martes, 15 de noviembre de 2011

XII. El mundo sigue en un pie (1)

Imagen por a.l.fontes

Martes, 22 de junio de 2010
No bien unas tímidas briznas de sol traspasan las nubes, Javier marca los nueve números que lo trasportan a los oídos de Lucía. Despertarla temprano es un goce íntimo que no puede reprimir, empecinado en la creencia de querer meterse en sus sueños a través de sus orejas. Cuando despierte, guarda la esperanza de que ella se confunda y piense que fue él a quien soñó. Esta vez intentaría dejarle un recado breve y caballeroso: “hola Lucía… lo de ayer estuvo increíble”, y cortar, era el plan.  Sin sonar presumido, pero feliz y satisfecho de la cuchipanda del día anterior.

Aplastada por sus sábanas, Lucía tantea con las manos en su velador hasta encontrar su celular. Responde. Escucha. Se despiden. Lucía se queda pensando: “¿qué clase de animal es este que apenas y me da tiempo para saludarlo?, ¿a qué se refiere con increíble?, ¿cree que su frasecita trucha me joderá?, no me asustan las llamadas de madrugada”.

La frase no era buena ni mala, sólo la removió, lo suficiente para quedarse en su mente hasta la noche, cuando se encontraran, y por fin hablaran, con mayor razón se besaran, para comenzar el calvario de las parejas principiantes. Javier quería rehuir a la responsabilidad, pero allí estaba, llamándola de nuevo, para verse.

Hay aventuras que quedan en el hotel, sepultadas después de un buen (o mal) polvo, son romances furtivos que con cierta sabiduría no esperaron nada más de sí mismos. Otras aventuras, las que se preservan en el tiempo con más locura que razón por parte de uno de los implicados, quizás sean aquellas que, valientes, no se dejaron arrastrar por el orgullo o el silencio. Javier odiaba a estos últimos y Lucía a los primeros. “No soy una más de tus mujeres”, había aclarado Lucía.

El día siguiente es un tiempo demasiado pronto, un lapso corto para que la piel de Lucía recobre la dureza que perdió el día anterior al dejarse llevar por Javier. Ella pensó que se le pasaría en pocos días y olvidaría rápido el episodio, no contaba que Javier la llamaría esa mañana, todavía dentro del margen que la piel recuerda. “No volverá a pasar”, se mentía ella mientras lo besaba en el jardín, atrás de Derecho, oscuro siempre.

Después del polvo con Lucía, Javier se sentía capaz de convencer a Dios de su insignificancia. Por tanto, podría convencer a Lucía de la inconveniencia que resultaba ser su novio. Pero él mismo alimentó la ilusión de seguir saliendo, seguir siendo amigos y nada menos que eso. ¿Sería su culpa si todo salía mal? Sólo él lo sabe. Sus palabras dulces apuntaban a engatusarla.

La tarea era doble: desmarcarse de aquella Lucía cariñosa sin que ella lo mande a la mierda. No quería estar con Lucía y tampoco dejarla ir tan rápido a merced de otro, tenía que retenerla un poco más para divertirse con ella y, orgullo herido mortalmente, regalarle una buena faena en la cama, la que no pudo completar el día anterior. Como se dice popularmente, no quería poner la vela ni tan cerca que queme al santo ni tan lejos que no lo alumbre.

Buscó una segunda opinión, resolvió llamar a su amigo Jorge Vilela, tal vez él tendría la solución de tan experto que era en mujeres, de tan trajinado que era su infecto corazón.

Sábado, 10 de julio de 2010
“Ni que tuvieras los pectorales de Forlán”, lo replegó Lucía. Él atinó a mirarla sorprendido. “¡Ponte la camisa de una vez!”, terminó de desanimar a Javier que, además de molesto porque Uruguay encajaba el tercer gol en contra, miró su pecho lampiño y de repente se  dijo: “En mala hora lo dejé venir”. Alemania imponía su juego y se quedaba con el tercer puesto del mundial sudafricano.

Lucía estaba molesta por no estar con sus amigos abogados en un bar de la Plaza San Martín viendo el partido, quizás siendo abordada por un charrúa derrotado o algún germano feliz. Ella podría ser el podio de cualquiera de ellos, por lo menos para calentarlos un rato. Sólo había un impedimento: una bota de yeso recubría su pie, una lesión en el talón quizá exagerada por ella la obligaba a utilizar ese calzado reforzado.

Aquella tarde, cuando Javier apareció de improviso en su puerta, inoculó en la mente de Lucía una semilla, una acción, una actitud que la enternecería hasta fin de mes (el de ella era un cariño a plazos fijos). Ninguno de sus amigos legalistas, ni siquiera Peter, el mejor, se había preocupado en visitarla por el estado en que se encontraba. Tuvo que venir Javier y sin avisar, lo que valía más. Se alegró al verlo aunque las facciones de su rostro no lo dijeran así.

–¿Puedo firmar tu yeso? –animado, preguntó Javier–.
–Ni se te ocurra tocarlo –canceló ella–.

Lucía era una maestra de la impostación, capaz de fingir alegría en la pena y tristeza en la algarabía. Era abogada o estudiaba para serlo, lo que implicaba un poco de manejo escénico. El gesto de Javier de visitarla casi podría decir ella que alivió la migraña que la acosaba ese mediodía por la derrota de su amado Diego Forlán.

Todo fue solucionado cuando Javier dijo que darían una vuelta en el auto, anuncio que disolvió la migraña de la faz de la tarde. “¡Vamos a comer un Sevillano!”, anunció el joven amante.

