lunes, 18 de marzo de 2013

Amantes del Centro

Imagen por El Munito

Creo que a mí me gusta el Centro porque es aquí donde la ciudad termina, muere y vuelve a empezar. Cubierta siempre por una extraña magia que nos envuelve, seduce y nos hace querer regresar. Por su escenografía. Por su historia. Por sus concurridas calles. Por sus esquinas y por sus tristes personajes que pululan por noche con una historia siempre más triste que la anterior. Que parecen estar cubiertos con cierta nostalgia que los invade. Llenos de sueños destruidos que sólo esta parte de la ciudad puede mermar.

Para que entiendas porque nos gusta tanto el centro debes amar y odiar la ciudad a la misma vez, de misma manera que te odias y amas a ti mismo. Estar algo loco, zafado, orate, fuera de sí, quizá más lo segundo que lo primero y también viceversa.

Como todo buen amante, antes de quedar embrujado por las plazas y calles, haz debido experimentar y frecuentar otros lugares, intuyo que entre ellos estaba  las discotecas de Barranco. Sobre todo las que están cerca o alrededor del boulevard.

Y como casi todos has hecho la indispensable ‘’chanchita’’ para poder tomar una jarra de cerveza que siempre tras más agua y hielo que lúpulo, cebada y levadura. Son necesarias más de cinco jarras para que al menos te animes a bailar con la chica más linda del otro grupo, o quizás ya las copas encima hacen que empiecen a ver simpática a la amiga feíta de tu grupo.

Luego de algún tiempo es probable que Barranco y tus primeras borracheras hayan quedado un paso atrás aunque retornando esporádicamente. Para volcar tu atención en otro boulevard está vez miraflorino. La única diferencia que hay con el de Barranco es que aquí casi nadie es del distrito. Casi todos son de las partes más remotas y recónditas de la ciudad. Hoy aquí solo vendría a comer pizza un día particular y sin que llegue a ser muy tarde.

Aunque también entre Barranco y Miraflores están las discotecas de la Costa Verde. Las mismas a las que ibas porque te invitaban y porque estabas en lista. Hiciste largas colas en medio de una suerte de vereda y una vez adentro escuchabas por casi más de dos horas una improvisada música electrónica que perforaba tus oídos y no te deja hablar con nadie. Para disimular tu incomodidad comprabas una  cerveza en botellita que te costaba lo mismo que una jarra en Barranco. Te sientes estafado, pero no quieres incomodar a tus amigos y la gente que te rodea que está acostumbrada a despilfarrar su dinero creyendo ser feliz. Es en este preciso momento que las chicas fresas aprovechan para llenarse de fotos en sus diminutas faldas, riéndose y pidiéndoles a sus amigos las botellas para simular que están tomando y divirtiéndose, solo para el resto de sus amigos vea al día siguiente en Facebook lo increíble que estuvo la fiesta a la que probablemente no fue su ex.

Quizá haya omitido otros centros de diversión noctámbula pero me parecen más de lo mismo y no me tomaría el tiempo de escribir sobre las de la avenida Arequipa. Pero todavía quedan pequeñas guaridas, aún quedan lugares rescatables en Barranco y Miraflores que no se han llenado de hijos de papi, gente que le gusta la buena música y no solo lo que está moda y pasan por la radio.

Y quizás es por su mala fama, por su lejanía con el resto de la ciudad que tiene el Centro que me llevo ahí y desde entonces no he dejado de faltar cada vez que quiero tomar una cerveza, cada vez que necesito inspiración, cada vez que necesito escuchar algo de buena música caigo y me dejo llevar por los bares y la magia que entienden los que van al Centro. No podría explicarte lo que significa el Centro para nosotros sus amantes  es algo que cada uno tiene que descubrir por sí mismo. Pero si aún te da miedo o vives en una burbuja. No vengas, no pises ni respires el aire de la libertad que te da este lugar.


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Esta historia en una canción.

domingo, 24 de febrero de 2013

Arrivederci, princesa

Imagen por My Brasil Mercado

Febrero lleva su nombre. Y con él la oportunidad de verla de nuevo. Habían pasado casi dos meses desde la última vez. Un huracán de preguntas revoloteaba mi cabeza, acompañada de cierta emoción y nerviosismo que uno siente al volver a ver a alguien.

No es que no haya intentado, lo hice, la llamé una tarde en la que su ausencia y mis ganas por saber de ella dominaron mis dedos que casi poseídos marcaron los nueve dígitos que me llevarían a su voz. Más que una conversación fue un monólogo donde sólo hablaba yo. Sus respuestas eran cortas y con cierto desaire; quizás así la conversación terminase de una vez.

Me prometí entonces no volverla a llamar. Como tantas veces me he prometido dejar de fumar, o comer a deshoras. Son esas promesas que uno sabe que debe cumplir y no cumple. Así que la llamé un par de veces más sin tener éxito. Había desparecido, se había esfumado, ni siquiera estaba en la red, no dejó rastro. Quizás eso aumentó mis ganas de querer volver a verla. Y ahora, luego de casi dos meses, estoy rumbo a encontrarla.

