necesito conmigo. Aquella tarde me pase seleccionando maletas, ropa, sandalias. Sacando y metiendo ropa, mi madre pensaba que se trataba de un juego que no seria capaz de irme. Llegada la hora, me dirigí a su cuarto, le toque la puerta, le di un fuerte abrazo, soltamos unas lagrimas y me fui rumbo a la casa de Miguel.

Cuando llegue a su casa, me recibió Salomé no podía creer que iría a mochiliar con ellos, sin embargo, Emilie y Luigi no aparecían, así que nos quedamos a esperarlos. Muchas horas después, cuando yo dormía en el mueble tocaron el timbre, eran ellos. Desperté a Salomé y Miguel de inmediato, se levantaron somnolientos, y les pregunte si nos iríamos esa misma noche o al día siguiente, ellos afirmaron que en la madrugada estaría durmiendo fuera de Lima.
Salimos un martes 15 de febrero con las mochilas en las espaldas desde Jesús María a Lince, donde tomamos un bus que nos llevara hasta Ancón, un lejano y famoso balneario a las afueras de la ciudad donde en 1883 se había firmo el tratado de paz con Chile. La ciudad se iba alejando y Ancón cada vez estaba más cerca, me asaltaban recuerdos de la infancia y me preguntaba cuánto abra cambiado desde aquel verano del 98. Casi dos horas después llegamos algo aturdidos y emocionados. Conforme fuimos avanzando los edificios se convertían en barriadas y ya no era el balneario que yo recordaba en mi niñez. Miguel y yo nos acercamos a hablar con un oficial de policía, preguntándole si podíamos acampar en la playa, nos dijo que sí, pero quedaba bajo nuestro criterio pasar una noche ahí, ya que era tierra de nadie. Al escuchar esa palabra un miedo rodeo todo mi cuerpo, aunque trate de hacerme el fuerte y el disimulado. Vallan mejor a Miramar es más seguro que Conchitas. Bajo esta última recomendación tomamos un mototaxi hasta dicho lugar. Armamos las dos carpas sin complicaciones, en una dormiría Emilie y Luigi y en otra los demás. Empero, la noche era virgen, así que desforre la guitarra, Miguel me la arrebato de las manos, mientras Emilie recogía troncos secos para hacer una pequeña fogata, nos dejamos llevar por la música acústica que nos regalaba Miguel, coreamos las canciones y disfrutamos de la brisa del mar. Dado que escribir es un acto en que necesita soledad espere que el cansancio se apodera del grupo y con ayuda de una linterna saqué de mi morral un pequeño cuaderno azul que me serviría de diario, nunca he tenido uno así que hice lo mejor que pude, escribiendo todo lo que pasaría en a donde fuera y me recordaría lo mejor y peor de cada lugar, hasta llegar a nuestro destino: Màncora.

Diario, 15 de Febrero del 2011:
Ha sido difícil hacer maletas y tomar la decisión de irme. Dejar atrás a mi familia, mis amigos, mis cosas, mi mundo y sobre todo a ella, a que llame para despedirme y como era obvio no contestó. Me gustaría que sepa aunque suene cursi que ella viaja conmigo, bueno una parte de ella: su guitarra, que ahora uso para apoyar este cuaderno y escribir estas líneas. Me voy porque necesito encontrarme conmigo mismo, me voy para regresar siendo un hombre nuevo, para demostrarme que no necesito de nadie, que puedo valerme por mi mismo. No sé cuando vuelva escribir en este diario. Que siento que es lo más personal que he escrito y tal vez escribiré.
Llegamos a Ancón cerca de las 11 pm, la brisa era helada y las calles daban un aspecto tétrico de ser un pueblo olvidado por dios, y los limeños. Durante el viaje hable con Emilie, creo que es una europea orate que se ha dejado llevar mucho por los libros de Paulo Cohelo y el Karma y las energías; aun así, me agrada escucharla con su hermoso acento francés. Pero la nostalgia me abarca y es una extraña sensación, veo las estrellas y me pregunto se ve verán igual desde mi casa. Prendo el mi ultimo cigarrillo, el mismo que he escondido como oro, lo fumo pausado. Sin nada más que decir dormiré esta noche pensando en ella la que no esta conmigo, y en mí.