Hechos-sin-fechar (I)
La brisa marina flamea el cabello de Lucía que está de espaldas a la ciudad, en el malecón del Faro, sentada sobre un muro de ladrillos compactos que lleva la huella de muchas parejas de enamorados que pasaron antes por allí y no encontraron otra manera de inmortalizar su amor que grabando los ladrillos con sus nombres juntos. “Johann y Alejandra”; “Rafael y Vanessa”; “Guimel y Luciano”; “Claudia y Stephanie” se podía leer en los adoquines escritos a arañazos de llaves o con Liquid-Paper.

Lucía cruza sus piernas con mucho cuidado y las mece suavemente. Todavía no le quitan el yeso. A sus pies florece el manto verde del malecón miraflorino, una capa de plantas salpicadas con violetas. Agudiza su mirada en el precipicio y ve a dos niños arrojar piedras al mar enfermo de la ciudad. Por la lejanía, los autos parecen estar en una competencia de Fórmula Uno. Levanta la mirada y un parapente corta el cielo con su sombra que, como las caricias de su fotógrafo, la repasan mas no la tocan. Al fondo, una solitaria cruz encendiéndose bajo la tarde que viene cayendo le recuerda que quiere ir a La Herradura donde un hombre en traje marrón escenifica saltos al vacío con magistral arte marino y poco miedo a la muerte.

–¿Vamos al Salto del Fraile? –ella lo mira–.
–No voltees, Lucia. Mira al horizonte un momento más, por favor –pide el fotógrafo–.
–Demoras demasiado para una foto.
–Estoy tomando varias para que luego elijas.
–Tómala rápido, me aburro –el viento miraflorino le enrostra los finos hilos de su cabello azabache–.
–Salvaje y hermosa –pronuncia el fotógrafo en voz baja y gatilla por penúltima vez–.

La gente pasa y el fotógrafo demora más. Le pide que no toque sus cabellos, que lo que busca es el desorden. Luego se acerca y se arrodilla, a las cinco de la tarde la luz no es la misma. Ahora sí le pide que voltee y un último respiro del sol produce el contraluz suficiente para esconder en las sombras el rostro felino y misterioso de Lucía.

La sesión de fotos ha terminado, Lucía baja a la vereda, el fotógrafo la ayuda. La bota de yeso en su pierna izquierda sigue impoluta, sin garabatos. Nadie visita a Lucía en su lecho de yeso, el invierno es asesino y ella sólo tiene un pie para huir de él.

Imagen por Carolina del Canto

Martes, 27 de julio de 2010
La salida con Jorge Vilela y su novia no pudo plasmarse el fin de semana que pasó. Él había terminado con Pilar Carreño y ocupaba sus horas en reconquistarla. Javier le había contado a Lucía sobre Vilela, advirtiéndole que un día Vilela trataría de seducirla en una fiesta de la universidad. “Dile que fue un baboso con ella, pero le deseo suerte”, le dijo Lucía a Javier. El gordo Vilela terminaba con sus chicas por sus ataques de celos: desconfiaba hasta de las flores que su novia olía al caminar.

Javier la buscó en auto, pero no fueron a ninguna fiesta ya que Lucía estaba obligada a reposar en casa. Contrariando las indicaciones del doctor, fueron al malecón de Saenz Peña, una calle simpática de Barranco que alberga tres centros culturales en una sola cuadra. Era casi la medianoche y se estacionaron cerca al malecón sin salir del auto, ya les había pasado que los vagabundos se acercaban a pedirles dinero (a él, Lucía nunca pagaba nada, se daba su lugar, como toda una dama bien entrenada).

Javier cortaba sus frases dulces con impertinencias amargas que ejecutaba con un talento y espontaneidad naturales. Por ejemplo, Lucía se molestaba cuando Javier la celaba con cualquier hijo de vecino que le hablara en la universidad, pensaba siempre que ellos querían mucho más con ella y por eso le hablaban. Le molestaba que Lucía fuera tan ingenua para dejarse llevar por el discurso y la pompa de los gileritos monces de Derecho.

Lucía todavía soportaba los celos de ese extraño chico que poco a poco iba convirtiéndose en su chico, realidad que no quería aceptar. Le recordaba a Ringo, su primer novio. Más allá de sus facciones parecidas, la actitud calmada y prosaica con que decía las cosas, la manera en que se tomaba su tiempo para contar los detalles del último libro que estaba leyendo o alguna banalidad cósmica, la divertía sobremanera y le recordaba a ese tipo con nombre de baterista legendario. De cualquier forma, no los confundía.

Sus celos también le recordaban a Tiger, quien siempre fue un hombre tranquilo pero se creía el amo y dominador de lo más cercano que tenía. Desde su madre hasta sus libros, pasando por Lucía, de quien se cansó un día, y terminó por la vía rápida del mail. Cada chico que se le acercaba se ganaba las sospechas de Tiger. Pensaba que se acercaban a ella sólo para invitarla a salir y, por qué no, para acostarse con ella. Lucía le negó siempre a Tiger que ella tuviera la culpa, y ahora volvía a negarle lo mismo a Javier, quien apoyaba la teoría de Tiger. “¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo?”, lamentaba Lucía.

Javier le decía que se había enamorado de la heroína de la trilogía de Stieg Larsson. Trataba de convencerla con un lenguaje embelesado que Lisbeth Salander y ella, Lucía Castello, eran la misma persona porque sentía en ambas el mismo viento helado y combativo contra las realidades que les había tocado presenciar, el machismo sueco de Lisbeth y la injusticia limeña de Lucía, adversidades que hermanaba la eternidad de cada una en un libro que nadie se animaba a escribir. De eso se lamentaba, de que no hubiera otro buen escritor como Larsson que introdujera esa historia en, calculaba, poco más de cien páginas, mediocre tamaño para ser el primer libro de un escritor joven. “¡Quiero escribir una novela que hable de ti, Lucía!”, le anunció entonces.