Su mejor amigo, Marco le organiza una fiesta sorpresa al otro lado de la ciudad, en casa de Guillermo. Es un viaje de casi una hora y media. Me acompaña Nicolás que de no haber sido por él no hubiera llegado nunca.

Es extraño volver a ver a mis compañeros de clases, aquellos que no pensaba ver hasta que el verano termine. Saludo a todos esperando llegar a la cumpleañera ausente. No está y he viajado todo este tramo para nada. Disimulo mi impotencia con una sonrisa triste.

Marco me pasa una botella y dejo que el alcohol merme su ausencia. Él ha planeado cada detalle para sorprenderla. En el fondo él está, al igual que yo, no perdida, sino perdedoramente enamorado. Me recuerda tanto a mí, que casi lo entiendo.

Horas más tarde irá a recogerla con la excusa de pasar por la casa de Guillermo. Mientras tanto soltamos unos cuantos gallos en el Karaoke improvisado que ha instalado en la sala.

Bajamos el volumen, apagamos las luces y nos escondemos en la cocina mientras ella sube por las escaleras. Todos están emocionados, quizás igual o más que yo. Dos tipos más también han recorrido media ciudad para verla.

¡Sorpresa! y aún con las luces apagadas se puede ver cómo su sonrisa ilumina el lugar. Nos acercamos a saludarla, susurrarle unas cuantas frases al oído. Soy el penúltimo en hacerlo, Marco quiere llevarse los honores.

Estoy sentado en una esquina de la sala, con un cigarro en la mano. Ella está muy cerca de mí, tanto que casi puedo olerla. Le susurro al oído que es la mujer más linda que he visto en mi vida, y ella me mira conmovida y creo que sabe que le hablo con el corazón, que no le miento como un oportunista para llevarla conmigo. Mientras todos bailan de forma descoordinada.

Me pide un cigarrillo pero es el último que tengo, sin embargo, ella quiere compartirlo. Se va al balcón mientras que en la sala, el alcohol ha hecho su trabajo y dejado en los brazos de Morfeo a Marco y a un par más. Nicolás es mi back-up y se encarga de animar la fiesta que ya está terminando.

No sé qué decirle a la mujer que me acompaña, no sé cómo decirle que estoy idiotizado por su belleza, por su capacidad de estar callada y decirme con una mirada todo lo que me hace feliz, y por eso no digo nada, sólo la beso, la aprieto contra mi cuerpo esmirriado y devoro sus labios con un placer que nunca podrán darme.

Nos decimos cosas dulces al oído. Mientras aún la tengo abrazada y creo estar enamorado de ella. Tengo ganas de decirle lo mucho que la he extrañado. Que quisiera que el tiempo se detenga. Que el mundo deje de girar. Que se quede inmóvil para grabar este momento en mis recuerdos, pero cuando estoy a punto de decirle todo eso, se desprende. Se aleja, el sueño ha terminado. Se despide de mí, y despierta a Marco que la llevará a su casa. Ella se ha ido y yo regresó a la sala, a terminar lo que queda en mi vaso.

Aún tengo sabor de sus labios en los míos. Pienso en ella, y en Marco. Pero en el amor como en el fútbol no gana quién hace los meritos sino quien define una acción. Creo que él tiene la esperanza de que algún día ella reconozca todo lo que hace para sorprenderla, complacerla y verla feliz. Aunque, también me gustaría que ese sea mi trabajo.

La mañana siguiente aún alcohol en el cuerpo, me despierto y veo que tengo cuatro llamadas perdidas en mi celular. Es ella, así que la llamo, hasta que conteste. La saludo de nuevo, le digo que espero verla pronto. Pero ella se adelanta y me invita a su casa, para celebrar su cumpleaños, es una reunión más intima concluye.

Quizás todo debió terminar ahí. Pero no le hice caso a esa vocecita interior que me advertía que ella solo jugaría conmigo. No debí tomar un bus esa noche. No debí ir a su casa. No debí hacer de bar tender.  No debí besarla en la cocina. No debí quedarme a dormir. No debí enamorarme de ella, pero lo hice.

Aquella noche en su casa, Marco y Guillermo se sorprendieron de volverme a ver. Casi como yo a ellos, la situación era incomoda para Marco que trataba de encontrar cierta lógica a mi presencia aunque lo disimulaba muy bien.

Desde ese día nuestra relación se volvió clandestina. Nos perdíamos entre la gente, entre el bullicio, entre música, entre nuestros amigos. Y cada vez que se podía a escondidas era para regalarnos un poquito de amor.

Salimos un par de veces más por insistencia mía que de ella. Nos tomamos de la mano, nos abrazábamos, nos besábamos y un par de veces la escuche decir te quiero. Que vacía suena esa palabra ahora.

Me enamoré de cada una de sus cosas, de sus locuras, ocurrencias y de sus prolongados silencios. Conocí más a fondo sus aficiones, sus dudas y temores. Sus sueños que de alguna forma se parecían a los míos. Me sentía de nuevo vivo y me volví estúpidamente cursi.