Mientras dormíamos bajo la sombra de las estrellas, no me percate de que había alguien merodeando nuestras carpas. Escuche gritar a Emilie con fuerza. Miguel se paro en acto, lo seguí por inercia, Luigi hizo lo mismo, y perseguimos al ladrón mas por compromiso que por reacción, Miguel se detuvo, se cayo me pidió que avanzara mientras que, Luigi se había raspado el pie. En fracción de segundo sentí que todo dependía de mí, me enfrentaría al ladrón a mano desnuda, era hora de probar de qué estaba hecho. Corrí, con las piernas temblantes, y seguí corriendo, y lo tuve a dos centímetros cuando le solté un golpe fallido, luego le solté otro con odio reprimido, con mi impotencia, lo golpeé, y no me enorgullezco de eso. De pronto, se logro zafar de mi dominio. Luigi me miro molesto y me dijo, porque no lo detuviste, y yo, hice lo que pude, no regresamos sin antes escuchar lo alaridos de Luigi “te voy a matar ya se quien eres”. No volví a pegar un ojo en toda la noche. A primera hora de la mañana levantamos carpa y nos enrumbamos camino a la carretera. No sé exactamente cuanto caminamos ni por cuanto tiempo, pero desde aquel robo las tenciones eran más fuertes entre Emilie y Miguel. Está acusaba al segundo, por tener energías negativas y no purificar su karma. Él por su lado, la trataba de loca de remate, una europea alienada que quería ser más peruana que todos nosotros.

Nos detuvimos cerca de un grifo, y esperamos alrededor de dos horas, cuando conseguimos un camión de papas que se dirigía rumbo a Trujillo, las chicas abordaron al sujeto coquetearon con cuanto camionero pasase, es el precio de mochilear pensé, a Luigi no parecía importarle. Fue decisión de Emilie bajarnos en Huacho ella quería conocer esa ciudad, y a ninguno parecía molestarse, bueno en aquel momento.

Diario, 18 de febrero del 2011:
La brisa de Ancón ha quedado atrás. Hemos caminado alrededor de cuatro horas desde que salimos de Huacho a Huaral. El viaje se hace cada vez más pesado, nos hemos quedamos sin comida, sin agua, y sin dos compañeros de viaje: Emilie y Luigi, quienes han tenido tremenda gresca con Miguel, causada por su arrogancia y poca paciencia, éste mando a volar a la francesa debido de sus ideas fuera de lugar sobre el karma, el cosmos y las energías. Desde aquella tarde en que estábamos hambre y sed, y quería pedir comida donada a un exclusivo restaurant, hasta juzgarla por cosas que nuestra idiosincrasia latina no nos permite entender. Ella es ser libre, hace lo que quiere, impone sus propias reglas. Sin embargo, el detonante de nuestra separación fue cuando se metió a bañar a la laguna municipal, a pesar de que las duchas públicas estaban a dos cuadras, por primera vez, me sentí peruano y condene con severo reproche la estupidez de aquella francesa de burlarse de nuestro patrimonio. Cuando Salomé y yo, regresamos de las duchas públicas todo estaba consumado. Miguel y Emilie discutían al unisonó, Luigi era tan solo un espectador más como nosotros. Para culminar su ira Miguel, revelo que Luigi estaba solo con ella por la visa a Francia. Nos despedimos y comenzamos nuestro viaje, por un momento quise retroceder quedarme con ellos pero no lo dije solo lo pensé. Llegamos cerca de un desvió en Sayán, estaba molesto, fastidiado, y con miedo de estar en medio de la nada. La necesidad me ha convertido en un experto “tira dedo”, y luego de muchos intentos y casi haber perdido las esperanzas se detuvo un carro cuatro por cuatro, que nos pregunto de donde éramos, Lima dijimos, él también, nos comento que se iba hasta Cajamarca, pero era casi seguro que esa noche pernoctaríamos en Chimbote. William se comporto como un ángel de la guardia, era de tez moreno, sin cabello, gordito, alto, fanático de Arena Hash pero sobre todo de Pedro Suarez Vertiz. Además, nos conto aspecto tristes y nostálgicos de su vida, sus tres divorcios, el fallecimiento de su padre, y lo bien que se llevaba con sus cuatro hijas. Yo por mi parte le conté el verdadero motivo de mi viaje: Ella, a lo que él me contesto: Dale tiempo, y búscala, veras que el tiempo me dará la razón. Al llegar nos invito un pollo a la brasa, debe ser la comida más rica que he probado en días. Pagamos la habitación de un hotel a medias. Esta noche dormiré bajo un techo pero en el piso, luego de darme un buen duchazo. Miguel y Salomé dormirán juntos en una cama, William dormirá en la cama solo, y aprovecho el tiempo que me queda para poder escribir. Mañana partiremos a Trujillo la ciudad de la eterna primavera.