–No te creo.
–Ya lo verás.
–¿Yo que tengo de interesante? –preguntó Lucía–.
–Tú no te puedes desligar de tu pasado, Lucía. Me atrevería a decir que poco a poco él volverá a ti, no te va a dejar tan fácil, y tendrás que eliminarme de tus días si quieres continuar.
–Qué te ha picado, ¿en qué te basas para decirme eso?
–En nada, en tu mirada quizás, en la manera como me besas y no te dejas besar.
–No entiendo, un beso es un beso.
–Te equivocas, los tuyos no se conquistan fácilmente, no para mí al menos, es un lugar al que llego después de mucho labrar debajo de tu oreja.
–Lo siento, no confío en ti. Lo sabes.
–No confías en mí o quizás, como te digo, no confías en tu pasado.
–A veces llegas a desesperarme, no entiendo porqué termino haciendo estas cosas contigo.
–Por eso no es buena idea pedirte nada, los recuerdos que tenga contigo me los voy a ganar.
–¿Qué te hace pensar que te voy a recordar? –preguntó Lucía. Javier le apretó los brazos–.
–¡Auch, tarado!

Se besaron. Lucía lo detuvo, “de verdad me pierdes si escribes ese libro”, le dijo y Javier no contestó. Sabía que ya la había perdido. En medio de la calentura de la noche le dijo que le gustaban otras chicas y no solamente ella. Que le gustaría ser novios, pero ahora era imposible para él. Que existían muchas chicas interesantes para enredarse con una sola.

Si le decía esas cosas era para hacerse, felino que cae parado, el interesante en el asunto. “Perdiste la luna por contar las estrellas”, Vilela le enrostró una vez. Javier nunca estuvo totalmente al tanto que su estrategia enfurecía más a Lucía, que pronto se cansaría de jugar. Se fueron agitando, cada vez perdían más el control, la noción de la calle, la vista pública, las ventanas estaban empañadas ayudaban pero tampoco eran polarizadas.  Podían ser delatados ante Serenazgo por cualquier vecino, gracias a Dios, el barranquino promedio tolera esos arranques de arrechura y más bien los considera bohemios.

Él quiso incrustarle su erección en la cara, y ella lo pensó, lo dudó, saboreó en su mente. Lucía hacía cualquier cosa menos chuparla. Estuvo a punto de caer por sus ganas casi incontenibles de morder un pedazo de carne humana y latente. Javier no lo lograría tampoco esta vez, sólo la sentó a horcajadas, y la empezó a mover, seguía con sus prendas intactas. Era sexo con ropa y Lucía estaba mojada, se acercaba cada vez más por el camino de sus deseos. Ponía también de su parte, se movía, rozaba sus ganas contra el ímpetu de Javier. Pensó que era tarde para retroceder, ya había empezado a pronunciar las dos palabras, las letras ganaban sonido sin hacer ruido. Como un pequeño respiro, se logró escuchar el sello que probaba la mortalidad de Lucía: “te amo”, se escuchó decir, se vio caer, en un abismo, Lucía.


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Este blog estuvo en la "clase maestra" de Jorge Drexler, quería compartir un extracto de ella a modo de anuncio del regreso de los videos producidos por esta casa. El uruguayo habla rimando.




La segunda parte del post la publico en lo que queda de la semana. Gracias por leer. Suerte.
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martes, 8 de noviembre de 2011

Crónica de un amor no anunciado



Mi mente todo el tiempo recrea historias en mi cabeza. Las enreda, las dibuja, las maquilla y complica. Inventa situaciones que debieron ser y no fueron. De las que hice y no debí. De las que existieron y las que pensé que nunca sucederían. Esto me ha llevado a imaginar un mundo alterno que tiene como protagonistas a las personas que me rodean. Siempre creí en esa filosofía de vida, siempre. Hasta que llegó ella para cambiarlo todo.

Ella está dormida. Acurrucada muy cerca de mí. Su mejilla derecha reposa en una almohada blanca que se pierde en ella. Sus ojos están cerrados de forma risueña y tierna. Su cabello castaño oscuro coquetea con sus pequeños hombros. Sus delgados labios están ligeramente inmóviles por el sueño. Y yo me detengo a observar el tatuaje de estrellas que posee en el hombro izquierdo y ese travieso collar de pecas que adornan su pecho.

Escucho su respiración lenta y pausada. Trato de no moverme para contemplarla así, desnuda, eterna. Me muevo sutilmente tratando de no despertarla con el pequeño ruido que hacen las tablas al moverme. Es un instante perfecto.

Ella era una desconocida con nombre dos o tres meses atrás. Era simplemente una estudiante como yo que tenía algunos cursos pendientes y un par de historias por protagonizar.

Yo atravesaba una de esas etapas “alpinchistas” por las que todos pasamos. Me jodían mis amigos, me molestaba mi familia y me irritaban mis compañeros y mi horario de clases. Mi novia había terminado conmigo. Por si fuera poco una vieja amiga se había enamorado de mí y yo que seguía enamorado de una chica que sólo sabía jugar. Por donde se me mire estaba encerrado.

Cuando estaba con los brazos abajo, sin ánimos ni fuerzas ni ganas de conocer a alguien apareció ella.

No fue hasta la tercera clase de “Dirección de actores” que me percaté de su existencia, qué habrá pasado por mi cabeza para omitir tan deslumbrante belleza. Quizás estaba concentrado en terminar los primeros trabajos, presentar exposiciones y juntarme con algunos compañeros para crear grupos de estudio.

Al tercer día, mientras estaba sentado a un lado de todos, casi como ella, sacando mis dilemas mentales de mi cabeza con mis compañeros: el niño, la hueca, el despistado, la fácil, el conflictivo, el amigo del indiferente. De pronto, mi mirada se fijó en ella. Era absolutamente hermosa. Era demasiado linda e inteligente que sabía que estaba fuera de mi alcance como para la mayoría de mis compañeros del salón que también la deseaban en silencio.