No quería ocultar más mis sentimientos. No quería esconderme de mis amigos, de los suyos, de Marco. Pero ella nunca estuvo segura. Le costaba dar el siguiente paso y ahora entiendo porqué.

Dos días antes de que todo acabe. Estábamos sentados en un parque tomando unas latas de cerveza mientras su pequeña hermanita se entretiene en los juegos infantiles. Sube y baja de los toboganes, columpios y trepa un pequeño castillo. Mientras ambos la observamos a la distancia.

¨Lo nuestro¨ es lo más parecido que he tenido a una relación, me dice ella, mientras su mano izquierda toma la mía. La beso, me besa y recuesta su cabeza contra mi hombro. Le pregunto qué hará el fin de semana que se acerca, me dice que saldrá con Marco a tomar unas cervezas pero él va llevar a una chica, es por eso que ella ha decidido llevar a alguien más, por un instante pienso que soy yo, por un instante creo que no tendremos que ocultarnos más de él, para demostrar nuestros sentimientos. Pero ese alguien más es un chico con el que había salido en enero antes de que nos volviéramos a ver, antes de besarnos nuevamente en su cumpleaños.

No sé qué decir, estoy incomodo pero trato de no estarlo. Me escondo en una pequeña sonrisa. Hasta que ella me dice que no es del todo seguro, que quizás él la cancele, o tal vez ella no pueda salir. Aunque ambos sabemos que está mintiendo, pero me dice como premio consuelo que puedo ir. Además, también va a ir Guillermo.

Los días siguientes, pensaba si debía ir. Si no haría el papel de idiota. Quizás  era verdad y el tipo este no iría, o tal vez era una invención de ella, y si iba lo hacía con el único fin de probarme. Esas eran las hipótesis que me planteaba.

Aquella noche comenzó de forma extraña. Ella llamó y me dijo que bajara a un bar de Centro a las once, cuando ella estuvo allí desde la diez. Para hacer algo de tiempo me entretuve en el concierto que se daba en Plaza San Martín, y cuando me senté estaba mi ex novia, con el cabello corto era irreconocible, pero de todos los lugares de la ciudad nos encontrábamos en la misma banca. La miré, me miró, me paré y me fui. Mis amigos me plantaron, y por ellos me quedé afuera gran parte de la noche, además de no querer pagar una entrada.

Esperé alrededor de casi una hora y apareció Guillermo, Carlo y su novia. Con ellos bebí un ron. Y conseguí uno más después que hablar con unos franceses en mi precario francés. Envalentonado por las copas extras que tenía en la sangre, decidí entrar al bar. Buscarla y bailar con ella. Ella estaba más ebria que yo.

Bailaba con Marco cuando la vi. Me abrazó desinteresadamente. No era la chica que días antes me abrazó con tanta fuerza que tocó mi alma. Marco me ofreció una cerveza que bebí tranquilamente, me presentaron a un desconocido, mientras que a mí solo me importaba bailar con ella.

Tres minutos después, ella besaba un tipo que pululaba por el escenario, presa de celos e impotencia arremetí con un empujón contra él. El tipo que había besado se perdió entre la multitud y yo fui a darle caza. Su amigo me pidió disculpas por él y yo alegaba que me había empujado, pero lo que había hecho era partir mi alma.

Debí tomar la poca dignidad que me quedaba e irme, pero no lo hice. Ella trató de darme explicaciones y pedirme disculpas para luego bailar conmigo. La rechacé y Marco trató de tranquilizarme. Mientras que a ella se la llevó otro tipo desconocido que le ofreció un vaso de cerveza, mientras ella lo besó como agradecimiento. Yo era un perfecto imbécil.

Luego fuimos a otro bar, y la escena fue casi lo misma. Era yo impotente, era yo queriendo pelear con todos los chicos a los que ella se acercaba y viceversa. Su primo que había llegado del interior del país, pedía que me tranquilizara que actúe normal. No le hice caso. Todo se había salido de control. Los embarqué en un taxi. Y debí irme a casa, pero no lo hice. Me quede tomando con Marco y Guillermo y un grupo de lesbianas que también habían flirteado con ella.

Media hora más tarde mientras  Marco nos cuenta su triunfo con una de ellas. Guillermo propone continuarla en su casa y terminar una botella de ron que había comprado hace una semana. Camino a su casa, estuvimos en silencio.

La mañana siguiente había comprendido la magnitud de mi comportamiento. Mientras que Guillermo me ponía al tanto de detalles que había pasado por alto. Cómo que el primo de ella le había dado mis quejas de no haber controlado mis emociones. Y que se había dado cuenta de que yo estaba enamorado de ella.

No pude negar nada. Pero Guillermo estaba atrapado, Marco era su mejor amigo, y yo le parecía un buen tipo. Me dio un par de consejos antes de que nos despidiéramos con la promesa de juntarnos de nuevo.

Camino a mi casa pienso que no creo que no exista el olvido, ni que deba existir, quizás todos somos un menjunje de escudos, recodos y cenizas. Quizás ya será hora de empezar a olvidarla.

