lunes, 29 de octubre de 2012

Acompáñame a la boda


A veces gana el que pierde a una mujer
Joaquín Sabina

Imagen por Melimelo

De tanto repetir el discurso, lo aprendí de memoria: “en la tradicional Iglesia Nuestra Señora de los Ángeles, cerca a la Alameda de los Descalzos, la fiesta será en el Club Revólver, ya tenemos mesa reservada junto a los novios (claro, si aceptas). Empieza a las siete de la noche, el diez de noviembre. Lleva tu mejor traje de noche, pero sólo bailaremos hasta horas moderadas”.


También estaba la broma: “ya te veo cogiendo el bouqué, miraré y te guiñaré el ojo, como en las películas. Que le dije a mi amiga que no se case, que la traté de convencer pero ella está necia, como las universitarias que no sueltan la botella. Que te invito, ¿lo estás dudando? Tienes media hora para pensarlo, amiga”.

Con esas armas, y agazapado en el chat del Facebook, cualquier chica me acompañaría a la boda de mi mejor amiga Rosa, pensaba. El riesgo de mi experimento era alto.

1
Tuve suerte a la primera. Virna Martínez aceptó. Ella era una morena de figura torneada, pero un poco niña. Siempre quedábamos para salir y nunca coincidíamos. Sus clases en la USIL de La Molina lo impedía. Recogerla era un viaje interprovincial hacia Lima Este.

–Hola, Virna, ¿qué planes para el 10 de noviembre?
–Nada, ¿por?
– ¿Me acompañas a un matrimonio?
–Qué, ¿quién se casa?
–La mejor amiga de mi colegio, ya le dije que no lo haga pero ni modo. Está neciaza.
–Sí, puede ser. A qué hora. Detalles.
–Iglesia Nuestra Señora... Y luego la fiesta a la que ya tenemos mesa reservada, junto a los novios, en el Club Revólver. Fiesta hasta el amanecer pero volvemos temprano.
– (Risas). ¿Seré tu invitada de honor?
–Bueno, sí. Y bueno me cruzaré con algunos patas del pasado que prefiero evitar.
–Pero ¿por qué?
–Eran los intelectualones del salón, ir contigo será más divertido.
–Bien. Entonces come on! (Carita feliz).
–Ok, Virna, prometo que ganarás el bouqué. Nos miraremos y te guiñaré el ojo como en las películas.
–Nada más no me pidas matrimonio ahí como el idiota de “Yo Soy” que seguro estaba stone.

Minutos después, peligrosas redes sociales, la impredecible Virna me etiquetó en: “Iré contigo entonces…”, escribió. Inmediatamente, le pedí que borrara tamaña falsedad. Felizmente, no se ofendió.

–Qué, ¿no quieres que se entere la marcación? Lo borro, no te preocupes.
– ¡Te me rebelas! Ya vi que en la boda, llego contigo y tú te quitas con uno de mis patas nerds del cole.
–Qué chistosito. Siempre me gusta ser dominante. No me escaparé, a menos que me dejes ir ––amenazó––.

E-MAIL QUE LUEGO LE ENVIÉ
[Mi estimada,
Por esos reveses del destino, ya no habrá boda. Primero, te confieso que quien se casaba era Rosa, sí, Rosita Castillos, la de nuestra Promo de Trilce. Lamentablemente, el novio no se apareció hoy para el matrimonio civil. Disculpa, querida vecina, si hubo alguna molestia (igual creo que ya olvidaste que te invité). Pero bueno, hoy día estamos de luto porque mi amiga no se casará, ni civil ni religioso, recalco con pena. El maldito que la dejó está desaparecido, escapó anoche con destino incierto, pero te juro que cuando lo encontremos, te invitaré a su funeral. R. ]

2
A Aurora Cavenaghi la conozco del mismo colegio que la novia. Rosa, que quiso total discreción con los de la Promo, no la había invitado. Aurora está a punto de concluir su carrera y va camino a convertirse en una administradora de la belleza, pues trabaja en Unique. Es delgada, atractiva y es mi vecina, por lo que no gastaría en pasajes para llevarla de su casa y volver.