Era cuestión de esperar una oportunidad. Tener algo inteligente con que iniciar una conversación. Quizás algo referente a las obras que tenía que leer y poner en escena, pensé mientras fumaba el cigarro que mi amigo me había invitado. De pronto me sorprendía a mí mismo practicando un guión imaginario de las cosas que le iba a decir y las nuevas preguntas que se abrirán paso entre sus respuestas.

En menos de dos clases pasamos de Otelo a Hamlet, de Hamlet a Romeo y Julieta, era difícil seguir el ritmo impuesto por el profesor. Así con algo más de confianza después de clases mientras ella fumaba un Marlboro, la abordé con una sonrisa estúpida. “¿Quieres ensayar conmigo?”, disparé, quizás fue demasiado tonto y desesperado, pero mi sorpresa fue extraña cuando ella me dijo de forma emocionada que sí.

Las horas pasaron tan rápido que se convirtieron en semanas y meses de conversaciones y risas mutuas. Señales que no me atrevía a interpretar como hubiera hecho con cualquier otra chica de la clase. Ella pasaba de ser una dulce campesina a una princesa desalmada. Siempre improvisada, siempre con una desencajada carcajada después de cada comentario. Yo la observaba entusiasmado, y eso me hacía un chico de pocas palabras.

Le conté mis desafortunados tropiezos amorosos y de no estar preparado para enrumbarse en una nueva historia de amor, por los próximos seis meses, y ella me contó algunas anécdotas graciosas, pintorescas y personales. Mientras más inalcanzable pensaba que era más cerca la llegué a tener.

El día de estreno de la obra, mientras todos repasaban sus diálogos repetidas veces, yo me encargaba de la iluminación. Debe ser porque mis dotes artísticos no convencieron nunca al profesor, compañeros ni a mí mismo, sin embargo, ella siempre tuvo una extraña fe que me daba confianza a seguir. Por lo pronto me esmeraba en iluminar la bella faz de su rostro.

La obra duró dos funciones en el Peruano-japonés , no pude acercarme a ella, no pude hablarle, mi función de utilero me lo impedía, cada vez que estaba cerca siempre sucedía algo para impedirlo.

Después de la apoteósica actuación de clausura tomé la iniciativa de invitarla a un bar. Sin pensar que todos los compañeros de la función irían con nosotros, durante aquella noche de copas pude ver una nueva faceta en ella. Era ella y el vino o mi cabeza puesta en vilo. Ya no era la chica distante de los primeros días, ahora reía y bailaba con todos y todos nos embriagábamos de esa personalidad arrolladora que le dieron las copas de vinos que ella tomó.

Luego de extenuantes bailes, coreografías improvisadas, nos quedamos solos. Conversamos casi toda la noche, de ser el chico que aborda pasé a ser el abordado. Cuando la madrugada se apoderaba del lugar, y ella no quería irse, supe que era momento de besarla, yo estaba nervioso, ella no.

La miré a los ojos. No dije ni una palabra, me acerqué con cautela y seguridad. Hasta que en mi afán de besarla derramé la mitad de un vino que había en la mesa, sobre sus leggins negras y converses del mismo color. Nunca el color negro volverá a verse alegre como encima de sus formas esculpidas por una mezcla del cielo y el infierno.

Ella rió por algunos segundos eternos mientras yo me disculpaba con cierto temor. Creí que todo estaba perdido, no tenía esperanzas. Me levanté de la silla, tomé mi casaca marrón y traté de irme, ella me detuvo con la mano derecha, se paró delante de mí y me besó, me besó como nunca lo había hecho antes, con una pasión que era propia de una novela. Por un instante me sentí el Romero que no pude interpretar y ella la eterna Julieta.

En medio del beso, me acordé de tantas personas que no podía creer lo que estaba pasando. Quería que me tomasen una foto para que todos mis amigos del barrio la vean. Que pasaron por ahí todos esos babosos del colegio más prestigioso de Breña. Quería que todas esas mujeres que me habían choteado se dieran una vuelta por aquel bar. Pero nada de eso pasó. Sólo eramos ella y yo besándonos lo que duró la canción entera de Morrisey.

Ella despertó un día del sueño y terminó todo. A veces pienso que nada de lo que sucedió fue real. O tal vez bajé la guardia aquella noche en la que me volví tan alcanzable cuando me besó, en vez de besarla primero, quizás se aburrió de mí.

 Pero cuando acepté que ya no podía tener nada con ella, corté todo de raíz. Era quizás tener el recuerdo de una mujer bella que un mal momento con una chica inolvidable, sopesé esas dos situaciones en la balanza. Por una extraña razón cuando sientes que tu historia ha terminado, siempre aparecerán ellas irrumpiendo en escena como un huracán que lleva sus nombres.

Siempre coronaba mis noches con una llamada suya y la siguientes no me contestaba el celular. Luego se ponía celosa y no me quería hablar. Un viejo amigo, al cual le cuento la mitad de cosas que no escribo, me dijo, “así son las actrices”. Entonces entendí que todas las mujeres lo eran. Creando siempre comedias, tragedias y dramas en el centro de nuestras vidas. Es gracioso cómo pasamos de ser víctimas a villanos en segundos o por frases no esclarecidas del todo.

Ahora, un par de meses después cuando mi amigo me preguntó si era cierto todo lo que le conté de ella alguna vez, yo lo miro, disfruto el momento y no respondo.

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Esta historia en una canción

domingo, 23 de octubre de 2011

Hasta la próxima tormenta


¿Qué sucedió primero la música o las penas? A la sociedad le preocupa que los jóvenes jueguen con armas, vean videos violentos y que los absorba una cultura de caos. Pero a nadie le interesa que escuchen  miles, literalmente miles de canciones sobre corazones rotos, rechazo, dolor, desgracia y pérdida. ¿Acaso escuchaba música ‘pop’ porque era infeliz? ¿O era infeliz porque escuchaba música ‘pop’?