FIN.

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Esta historia en una canción.


jueves, 17 de enero de 2013

Lucía detrás de la niebla [ 1 de 2 ]

Imagen por Lst1984


Un hombre pisó San Miguel dispuesto a llevársela. La neblina lo aturdía, él sabía que a cada paso se adentraba más en un barrio que había nacido resaqueado por la bruma de la música del mar. Este hombre, un neo-romántico de ciudad hay que decirlo, desconfiaba de la neblina, creía que esta cortina blanca atraía aciagas premoniciones que lo podían alejar de Lucía. Lo hacía pensar en la indecisión de la que ella fue presa muchas veces y que los hizo pelear por puras nimiedades. Por lo pronto, era imposible perderse con la dirección indicada en un mensaje de texto de ella donde también le pedía que la rescate. Allá voy una vez más, se decía a sí mismo este hombre y embestía el viento.

Conocía las calles, pero no tenía ningún plan en mente. El hombre improvisaría sobre la marcha. Si se trataba de Lucía, siempre escondía algo tan secreto bajo la manga que prefería no saberlo ni él mismo hasta llegado el momento. Sorprender a Lucía era sorprenderse a sí mismo. Vamos a bailar, por ejemplo, le lanzó ante el apuro de proponerle algo el fin de semana anterior, cuando dejó a sus amigos por ir a buscarla. Lo siento, muchachos, es la ley natural, hay diversiones que una mujer sabe proveer y ustedes no, se repetía para aminorar la culpa de abandonar a sus amigos por ella.

Sin embargo, ¿podré llevármela?, ¿vine a buscarla a la deriva?, se preguntaba incesantemente mientras observaba las luces de neón de las discotecas, karaokes y bulines improvisados que oscilaban entre fucsia, rojo carmín y verde pepino de esa oceánica arteria del lado oeste de la ciudad por donde su vida académica lo obligaba a transcurrir innumerables veces. De día era una pintoresca avenida y de noche adquiría el tinte propio de la decadencia. Le daba la impresión de que esa zona de San Miguel estaba capturada por Instagram, esa aplicación de los celulares que filtra los colores y distorsiona cualquier realidad, de modo menos digno que la neblina, claro está.

Caminaba y su mente coleccionaba el paisaje de parques sin nombres, hoteles al paso y callejas umbrías del distrito. Cayó en la cuenta de que eran sus pensamientos quienes recorrían las calles y doblaban las esquinas antes que él, no sus pasos. Él podía no estar allí, pero había elegido estar. Dejar que las cosas fluyan, ¡al carajo!, esa filosofía de cotillón no le servía ahora, llevarse a Lucía siempre fue un reto, nunca el comienzo de un cuento de hadas.

Los edificios imponían su presencia, pero no vencían la neblina. En uno de ellos, no sabía cuál, se encontraba Lucía, atrapada en la reunión de abogados, intercambiando regalos con los amigos de su promoción. Tal vez ya no querría dejarlos. Tal vez sí. Los atajos de calles que buscaba para llegar al departamento donde ella estaba eran totalmente distintos a los que tenía que recorrer para conmover su corazón. Y es que a Lucía, como a cualquier chica normal, le gustaba ir despacio.

Este hombre, con mucha cautela, vigilando que no pasara un patrullero municipal, descargó en un árbol el líquido cadáver de su orina, así ponía fin a las dos latas de cerveza que había comprado en la avenida Sucre para no llegar con las manos vacías (sólo algo manchadas) ante ella. Con ese nivel de detalle sería más fácil convencerla de irse juntos, pensaba él, con la lata que guardaba para ella. Aunque sabía de sobra que ella prefería un trago más refinado, un Capitán del hotel Maury acaso, una Margarita del bar Zela tal vez, o por último, y no menos rico, la Catedral del Bolívar. Esos eran, en orden de prioridad, sus tragos preferidos, pero el hombre confiaba que la lata de cerveza la convencería de plano.

Mientras meaba, divisó allá, cruzando el parque, a una señorita de paso errático, que iba y volvía, revoleando su cartera. Sabía quién era: una puta sanmiguelina. Los taxistas sobreparaban para conversar con ella en transacciones fallidas de comercio sexual. Se le vino a la mente consultarle si su tarifa contemplaba un trío. Luego le preguntaría a Lucía, quien le espetaría con su segundo gesto de incredulidad de la noche mezclado con mucha rabia que cómo se le ocurría pedirle esas cosas, lo mandaría al diablo, quizá daría marcha atrás, aunque se devanara en explicarle que lo hacía llevado por su espíritu festivo. Lucía no lo sabía, pero este hombre  sacrificaba cualquier cosa en nombre de una buena broma.

Terminada su evacuación, sacudió el colgajo, subió el cierre, marcó su celular y la llamó. Ya llegué, estoy abajo, le dijo. Le extrañó que al otro lado conteste una chica sobria, Lucía sonaba en sus cabales. En anteriores reuniones de las que la había recogido –porque Lucía tiene suerte para encontrar manos que le ofrecen cerveza y diversión– la hallaba pasada de copas. Esta vez no.