Él sol penetra por las ventanas, y sabemos que es hora de partir, William arregla sus cosas nosotros también, nos lavamos la cara, y cogemos nuestras costas. Subimos al carro de y empezó el recorrido, nos despedíamos de Chimbote y su gente. La carreta cambiaba de paisaje y el calor era cada vez más insoportable. Casi dos horas y media, los paneles publicitarios anunciaban que estábamos a las afueras de Trujillo, William compro un diario local,” La hora” que mencionaba de que los mercenarios causaban terror y perjudicaban el peligro en aquella ciudad. Cuando llegamos la ciudad me embrujo por su encanto, sus calles, su arquitectura y sus chicas. Era la segunda vez que pisaba aquella ciudad, la primera fue en el 2006. Aunque esa ya es otra historia. Desayunamos un extraño y típico plato regional: Tallarines, ceviche y huancaína. Barriga llena corazón contento, emprendimos nuevamente rumbo, Cajamarca era el próximo destino. William era un excelente conductor y se convirtió en un amigo, hablamos mucho durante el trayecto, parado cada vez que algún paisaje nos seducía para fotografiarla. Me ofreció su casaca cuando me bajo la presión a ir subiendo por las montañas, me costaba respirar al pasar por Choten, un pueblo a las afueras de Cajamarca. El cielo era despegado, inmenso, infinito. A nuestra llegada a Cajamarca, dos horas después nos emprendió la tristeza de tener que despedirnos de William, que pidió que hablase de él, si alguna vez publicaba algo con respecto a este viaje. Cajamarca nos recibía con un cálido sol y brisa serrana.

Continuara…




jueves, 10 de marzo de 2011

Las Plumas descienden del ring


Las vacaciones se acabaron. El mar, el calor, el frío, el hambre y las habituales torturas literarias acompañaron a los nóveles escritores de este blog (achacosos, dirían algunos) que no realizaron movimiento alguno sin pensar en ellas.


A cambio, quisieron que los lectores se refrescaran con renovadas historias, actualicen las ganas de leerlos y se tomaran unas sodas con las Plumas Invitadas que nuevamente electrizaron al público.

La lacrimosa y poderosa “Me dijiste”; la brujería arquitectura de “No puedo enamorarme de ti”; el desencanto rabioso de los personajes de “Con la misma moneda”; la sugerente “Orgasmo de luna llena”; el espolvoreado “Viaje a ninguna parte” sin retorno; la pipiléptica “Las ovejas nunca ayudan”; el recuerdo enamorado en “Carta a mi ex”; la misteriosa y universal “El y ella, y dos más”; los indiscretos “Manuscritos de amistad y distancia” y el contraste entre suciedad y belleza cortesía de “Mi revolución francesa”.

Vistos así o de otro modo, les haya gustado o no las Plumas arriba mencionadas, es ahora el turno de votar por la que les pareció mejor, por cual supo driblear sus exigencias literarias, cocinó situaciones jugosas y verosímiles, los hizo reír tal vez llorar, o se supo esconder en la arenas del tiempo y merece el premio de la eternidad que aquí imitamos bajo el improbable trofeo de nombre Choteadas Awards II.

A su derecha, pueden observar la lista de los candidatos elegibles. Cada votante podrá elegir una Pluma sólo una vez, el voto no será excluyente (puedes elegir a uno, a dos, a todos).

Ganará aquel que tenga más votos tanto en la encuesta virtual y quien haya tenido más comentarios. La suma es simple, el 70% de la cantidad de comentarios se agrega al 30% de la cantidad de votos digitales y sale probablemente un decimal. Quien ocupe la m[as alta calificación será declarado ganador y subido al podio.