Imagen de archivo
Morrisey me susurra a los oídos. Camino mientras recuerdo sus labios delgados en su larga sonrisa, sus palabras absurdas, sus movimientos caricaturescos  y situaciones inesperadas todas entrelazadas entre sí. Todas dibujan el  sabor que me ha dejado ella tras tomar el bus que la llevara a casa. Debí ir con ella. Debo llamarla luego. Será mejor esperar un par de días. O tal vez debo esperar que ella tome la iniciativa, reflexiono. Han dado las once y estoy rumbo a mi destino, dejo caer el cigarrillo consumido que sostiene mi mano derecha  y mis pensamientos divagan una vez más hasta mi almohada.

Creo que me estoy enamorando de fotos superficiales en el Facebook, de mensajes texto inocuos, de actualizaciones de estado incoherentes, de mensajes irrelevantes en el teléfono, canciones cursis y tiernas. Quizás es la impertinente soledad que me había rodeado desde que terminé con mi enamorada. O quizás es producto de sumergidas noches solo, o simplemente sea el deseo de sentir amor.

Sin embargo, ahí está ella. La  chica con rostro a pasado y fragancias de presente. Me había hecho sentir algo. Aún cuando me era extraño sentir algo. Compartir algo, intentar algo. Caminar con alguien. Comer con alguien. Sonreír con alguien. La extrañaba, la echaba de menos aún cuando no se había ido.

El viernes que quedamos en vernos llegué tarde. Ella llevaba casi veinte minutos esperándome, sentada con un libro en la mano, y en la otra un cigarrillo. Tenía la mirada perdida, y mi voz la guiaba hacia mí, aún no me había visto cuando le dije que estaba cerca. A lo lejos pude observar que se arreglaba el flequillo, a lo lejos se presentía lo nerviosa que estaba por verme. Ahí estaba yo, parado. Observándola, regalando mi mejor sonrisa  y luego un suave beso en la mejilla.

No había venido a hacer una crónica .Había venido a verme a mí, sin embargo, no me lo dijo. Así que caminamos por calles, jirones y plazuelas  recorriendo el Centro y desembocamos en la alameda Chabuca Granda. Me tomó de la mano y me llevó a ver ‘al hablador’, el río que alguna vez fue el ‘Rímac’ y suspiro.

-¿No es hermoso? Me dijo.
-¿Qué cosa?
-Esto, el río, el puente, la vista, el cerro.
-¿Cuál río? Sí no más que un surco y por cierto lo atraviesa un río de basura, la vista es de combis con tráileres y el cerro es como cualquiera de las decenas que hay en la ciudad.
-Hablas en serio, te parece sólo eso, dice ella. Frunzo el ceño.

Al comprender que su tono de voz había cambiado, atine a tomarla de las manos y decirle.

-Es broma, en realidad, no había visto lo ‘pintoresco’ que es.
-Oh, me alegra que lo entiendas, creo que al otro lado está el verdadero Perú.

Ambos guardamos silencio.

Creo que aquella noche, mientras  observaba un río seco y el cerro con una enorme cruz de fondo, la fui conociendo. Cada vez que nos encontrábamos sabía un poco más de ella. Lo primero que noté fue quizás ese misterio que la embriagaba, su sentido lógico de la vida y sus ansias de justicia social. Su humor negro y su blanca sonrisa sarcástica.

Muy cerca de nosotros, apareció una señora entrada en carnes como en años, ofreciendo llevarnos al mirador de la ciudad por una suma irrisoria. Quería mostrarme experto, así que tome su mano y subimos al bus. En el trayecto, hablamos en nuestro lenguaje y nos entendíamos. Nos mirábamos y nos comprendíamos. Sin tocarla la toqué.

Mientras ella mueve la boca, observo sus ojos, que la hacen ver tierna, debajo de esos lentes rojos que le hacen ser sensual sin quererlo. Se quedó en silencio pues quiere saber de mí. Quiere conocer mi pasado, mis amores, mis sueños. Nuevamente quedé mudo. Quizá por temor de arruinarlo todo. De contarle que me enamore tres veces. Que la eche a perder dos. Que me fui de mochilero por el Perú para olvidar uno. Así que fui tajante y le conté cualquier cosa, trataba siempre de cambiar la conversación y que esta no torne a mí. Por primera vez en mi vida, no quería hablar de las cosas que había hecho.

Lima está a tus pies. Le susurro desde el mirador. Lima está a tus pies y tú eres su reina, le susurro lentamente, ella me pregunta sutilmente si puede abrazarme, y lo hace con fuerza. Ella levantó su mentón  y me miró a los ojos por unos segundos. Yo la busqué. Tomé su cara con mis manos y le di un beso, un beso tímido, nervioso y lento. Luego, ella me besó de nuevo. Sus labios contra los míos, su lengua explorando la mía. Su pecho respirando cerca al mío y sus, manos desordenando mi cabello. Morimos en silencio.

Quizás fue después de ese instante que, ambos sabíamos que no nos pertenecíamos. Fue solo el instante que duró el beso. De vuelta en el Centro, nos sentamos en una banca, y ella me dijo que lo había estado pensando, que realmente le gustaba, le gustaba como era y cómo la hacía sentir, pero (siempre en vida sentimental están presentes) primero tenía que arreglar las cosas con su ex novio, quería aclararle que ella no es una chica que sale con dos chicos, no es de esas. Que la entienda y que no la juzgue.