Ella bajó del quinto piso. La reconoció por el golpeteo de sus tacos en la escalera. Se vieron y él le extendió la mano, en vista de que una reja los separaba. Había bajado para preguntarle cuáles eran sus planes. Él, como ha sido dicho, no los tenía. Debía disimular. Vamos a buscar una habitación, quiero pasar la noche contigo, le arrojó y ella, inesperada y resuelta, mojada por la neblina, desmontó su primer gesto de incredulidad sólo con abrir los ojos. Si no podía cachetearlo por ser tan tosco al pedir las cosas era única y estrictamente porque una reja los separaba.

Estaban cerca y lejos a la vez. La reja de seguridad impedía que los besos y escarceos la persuadieran de manera más fácil. En realidad, había dicho Lucía, el dueño del departamento (otro abogado) no quería dejarla ir. Este abogado mañoso se chorreaba con ella, rozaba sus brazos innecesariamente, propuso jueguitos para emborracharla y quiso besarla cuando bajaba la escalera. Él frunció el seño, más que por los celos, poseído por la flojera de hacer el papel de chico celoso una vez más. Divididos por la reja era más difícil tener celos. A él, lo domina la idea de que no siente nada por ella más allá de un cariño muy grande por ser la chica en la ciudad con la que más se entiende. El hombre entendía la real dimensión de las cosas con una reja entrecruzada entre él y su chica. Ella no le pertenece, él tampoco a ella. Por qué estaba allí entonces, qué buscaba al buscarla a ella.

–Dame un beso entre las rejas –pidió él, como quien pide una propina–.

Él debió prometerle todas las atenciones posibles. Desde dejarla en su casa por la mañana hasta llevarle a la cama un desayuno a su altura. Lucía sabía que merecía el plato más caro en el menú de cualquier restaurante limeño. No por gusto trabajaba en el segundo piso de un banco del Centro de la ciudad, en la sección de Asuntos legales. Pero este hombre, con su inestable sueldo de freelance, cubría mucho menos de lo que ella merecía.

Lucía sólo quería escuchar el plan que tenía en mente. Te invito una porción de anticuchos en el Centro, ofreció él por fin. Ella esbozó una apetente sonrisa, nuevamente él tenía la excusa precisa. Así que ella le dijo deja todo en mis manos. Ahora Lucía era invencible y podría conseguir las llaves en breve para abrir esa reja y fugarse juntos. Usa tus encantos, le pidió él. El hombre sólo quería salir de allí, no soportaba la bruma. Apúrate que tengo frío, se excusó. Para este hombre friolento que dormía con medias en verano, era comprensible que un poco de humedad lo hiciera tiritar. Sin embargo, sus razones tenían más peso que la neblina misma. Sus motivos eran, si se quiere, estéticos antes que físicos. No podía soportar la belleza de una calle atrapada por la niebla, esa era la verdad. Todo lo que toca la neblina se vuelve objeto de su deseo, y él temía que estuviera pasando lo mismo con Lucía.


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Esta historia en una canción.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Fin de fiesta

Imagen por Clarity25


Todo había acabado. Todo había pasado tan de prisa que no asimilaba que era el último día de clases, del  penúltimo año, antes de que el mundo se acabe o al menos eso decían. Eso esperaba. Nos separa un riachuelo de cerveza caliente sobre la mesa. Pero ahí estaba ella a escasos centímetros míos en silencio como siempre, ocultándose tras una inocente sonrisa o con un cigarrillo entre los labios.

Yo había escogido el bar, la mesa y la silla donde iba a estar sentado. Pero no podía escoger el momento exacto para acercarme a ella, separarla del resto, y morderle la boca. Sabía que podía ser la última vez, lo intuía, lo sabía, lo lamentaba. Ella solo jugaba conmigo y yo me había enamorado de ella.

Sin embargo, lo que me molestaba más es que ya no lo haga. Que el verano nos separé, que ya no haya más trabajos en grupo, reuniones en su casa, o en la mía. Que no me llame. Que le escriba. Que no responda. Que haga el papel de chico enamorado y ella de mujer indiferente.

Muy cerca de nosotros había un pequeño grupo de chicas que nos habían observado desde que habíamos llegado. Ellas habían tomado unas copas demás y nosotros recién empezábamos. Una de ellas, la menos agraciada de las tres se me acercó y me pidió un poco de fuego para llenarse de humo los pulmones.

Saque mi encendedor del bolsillo y le encendí un cigarrillo. Aunque, trate de sugerirle que aquel bar estaba prohibido, ella me regaló una enorme sonrisa y empezó a reír como si le hubiera dicho alguna gracia. Luego, me preguntó si era nuevo en dicho lugar, la miré fijamente a los ojos y le dije que no, mentí.

Las cervezas que han llegando a nuestra mesa casi la llenan por completo. Es la cuarta ronda, y presiento que aquellas chicas de la mesa continua siguen observándome, quizás sea producto del alcohol, la música, las ganas que tengo de besarla, o de sacarle celos a Milenka que conversa con Rolando, además  ella se muestra indiferente a mis flirteos con las chicas de la mesa continua.