[ 70% (Comentarios) + 30% (Votos virtuales) = TOTAL ]

Esto sucederá en un mes más. Por tanto, el diez de abril (10-04-2011, el mismo día de las elecciones presidenciales), anunciaremos al único y extraordinario ganador de las Plumas Invitadas 2011, quien se llevará tres premios y un castigo:

1) Camiseta del blog, 2) Holograma del blog; 3) Diploma a nombre del Estado y el castigo 4) Será entrevistado por nosotros (en el lugar del Perú que se encuentre).

Los candidatos podrán hacerse publicidad en sus blogs, en Facebook, en Twitter o Hi5, si es que los tienen, si no los tienen, caballero nomás, esparzan el rumor de que serán Plumas Ganadoras entre sus familiares (no lo recomendamos).

Asimismo, a rey muerto rey puesto, destronará al ganador de la anterior edición: Juan Antonio Tucuy Ricuy, quien conociéndolo, llorará como si entregara la corona de Miss Chimbote Universo, pero estará gustoso de entregar el premio a su sucesor(a).

Esta elección popular no hace daño, esperemos llevar la fiesta en paz, las candidaturas ya demostraron su valor, ahora toca votar por ellos.

Es tiempo que elijas acompañar a una pluma y te sumes a su esquina del cuadrilátero.

1-    Black Rose  – Me dijiste
2-    Javier M.  – No puedo enamorarme de ti
3-    Miguel M.  – Con la misma moneda
4-    AAC – Orgasmo de luna llena
5-    Porroberto – El viaje a ninguna parte
6- Johann aldave – Las ovejas nunca ayudan
7-    Ximena Castro Breña – Él y ella, y dos más
8-    Ana – Carta a mi ex
9-    Melón  – Manuscritos de Amistad y distancia
10- Raul Castillo – Mi revolución francesa


Por si les interesa, Teni y reii, amigos de los corazones ajenos, siguieron sus caminos este verano.


Teni se fue al Perú del norte y reii al norte de Lima, ambos quizás buscando olvidar. El primero quería encontrarse a sí mismo y el segundo escapar por unos días del infierno limeño. Teni luchó contra tiburones, pistoleros y narcóticos que quisieron entorpecer su camino y finalmente regresó. Reii, subido en una montaña, contempló la luna hasta quedarse ciego y asmático porque corría mucho frío. Ambos sufrieron soroche.

Finalmente vuelven este domingo, dicen que no quieren más vacaciones y prometen escribir hasta en las servilletas por si algún choteado se siente solo allá afuera.


Atte.
Agremiación de Choteadores del Perú



ACTUALIZACIÓN 
importante!!

Acaban de salir los resultados oficiales de la Primera Rueda de las votaciones, aquellas que se hacían por cada entrada, aprovechando el calor de la batalla.

El premio al “Cursilón” es compartido: Empate entre /Ana/ y /Dinky Don/ con ocho (8) votos cada uno. ¡Felicitaciones sinceras!
El premio al “Cojonudo” es para /Porroberto/ con nueve (9) votos. ¡Buena!, y que no se te suban los humos.
En el premio a “Las 2 cosas” repite el plato: /Dinky Don/ con cinco (5) votos. Dos copas para ti, ¡salud!

Mención aparte para AAC, por llevarse de encuentro a los demás participantes en el rubro “Comentarios”, rompió records de venta con 21 hits.

A los demás participantes, y para que todo sea transparente, les agradecemos su participación y colgamos el link al final de este párrafo con los números de todos: Tabla de posiciones (dame click).

Estos primeros resultados a boca de urna no influencian en la votación final. Sólo es un termómetro. Tengan en cuenta que los redactores de este blog se llevan esos premios semana a semana.


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Fotografía 1 por Anthony T.
Fotografía 2 por newspicnewdvd



viernes, 4 de marzo de 2011

Pluma Invitada: Mi revolución francesa


Escrito por Raúl Castillo
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No recuerdo todo lo que siento, pero sí siento todo lo que recuerdo. Siempre exhalo y recuerdo su dulce aroma sabor a fruta. Observo en el pasado y recuerdo el brillo de sus cabellos dorados, el oscuro tono de sus ojos negros y sobre todo, el sabor de su delicada piel de chocolate blanco. Tampoco olvido su melodioso y sensual acento francés que hacía palpitar mis labios a la hora de besarla y encantarme.