Guardé silencio para decir que la entiendo. Me besó nuevamente. Me sentía consternado una vez más, desorientado casi arrancado del presente. No sabía cómo actuar o qué decir. Miró la hora de su reloj y me pidió que la acompañase, ya que vivía lejos del Centro, y el camino era largo. Te volveré a ver, pregunto. Ella me respondió, yo te llamo.

Esa fue la última vez que la vi. Los días siguiente, fueron de conversación superfluas en el Facebook, mensajes almacenados, y promesas de vernos pronto. Una de ellas, fue precisamente esta nota que ella escribió para mí, me etiquetó públicamente (en un acto que me alegró) y ahora cito.

“
Sé que quizás no mereces mis desplantes
Sé que quizás no mereces que te hable
Sé que quizás no encuentras en mi más calor del que buscas
Pero sé que hay algo más que puede hacernos sobrevivir a todo ello

No quiero evitarte, no pretendo hacerlo
Perdón por todas aquellas veces que sí parecieron
No quiero que te sientas solo o triste siquiera
Pero quizás busco una manera, no cualquiera, de estar contigo

Dices que me preocupo demasiado, pero quizás así vivo
Puede que no sea la mejor forma pero intentaré, por ti y por mí, que así yo te mantenga vivo
Pues no quisiera hacerte daño ni lastimarme a mi misma
Yo lo que busco es a alguien nuevo en ti
Ese alguien que llegó a mi vida una noche
Y que aún persiste en querer deslumbrarme con palabras

Quiero volver a escribir como ahora, y quizás como ahora, encontré motivo para hacerlo
Quiero descubrir si nos merecemos el uno al otro y sí…
Estaría dispuesta a hacerlo de la mejor manera
Quiero que seas esa luz, que mientras brille me guie en cada paso
Y si en cada beso, no funcionamos, hagamos como si nunca hubiera pasado
Comencemos de nuevo y así, quizás, encontremos un camino de vuelta
Hacia algo o un lugar más especial que esto, que todo esto.

Honestamente quisiera tener al chico que escribe que viva así conmigo
Quisiera que sean ambos la misma persona
No sé de qué dependa, pero quiero darte toda la confianza que tengo
Pues me interesaría encontrar que eres más que tus palabras
Y puede que todo ese quizás se convierta en un sí rotundo
”

Fin de la cita. Hasta cierta tarde en la que me llamó, me citó como siempre en el Centro. Está vez llegue temprano, y me dijo que le daba mucho gusto verme, y yo, a mí también. Pero había algo en su mirada que no lograba comprender.

Claro, ahora lo entiendo todo. Lo imbécil que fui. Sabía que estaría ahí siempre que él no le prestara atención. Me usó, me utilizó siempre y permanentemente. Soy un pobre diablo, sin duda. Fui su peluche parlante que la acompañaba como guía turístico. Ahora que lo pienso bien, no era tan bonita. Que se joda.

Sin embargo, cuando se quedaba en silencio atinaba a besarme, como si nunca hubiese besado a nadie, no entendía lo que estaba pasando, y me dijo, eres muy bueno para mí y antes que comenzara el discurso protocolar de la despedida no le pedí más explicaciones. Me fui con la poca valentía y dignidad que me quedaba.

Dos semanas después, estoy sentado en la misma banca, el mismo bar donde empezó todo. Me acompaña un viejo amigo, de fondo suena una banda desconocida que toca covers de los Beatles. Mientras mi amigo se sirve otro vaso de cerveza y yo le pregunto si el alcohol ayuda a borrar las penas de amor, él me responde que no. Pero saben mejor. Ambos reímos y brindamos por la próxima tormenta.

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Esta historia en una canción



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lunes, 10 de octubre de 2011

Apuntes de un guerrero caído


Como un ir y venir de ola de mar

así quisiera ser en el querer
dejar a una mujer para volver
volver a una mujer para empezar.
(Leónidas Yerovi, RECÓNDITA)

No sé si estoy preparado para escribir, o ustedes para leer, lo siguiente.

Imagen por El Comercio

CUANDO UNA VEZ le dije a una chica que la quería desde siempre, no quise decir para siempre. 

Recuerdo la primera vez que vi a la señorita aludida entrar tarde al salón 310 que estaba con las luces apagadas, el profesor proyectaba un video sobre la comisión de la verdad. Se sentó en el único asiento que quedaba libre, delante de mí. Yo la miraba adusto desde la carpeta de atrás, había llegado para taparme el panorama o nublarme la visión que casi es lo mismo.

Aquellas dos horas que conservo a retazos en mi mente ocurrió una serie de imprevistos que me incomodaron. El momento que volteó a preguntarme si había apuntado algo. Malo, le dije que no para deshacerme de ella. Cuando al profesor le ligó un chiste y ella soltó una risotada alharacosa que rápidamente reprimió. Sus movimientos al voltear a buscar a sus dos amigos. Mirar sus vaqueros gastados, su delgada chompa turquesa; su cabello, una catarata de hilos que iba a morir a sus hombros, el color de su rostro de vainilla; la sola mención de su nombre en la lista de asistencia. Al echar la vista atrás, aquella búsqueda rápida que hice de sus defectos creo que era una reacción natural ante lo que sería mi futura derrota.

Por supuesto que yo no existía para ella y no lo hice hasta muchos meses después. Ella salía de un examen parcial y quién más tonto que yo para esperarla turulato en la puerta, simular un encuentro casual y utilizar una boba excusa para pedirle finalmente su celular.

Cada vez que estuve en esa misma situación de inminente embobamiento reproduzco esa misma alergia a enamorarme y busco la quinta pata del gato. El amor a primera vista no existe. Valoro primero mi libertad y el amor te encadena, pero no quiero llevarlos por ese lado filosófico de la argumentación.