Ella habla con el gordito Rolando, le susurra cosas a la oreja que no logro escuchar. Lo hace para sacarme celos, pienso. Por otro lado Rolando está feliz, y piensa que está noche podrá decirle que él también está enamorado de ella. Pero ella juega con él como juega conmigo. Pobre infeliz.

Cerati quiere amor de música ligera y Milenka por primera vez en la noche se levanta de la silla, se aleja de la mesa y se separa de nosotros, yo voy tras ella. Qué habilidad tienen las chicas de escabullirse entre las masas y perderse entre las luces de neón que ahora confundo con estrellas. No la encuentro. La he perdido, hasta que tropiezo con una pequeña botella vacía en el piso y la veo.

La llamo desinteresadamente, mientas ella habla por teléfono pero al verme cuelga instintivamente. Ella se acerca a la barra y compra dos cervezas pequeñas, me regala una. Me ofrezco a pagar pero ella toma mi dinero y lo pone en el bolsillo de mi camisa. La música suena cada vez más fuerte, y la llevo a la pista de baile, sin embargo me regala una sonrisa y se disculpa porque tiene que ir al baño. Regreso a la mesa derrotado pero con una pequeña cerveza de consuelo, nadie pregunta por Milenka.

Johana, que es una de las chicas de la mesa del costado, me pide mi encendedor y se dirige a una especie de puerta secreta, primero la sigo con la mirada, me levanto y mis pies caminan en dirección a ella. ¿Puedo acompañarte?, le pregunto. Ella se ríe y me pregunta si aquella chica sentada en la mesa es mi chica; y yo miro a Milenka de forma cómplice y le afirmo que solo somos buenos amigos, que alguna vez intentamos algo pero no funcionó. Pero ¿cómo te has dado cuenta?, le pregunto; y ella, porque te mira de forma desinteresada pero con interés. Cosa de chicas, y se quedó en silencio. Nunca entenderé a las mujeres, bromeo y golpeo de forma consecutiva mi último cigarrillo.

No obstante, no sé en qué momento la chica del cigarrillo mentolado, empezó hablar de filosofía; y yo le escuchaba. Descubríamos que teníamos pequeñas coincidencias y cosas en común y antes de terminar de hablar sobe Benigni, nuestros labios empezaron a acercase. La besé y me besó.

Diez minutos más tarde, fueron a mi búsqueda, y me dejé encontrar. Me despedí de la desconocida de nombre mentolado y dejé en el aire una promesa florando de que la llamaría cuando regrese a casa. Milenka echaba fuego por los ojos, y me llamó a un costado y me susurró lo nuestro ha terminado; y yo, si nunca empezó.


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Esta historia en una canción 



[ Aviso #1: Quiero invitarlos, queridos lectores, a mi cumpleaños que será hoy viernes 28 de diciembre en la Plaza San Martín del Centro de Lima. Sería un golazo verlos ahí. He hecho un video para que se animen a ir conmigo a celebrar antes que nos atrape el fin de año. Saludos y felices fiestas. ]


Hagan click aquí para ver el evento en Facebook. 

[ Aviso #2: Están invitados a participar en el evento Plumas Invitadas 2013, que serán las últimas. Envíen su choteada al correo blog.choteadas@yahoo.com. Entérense más en este link: Bases del Tornero de Plumas Invitadas. ]

domingo, 2 de diciembre de 2012

La boda de mi mejor amiga (y más)

Continuación de Acompáñame a la boda. 


Imagen por Mauro Brancorsini

Alejaos de mí, buenas maldades,
dulces bocas picantes…
César Vallejo. DESHORA.



Escucho mi nombre y una copa se quiebra. Rosa brilla bajo el vestido blanquísimo,  finísimo, que la convierte en una novia feliz. Me llama a través de los parlantes.  No se ha olvidado de mí. Es momento de que Mauricio, su ahora esposo, lance la liga al tumulto de monigotes solteros y buenos-para-nada a los que me acerco paso a paso.

Mientras camino a mi ubicación de solitario codiciado, me percato de la risilla cómplice de Rosa, mi mejor amiga de Trilce, un colegio preuniversitario que se publicita con el logo insostenible de "Vive la universidad desde el colegio". Son los mismos ojos de niña, la que regalaba sonrisas rojísimas en los recreos de tercero de secundaria, cuando la conocí.

Rosa no me vio en la Iglesia, llegué tarde y tuve que sentarme atrás, junto a Catalina y su novio. Catalina es pintora, de sonrisa fácil, está un poco llenita. Ojo, no gorda, sino llenita. Una vez me quiso besar, pero no me dejé. Ignoraba el cariño febril que las mujeres de formas ubérrimas reservan para los flacos ojerosos como yo. “No llores”, me dijo Catalina luego que Rosa diera el “Sí, acepto” por el que algunos de la promoción nos nublamos de lágrimas por ver a nuestra compañera partir…

Como ordenan los manuales, cerraba mi saco a la velocidad de dos pasos por botón. Toño, Búho, Chupete y Papa-Lindo, los chancones del Quinto A, me esperan junto a otros tipos que parecían pingüinos. Ellos, ahora aspirantes a doctores, se pasaron la noche conversando de Medicina y recordando pasajes de la vida colegial en los que yo no estaba incluido. Me aburrían mucho o yo lo aburría a ellos.