Fue hace ya más de un año que la distancia decidió robármela. El verano se alejaba y los vientos fríos del otoño asomaban fuerte. El aire era tan frío y penetrante que no dudé en subirme al primer bus que transitaba por mi residencia. Caminé hostigado entre las personas  en busca de asiento hasta toparme con uno. Estaba desgastado y roto como la mayoría de estos. Junto al mismo, sentí la fuerte carga de una chica, que a pesar de ser guapa, hice caso omiso a su presencia y abrí mi lectura. 

Minutos más tarde, apareció un cobrador agraviante. Vestía una camisa azul sucia y arrugada. Sus manos estaban llenas de mugre y sus uñas sólo podían ser comparadas al asco de la alcantarillas. Bajo la oscura iluminación del bus, el hombre sacó su sucia garra y le reclamó a la chica que estaba al costado de mí. Un pasaje y un carnet de medio eran el problema. En ese instante, no vacilé en defenderla y el cobrador desistió de sus protestas. Los dos sonreímos, mas yo no quise seguir conversando. El amor ya me había hecho distanciarme de otra chica hace poco y no quería entablar nuevas pláticas.

No obstante, Lara, así se llamaba, decidió hacerlo por mí. Vestía un fino polo blanco, una delgada chompa negra y pantalones del mismo color. Aunque mi mirada sólo se fijaba en los finos rasgos de su rostro y la suavidad y dulzura que parecían tener sus labios.

Durante el tráfico y la bulla de la congestión de la tarde gris limeña, Lara decidió conversar y sus labios forjaron el resto. Su boca realizaba conjuros y hechizos. Hechizos que me hipnotizaron al hablar de Lima, de Canadá, de lo maravilloso que era viajar, hasta la pobreza y la injusticia  que había y hay en el mundo. Fue entretanto que nos dimos cuenta de nuestra cercanía. No había sido coincidencia haber tomado el mismo bus, pues apenas 12 cuadras nos separaban uno del otro. Las mismas 12 cuadras por las cuales sabíamos que nos íbamos a ver de nuevo.

No dudé en llamarla e invitarla a una fiesta a los dos días. Decidí abrigarme poco: una casaca de cuero negra, un polo blanco y jeans azules bastaban para la temperatura de esa noche calma. Decidí caminar hacia su casa y en esta, quizás encontré la imagen más predominante de todo patriarcado. Toqué nervioso el timbre de su casa y apareció un gigante medieval con más de un 1.90 de estatura.

-          ¿Qué intentas? - fue lo primero que me dijo el gigante, sosteniendo un mazo de hierro.
-          ¿Se encontrará Lara? -  sólo atiné a responderle.

Al cabo de unos segundos, se retiró lentamente, como si el gigante custodiase una mazmorra donde habitase la princesa. Era un guardián, que bajo la camisa y pantalones formales, guardaba una armadura de hierro que protegía todo atentado que pudieren cometerle a Lara. A los pocos minutos sale Lara, me jala de la mano y me deja entrar a la mazmorra.

-          ¿Puedes esperarme unos segundos? – me dijo con su acento francés que me volvía loco e indefenso ante ella.
-          Sí - le respondí temerosamente, pues todavía no superaba la presencia del gigante.

Sentando en un sillón, decidí esperarla para luego salir, sin antes dejarle una notificación al gigante de la mazmorra. Saltamos y enrumbamos en el típico carruaje amarillo de Lima. Antes de llegar a la fiesta, sufrimos algunos problemas de ubicación que nos ayudó a platicar más entre nosotros. Y ya en la fiesta, mis amigos me molestaban, a pesar de que no estábamos juntos.

-          Bien con el negocio – muchos decían.

Yo sólo atinaba a sonreír y a hacer caso omiso a sus palabras. Quizás nunca supo cómo nos molestaban, pero se divirtió ante todo. Reímos y bailamos durante varias horas. La noche siguió pasando y ya eran las 3 de la mañana cuando decidimos retirarnos ante los gritos y llamadas del gigante. Caminamos varias cuadras durante la fría noche. Infinita noche que era alumbrada por la infinita bóveda de estrellas amarillas. Estrellas que vieron cómo me abrazó fuertemente durante varios minutos al dejarla en su casa.