Más que un sentimiento, fue un sentimiento de fastidio, una molestia que se escondía y, por lo tanto, estuvo instalada desde siempre en mí. Así como una escultura está presente en el mármol antes de que sea esculpido por el cincel de un artista, así también se justificaba la expresión: te quiero desde siempre, que desde aquella única vez que la dije (y espero no volver a utilizarla) me ha intrigado y he analizado en muchas noches de soledad y silencio.

A mis 22 años, calculo rápidamente que no me debo haber enamorado en serio más de cinco veces, todas ellas sin mayor éxito. Siempre es raro preguntarme a mí mismo a ver, quién te gusta, y responder nadie. Quien dijo que el amor mueve el mundo, tenía algo de razón, si no es para encontrarme con ella, entonces para qué salgo a la calle, para que hago lo que hago si no es por ella. No digo que viva por ella, sólo estoy en permanente estado de alerta por si aparece al doblar la esquina o la veo sentada un viernes en el patio de la facultad.

Siempre me enamoro de mujeres que no me hacen caso, y quedo involucrado con las chicas que, palabra, no me interesan, preferiría evitar y de las que no me molesta escribir. De las chicas que de verdad me interesan he escrito poco. Qué se va a hacer, me faltan huevos, dicen algunos.

Admito que mi espíritu enamoradizo me ha llevado a no pocas dudas los últimos meses que vengo escribiendo una novela de mediano éxito. Ahora creo firmemente en las contradicciones. Una vez Alfredo Bryce dijo que él no sería escritor si no creyera en las contradicciones. Cuando defiendo una posición, es inevitable no pensar por un momento en el valor de la contraria: el derecho al aborto, el candidato a presidente, la existencia de Dios, etc. Lo mismo se aplica cuando te gusta alguien. Al primero que enfrentas es a ti mismo, te preguntas qué de especial hay en ella que no haya en otras, si acaso no tiene defectos como todas. Inmediatamente tu mente elegirá a las candidatas a sucederla en el trono de tus pensamientos.

Si te pasa como a mí, que no puedo deshacer a una chica de mi cabeza por varios meses o años, y no me explico por qué, no te preocupes. Sácale el jugo. Aprovecha a esa sola chica a la que idolatras para que no te vuelvas a enamorar de otra (como lo hacía el caballero Seiya de Pegaso, que era indiferente a varias flacas porque ya tenía a su diosa Atenas). Con un amor imposible, los demás ya no serán posibles. A menos que cambies de opinión, la chica con la que agarraste el fin de semana, y que es tal vez la más linda de la fiesta, no te causará el menor resquemor o duda si tienes claro que no quieres enamorarte más.

Pues bien, aquello mismo ocurre cuando disfrutas de una fiesta entre amigos y estás ebrio y ves el mundo de distinta manera. En una de las últimas reuniones de ese tipo a las que asistí y estuve ebrio la noche entera, mostrando la peor versión de mi alma deambulante y sempiterna, recuerdo haber conversado con, por ejemplo, Clarisa Moyano, estudiante de periodismo, como todos en esa fiesta, que vive una relación con un chico peruano que radica en la ciudad de Baltimore, ML.

Clarisa me repite en las clases de Periodismo Televisivo que odia a su novio por estar tan lejos. Como su novio es un gran amigo mío, le digo en broma que no se vaya a portar mal, que estoy vigilándola para escribir semana a semana un informe de ocurrencias que envío vía fax a Maryland. Me intriga saber cómo llevarán ellos su relación, apostaría que ella no tiene culpas si acaso sale en Lima con otro chico. Está bien, ella es libre.

También me junté a Tracy Chávarri, una chica de ojos verde-grisáceos que esconden varios misterios y un pasado amoroso que todavía no me atrevo a preguntarle. A nadie le puede confundir que su recatada forma de vestir o sus ganas de pasar toda la fiesta en una silla, conversando, fumando y tomándose unos tragos la hace una chica aburrida. Al contrario, ella aguardaba la llegada de sus amigas y de varios cazadores, mas nunca la he visto con novio.

A Tracy se le vincula con un tipo que también estaba en la fiesta. Cuando le dije que se notaba que ese chico la quería conquistar, ella se reía, negaba y agregaba: “si se va con la primera fulana que aparece”. La fulana mencionada era la chica más guapa de la fiesta: una rubia apretada y encorsetada de morado. Lucía un bronceado ganado recientemente en las playas de Sitges. Él la escuchó y se volvió a decirle: “¡Qué va a ser!, si mi novia es el doble de esa gringa”. Y tiene razón, le he comprado libros a su novia y para no decir menos: es cien veces más guapa.

Me acuerdo también de Alessandra, que hace poco tiempo se vio involucrada en un trío amoroso en el que no quiso nunca estar. Un periodista deportivo salía con ella y con otra a la vez. Tras enterarse de ello en una borrachera en los bares del frente de la universidad, decidió volver a su casa herida. El periodista habló con ella, le pidió perdón, ella no lo perdonó completamente y la prueba es que en la fiesta lo buscaba con la mirada y cuando cruzaba palabras era para decirle una que otra frase encendida que el periodista sabido respondía atizándola más.

Estuve en la puerta de la fiesta cuando llegó Grazzia, otra chica deslumbrante. Cualquier reunión a la que asista, siempre es de las más bonitas, como se dice: rankea. Tiene los rulos más largos y bien cuidados que he visto. Apenas la vi con un tipo a su costado, tras saludarla, le pregunté si ese plomazo era su novio, con esas palabras, sin anestesia. Coqueta, soltó una risa blanca y me dijo que sí. Su novio volteó, me lanzó una mirada desconfiada y. como un perro de presa, no me soltó. Por supuesto, un poco picón, seguía susurrándole al oído de Grazzia unas cuantas diatribas contra él. Ella sonreía más con mucha correa de periodista.