Me mantuve absorto. Los bailes iban y sucedían. Un señor colocaba cervezas en mi mesa y estas me llamaban como las sirenas a Ulises. Todavía me quedaba corto con las primas y amigas de Rosa. Como en los bailes de primaria, ella me emparejaba con chicas olvidables a las dos canciones. Conversaba un rato con Jesús “Papa-lindo” Gómez, interno del Hospital Dos de Mayo, de humor filudo y mirada seca. A él le conté mis experiencias en el periodismo policial. Su cara se contaminó de malicia cuando le conté que conocía los más baratos burdeles del Centro de Lima. Al principio, me repelió, pero mis profundos conocimientos de la noche lo animaron a contarme su vida putañera.

Luego, llegaron cuatro amigos más de Papa-lindo. También estudiaban Medicina. Es sospechoso estar rodeado de tantos doctores en una mesa. Me sentía un enfermo terminal auto-medicándose pomo tras pomo de cerveza. Papa-lindo me presentó a Vanessa Dávila, cuya mirada había traspasado los valles del centro del Perú que me faltan conocer; cuyos labios conocían los mitos y leyendas jamás contados; cuya sonrisa había sido moldeada en los carnavales más alegres de su tierra: Huancayo. Va a graduarse apenas termine el internado en el Hospital Loayza, donde conoció a Jesús, el putañero.

Me posicioné estratégicamente a un costado del tumulto de pingüinos. El que va al centro, como Chupete, sabe que ganará la liga. O al menos peleará por ella que es todavía más ridículo que ganarla. Codear al del costado, extender los brazos, abrir grande los ojos y la boca, saltar quizás: ganar la liga implicaba actos de vandalismo matrimonial que no quería cometer.

El único premio de ganar la liga, a mi entender, era el baile posterior con la ganadora del buqué. Es en la inocencia de esos momentos donde un chico tímido y solitario como yo encuentra la ocasión perfecta para flirtear a discreción. Lástima que no gané.

Bailé con Vanessa y las copas de más hicieron que despliegue mi danza de robot poco aceitado. Ya no me escondía como en la foto de los pingüinos, sino que zapateaba con Vanessa a lo largo de la pista y creo que todos nos miraban o le miraban las piernas voluminosas que encendían el final de mi noche. Le propuse irnos, ¿a dónde?, me dijo. Mi celular vibró y salí contestar: la dejé sola. Me refugié de la bulla en una losa deportiva de afuera. Era Gabriel, quien me había prestado la corbata para la boda. Le dije que volvería en una hora para tomar con él y los amigos del Parque Osores.

Chupete se llevó la liga, gracias a que lo empujamos. Hay cosas que no cambian. Como que le pisó los pies a la ganadora del bouqué cuando bailaban. No recibió una cachetada por respeto a los novios. Sin embargo, Chupete sorprendió con su desaparición, ¿fue a buscar a su “Chupetina”? Mis compañeros de promoción también se fueron temprano. Yo les dije que me quedaba, quería convencer a Vanessa de irse conmigo al Centro.

Todo mantenía su brillo, las rosas de lejanas olían a teoría, los invitados exudaban alegría, muchas flores con vestidos de mil colores regaban las mesas, habían tres pisos de torta intocable, la novia dorada y yo deslucido ante tanto brillo. Había cruzado la mitad del camino de esa celosa noche de noviembre. Las serpientes que pululaban en el cerro me susurraban que todo había terminado en el club Revólver del Rímac, que me esperaba una musa rebelde en algún bar disidente de la Plaza San Martín. Que tenía que ir solo.

Vanessa me dijo que se iba con sus amigos doctores. Todos trabajaban al día siguiente y no querían amanecerse. A ella, por ejemplo, le tocaba la sala de partos y no quería traer nuevamente al mundo a criaturas inocentes estando ella de boleto. No me cuentes más y vámonos, le dije. Pedí un taxi. Los doctores se subieron. Yo pagué por adelantado hasta la Plaza y subí último. Me pegué a la ventana. Coloqué mi saco sobre sus piernas. Caleta, removí mis manos hasta que se encontraron con la suya. Alcé la cara y recibí su temblorosa mirada de niña-mujer.

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Imagen por Alvaro Vega

Es noche cerrada en el Centro de Lima. Una vez más, solo, en la Plaza. Al borde del jirón más largo de la ciudad. Los transeúntes y su cauce vigente. Unas niñas paseanderas en faldas cortas se llevan mi última mirada dulce. Bajo el portal, detrás de los mercachifles, un indigente observa todo en fondo blanco, como si de un gran cinema se tratara, pero le importa tan poco que vuelve al amarillo de su trago.