-          Gracias por todo – fueron sus palabras.

Al cerrar su puerta me retiré y caminé a casa durante toda la noche. No pude olvidarme de ella. No dejaba de pensar. No dejaba de recordar mis brazos cuando tocaban su cintura. Lo bien que me sentí al momento de abrazarla.

Pasaron los días y volvimos a encontrarnos. Tuve junto a Lara, una maravillosa cena en el José Antonio. En la cena empezamos a hablar más de nosotros, de nuestros padres, hasta de la química que ya había. En el restaurante, pedimos dos pisco sours cada uno. De fondo, pedí  una chuleta acaramelada de fondo y ella un lomo saltado. Mientras cenábamos, conversamos y bebimos durante varias horas. Reímos y sentimos que nos conocíamos durante años.

Al salir del José Antonio bajo una fría lluvia que nos mojaba a los dos, saqué la casaca de mi cuerpo y la puse encima de sus hombros. No vacilé en abrazarla fuertemente, mientras nos dirigíamos a su casa. Los pisco sours ya hacían efecto y nuestra felicidad y alegría alumbraban las calles oscuras de la avenida Angamos.

Debajo de los muros del tren eléctrico, decidimos tomarnos la mano y caminar hasta su casa. En ella, nos quedamos alejados durante un buen tiempo. Ella me volvió a abrazar fuertemente y ahí decidí besarla. La besé con tanta fuerza como si fuese la última vez. Luego, ella me sonrió, me besó nuevamente y cerró las puertas del castillo. Ese día también fue el último día que vislumbre al gigante.

Poco tiempo después, partimos un fin de semana hacia Chosica. La noche de ese sábado era cálida. El mismo silencio hablaba. Las estrellas chispeaban como si fuese el polo sur y fue por esa y otras razones que no dudamos en hacer el amor por primera vez. Ese día volví a entender esas palabras. No vacilé en besarla apasionadamente y sacarle las ropas con la mayor suavidad posible. Una a una hasta quedar como Adán y Eva. Nuestros cuerpos y nuestras partes formaron un solo cuerpo. A la mañana siguiente, éramos las personas más felices. No dejé de abrazarla y ella igual. Presenciamos la mañana. La luz del día. El cantar de las aves y sobre todo, la unión de nuestras almas.

Pero toda relación entre personas extranjeras, tiene que acabar. Lara se fue a los pocos meses. Los deberes y obligaciones nos alejaron. Ella en Canadá. Yo en Perú. No olvidaré el día de despedida. El día en que fui a su casa y lloramos durante largas horas. Yo estaba sentado junto a ella. Lara junto a mí. Y sólo nos quedo por besarnos y abrazarnos por última vez.

A las pocas horas, la llevé al aeropuerto. Nos sentamos a esperar el arribo a las salas de embarque. No queríamos dejarnos. En un momento, sentía que cogía muy fuertemente mi mano y que quería llevarme conmigo. Yo quería, pero no podía y ella lo sabía. Era la impotencia consumada en la unión de dos manos (la izquierda y la derecha). Los letreros amarillos, los pasadizos de color crema y la fría puerta del Jorge Chávez me alejaban de ella. Nos abrazamos y esa fue la última vez que la volví a ver. Camino a casa era un desastre. Recostado en un costado del taxi no sabía si me quedaba dormido o si dormía para siempre. Hasta ahora lo pienso.

Quizás en el amor, la distancia es una llamada de atención. Una llamada que nos hace resaltar la ausencia de la persona que amamos. La persona que nos hace falta y que nos complementa. Esa misma por la cual daríamos todo por tenerla de nuevo junto a nosotros. A pesar de que la distancia también es nuestro peor enemigo. La distancia nos hace temer, eludir, malinterpretar, huir y hasta enfermar toda prematura relación de amor. Con la distancia, viene la lejanía. Con la lejanía, viene el miedo. Con el miedo, vienen los celos. Y con sólo los celos, vuelve la distancia y el amor lejano. 

Dicen que la distancia hace el olvido y que el roce hace el cariño, pero por muy lejos que te siento, jamás olvidaré aquellos besos que me diste y aquellas caricias que sentí. Porque momentos así de felices fueron muy bonitos de vivir.

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Imagen por Jaime Tri-X
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