Micaela es otra amiga de la noche. Después de dos fiestas sin poder bailar con ella, y habiendo cruzado ríos de mensajes de texto, me animé a practicar unas vueltas con ella en el preciso instante que Clarisa, Tracy, Alessandra y Grazzia bailaban con sus respectivas parejas pertenecientes a esa secta viperina que es la juventud del periodismo peruano. Animados, practiqué varias piruetas con Micaela, cuya risa dudosa me hizo pensar que no le gustaba nada lo que hacía. Así que le dije:

– ¡Está muy buena la fiesta!
– ¡Gracias!... ¿y ya cayó alguna? –preguntó curiosa, tras haber yo inquirido a las demás por sus estados amoriles, ella era la primera que se interesaba por el mío–.
–Ja ja, bueno fuera –dije, la verdad, sin negar ni afirmar–.
– ¡Pero si hay muchas chicas!
–Ninguna como tú –dije y tropecé con mis propios pasos–.
–Ya, no mientas –me contuvo–, que te he visto bien cariñoso con Tracy.

Quería responderle y yo te he visto cariñosa con Zutano y Mengano, con el chinito, con el catalán y con el dueño de la casa. Pero tal vez pecaba de suspicaz y hubiera sido muy duro. Tuve que controlarme y cerrar el pico por única vez en la noche.

–La verdad es que no me interesa ninguna. Si pudiera acabar esto e irme contigo no dudes que lo haría –le dije a Micaela, al parecer la asusté porque se fue a bailar con el cumpleañero, con quien ha sido vinculada en los últimos comentarios en las redes sociales–.

¡Bah!, y por qué me hago bolas, me preguntaba resaqueado al día siguiente. Cada una de ellas tiene una historia diferente, un recorrido distinto en el camino del amor, algunas bien recompensadas, otras desagradecidas y maltratadas por el destino. Las historias eran tantas en esa fiesta que uno siente empequeñecidos sus problemas sentimentales.

Imagen por revolution11com


En un momento de la noche llamé a Lucía (la protagonista de la novela que me engaño escribiendo y viene llegando a su desenlace) con el celular de mi amiga Viviana Dallas, ya que no me contesta las llamadas cuando ve mi número palpitar en su Ericsson. El sonido ambiental de la conversación con Lucía me dio unas primeras pistas del lugar donde estaba: una fiesta. Ella me aseguró que era una discoteca del boulevard de Los Olivos. Me sorprendió, siempre tan exótica esta chorrillana, pensé de inmediato.

–¿Pero quién eres? –pregunta ella–.
–Eso no importa, quiero verte.
–¡No puedo y no quiero!, ¿Tiger? –dijo, me molestó que me llame como a su ex novio, que haya olvidado mi voz, pero a eso me expongo cada vez que hago llamadas de otro celular y no me presento–.

Sus gestos despertaron la incomodidad de un amigo que estaba cerca y le quitó el celular. Quién es ah, oí que le preguntaba el gandul a Lucía. No sé, respondía ella. Así que quiso zanjar el asunto como abogado metiche que es. Yo esperaba armado en la línea.


–Con quién hablo, cómo te llamas –me dijo–.
–Quién eres tú que me preguntas mi nombre –respondo altanero y alcoholizado–.
–Me llamo Roberto Rojas, ¿y tú? –transmitía seguridad, era un rival de fuste–.
–Cómo estás, Roberto, yo me llamo José Paolo Guerrero y quiero hablar con Lucía.
–Ja ja ja, ¡dice que es Guerrero! –es buena señal arrancarle una sonrisa al enemigo–.

Supongo que Lucía estaba mirando al idiota de Roberto, su amigo o quizá algo más. Por la disparatada identificación que había dado, calculé que ya había pensado en mí como probable autor de la llamada.

–Vamos, yo le paso tu encargo, dime, qué se te ofrece –se entregó el idiota–.
–Quiero invitar a Lucía a la celebración que haré, acabo de meterle dos golazos a la selección de Paraguay.
–Sí huevas, yo le digo, ¿algo más?
–Sí, ojalá que en persona seas tan gallito como por teléfono, abogado hijo de puta.

No sé si me escuchó, Lucía le quitó el celular. En ese momento Viviana Dallas me riñó desde lejos por gastarme el poco saldo que le quedaba.

–¡Tiger, ya te he dicho que no me llames!
–Lucía, se corta, te mando un abrazo. Espero verte pronto.
–Espera, no me vas a dejar así.
–Lo siento, sólo dile al rechucha de tu amigo que le queda poca vida.

La llamada se cortó. El saldo se había terminado. Lucía nunca me reconoció.

Así, podría mencionar las charlas con anónimas, por ejemplo, en la cola para el baño, las miradas en la pista de baile con tres chicas más o los saludos chapuceros a las extranjeras que pulularon por allí y, me daba rabia, eran acosadas por bricheros amaestrados. Por mi parte, todas esas seducciones fueron hechas por el puro gusto de joder, de probar los poderes de conquista que la cerveza se encarga de despertar en mí.

Las fiestas son la mejor prueba de que el amor no existe, sólo el cariño sino efímero. No te puede gustar una persona cuando conoces a varias más que interesantes. Para qué te vas a encaprichar con una única chica si hay, como está dicho, muchos peces en el agua. En vez de entristecer, hay que agradecer que la existencia de las chicas imposibles permita olvidarlas a su vez saliendo con otras.

Si te sentías bendecido por haber conocido a la “mujer de tus sueños”, ahora siéntete blindado, nadie volverá a hacerte daño. Eso sí, recuerda, cuando vuelvas a estar frente a la chica que te puede cambiar la vida lo mínimo que tienes que hacer es rebelarte y resistir estoico a los encantos que despliegue para dominarte. Porque es inevitable, más temprano que tarde, ella, esta o aquella te vencerá gloriosamente.

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Esta historia en una canción de barra.



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