Su promesa es mi esperanza. Ella dijo que vendría al Centro. Podría buscarla uno a uno en los bares de Piérola y Carabaya, pero prefiero la hipotenusa. El amor no está en Yield, Zela, De Grot, Etnias ni el Directorio. La he visto muchas veces en Vichama sin pasarle la voz. Esta vez, borracho como yo solo, en terno como ninguno, me propongo encontrar en cualquier antro de esta Plaza bonita la sonrisa turbadora de Sofía de los Cojones.

Decía que la Plaza San Martín es un gran cinema por los cuatro costados. Un avejentado y señorial hombre con sombrero y bastón municipal que permite a los ideólogos jugar a la política en su patio y pulular en los sótanos de su casa. No les va a prestar la sala, mucho menos el dormitorio, que serían respectivamente la estatua y las exedras marmoleadas que suman ocho en total. Apenas permite a los amantes usar las bancas o a los putos cerrar transacciones sexuales sobre las cadenas que rodean al Libertador.

En esta casa, Quilca sería la zona de servicios (culturales) y el teatro Colón la puerta falsa. Aquella calle todavía es la vergüenza de la ciudad y aquel teatro es una residencia melancólica para el ebrio que no tiene sitio o lugar en ese mundillo de soledades entretenidas. Creada a sí misma, no se necesitan borrachos que le den vida a la Plaza, pues esta los adelanta y los imagina primero, juega con ellos, los utiliza para pulir su mito con detalles.

Cualquier escalinata de la Plaza es una buena butaca para gozar el espectáculo de vida que una mano mística y juguetona enciende cuando el día muere. Los borrachos, espectros de jóvenes abotagados de penas o alegrías, peregrinan conmigo hacia Vichama. Tocamos juntos las puertas del infierno. Ya son las tres de la mañana. A esta hora se forma nuevamente la cola para entrar. “Fila india”, mugen desde adentro y nadie hace caso.

Vichama es el desaguadero del Centro. Vienen todos a morir. Cuando son las seis de la mañana, basta cruzar su puerta y es la medianoche de nuevo. No hace falta llegar a los baños para sentir la fina piel de orines que cubre sus pisos. Cada resbalón podría ser una oportunidad. Podría caer en los brazos de Sofía de los Cojones. Mi mala suerte me lleva a los de un tipo forzudo que cuida dos niñas. Me conmina a mantener mi distancia. Es lo que menos he venido a hacer esta noche. Tras la boda de mi amiga Rosa, donde todo refulgía, ahora quiero unas cuantas dosis de realidad.

Sofía tiene las pastillas que yo necesito. Ellas son un atajo para mi memoria. No estoy deprimido pero me encantan los antidepresivos. Aunque solo los he probado una vez. Es un avance, antes me enamoraba sin conocer a la chica deseada, y ahora por lo menos debo probarla una vez, como sucede con las pastillas que Sofía me invitó la noche en que Octubre se enamoró de Noviembre.

Esas pastillas son mis nuevas rosas consentidas. Puedo perder la lucidez sin preocuparme, la vida parece terminar para que yo vuelva a sanarme. ¡No! Una chica está besándome. Atravesándome la boca. Su boca boca, su boca tremebunda, parafraseando a Vallejo. Me falta oxígeno, tal vez la música lo suple. “Dime cuantas veces quieres que te lo repita”, se oye desde los parlantes de sus pechos.

Gracias a mi exhibicionismo, o tal vez para que la aun invisible Sofía me vea, subo a la plataforma con esta chica anónima de labios púrpura que ha decidido besarme ignorando los virus a los que se expone. No le pregunto su nombre, no me pregunta el mío. Su mirada tiene una larga cabellera. Arrastra mi cabeza por la pared. Ahoga mi cuello entre sus dientes. Me entibia, me soba. Ya estoy empalmado. Le propongo una fuga pero ella coloca un dedo índice muy cortésmente en mi boca.

–Voy a desaparecer de tu vida.

Me dice. Y lo intenta. El mar de gente se abre de repente, ella salta de la plataforma, corre rapidísimo entre la muchedumbre y dobla por la pared. Avanzo, la busco, ambas murallas hirviendo de gente caen sobre mí. Me siento un egipcio en el Mar Rojo, aturdido por las olas que en mi saco saben a cerveza derramada. No puedo perder tiempo en reclamos o la voy a perder. Impiden mi paso, me codean y golpean a placer. Doblo por la pared y llego a los baños, cuyo hedor insobornable en nada me recuerda a la Tierra Prometida.

Se fue y es hora de irme. La mañana despunta sobre un árbol escondido. Los borrachos, desasidos bajo un cielo de colores espermas, vuelven a las callejas. Son larvas que se arrastran a casa. La noche ganó unas horas al día, pero ya entregó el resto. Adentro, los últimos cuerpos se atenúan en silencio. Vichama es una máquina del tiempo para quien quiera subvertir la violencia de las horas: el pasado fue adelante, el futuro quedará atrás. Abrumado, el presente cuela mis deseos de encontrar a aquella musa que quiebre su copa y grite mi nombre UNA VEZ MÁS.

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Esta historia en una canción.