Fue la que más detalles me preguntó. Estaba visiblemente emocionada, no por ir conmigo, su felicidad era una expresión de solidaridad con la especie. Alguien lo consiguió, alguien alcanzará el amor en esa boda, las almas gemelas existen y ella estará en primera fila, agarrada a mí (como podría ser a cualquiera) para maravillarse y desinflarse en el momento del sí. Le pregunté por sus planes ese día y

– ¿Qué día cae? ––me preguntó––.
–Sábado.
–Aún no he planificado nada. Falta más de un mes.
–Es que es un día especial. Mi mejor amiga se casa y me ha dicho que puedo llevar a alguien. Inmediatamente pensé en mi vecina que no veo hace tiempo. ¿Quieres ir?
– ¡Wow! ¡Boda! Explícame. ¿Día? ¿Noche? ¿Dónde? ¿Religiosa? ¿Civil?
–Es en la tradicional Iglesia Nuestra… a las siete de la noche. Luego el tono es hasta las últimas…, y como vivimos cerca, es un punto a favor.
– (Risas). Primero, dónde queda esa iglesia, que yo no sé.
–Es en el Rím… El tono será en el Club..., tenemos mesa... junto a los novios casi (claro, si aceptas).
–A estas alturas, diría que sí, no tengo nada que recuerde para ese día.
–Separaré la mesa con tu nombre. Sería muy gracioso si me dices que sí y luego me dices que no, tendré que llevar a otra amiga y tu nombre seguirá ahí. Roche.
– (Risas).
–No te presiono.
–Ok, cero presión.
–Piénsalo, no sé, en media hora me respondes.
–O sea, estoy como invitada y sitio reservado a una boda de la que me acabo de enterar mientras me aseguras que me llevas y me devuelves a mi casa.
– (Risas). Basta que le mande tu nombre y tus señas a mi amiga y en algún lugar de Lima imprimirán tu nombre y colocarán en esa mesa.
–Pero, ¿puede ir cualquier chica y dice que es Aurora Cavenaghi y entra.
–Perdóname Aurora. Como tú no hay otra. Con esta invitación le rindo un homenaje a nuestra amistad y tu belleza.
–Que tal floro.
– (Risas). Pero sí, me gustaría ir contigo.
–Por lo pronto diré que sí.
– ¿Hay alguna fecha de vencimiento para que ya no me digas no?
– (Risas). No, está bien, ¡vamos!

Le pido su teléfono. Y prosigo.

–Ya estamos listos para el matriqui. Ya te veo ganándote el bouqué…
– (Risas). Me conformo con buena música y el espacio suficiente para bailar.
– ¡Y la buena comida, no lo olvides!

E-MAIL QUE LUEGO LE ENVIÉ
[Mi estimada,
se cancela la boda porque al novio lo durmieron. De buena fuente sé que le hicieron brujería. La mamá de él nunca estuvo de acuerdo con el matriqui y cagaron a mi amiga. La novia está destrozada por tremenda burla, como imaginarás, no le cree nada al novio y ese niño que viene en camino crecerá sin padre. Hay que ver el lado positivo: ya no será necesario que salgas más temprano de tu diario. De todas maneras espero conversar contigo en otro momento, recibe mi caluroso abrazo y, por favor, dejen de darle duro a mi tía Villarán en tu diario. ¡Chau! ]

3
A Hilda Portugal la conocí en la época de El Chirrión. Fue en una comisión en los acantilados de La Perla, Callao. Una pareja se desbarrancó a bordo de una camioneta. Para poder bajar al mar, yo la ayudé a caminar el largo trecho que estaba lleno de gallinazos, piedras y tierra que le carcomió los pies. Tierna, de ojos saltones y pardos, flaca por demás y reportera estrella de la competencia (“Correo”), le dije que una amiga periodista se casará y, como estará el Gremio, quizás quiera acompañarme a la boda.

–Como hace tiempo no te veo, pensé en ti para que me acompañes. ¿Qué dices?
– ¿Ahh?
– ¿Quieres ser mi invitada de honor a un matriqui periodístico?
–No. Apenas y recién estamos hablando. Si es un matri, tienes que ir con alguien de confianza.
–Tienes que saber, Hilda, que te considero mi amiga. Tú eres buena onda y por eso te invito. Pero acepto tu crítica.

Apenas sintió que la boda que ella no quería se iba de sus manos, me dijo que lo iba a consultar con sus padres, a ver si le daban permiso. Le dije que yo tenía todo el tiempo del mundo para esperarla. Ve nomás, cándida palomita.

–Bueno. Voy a ver, ¿el 10 dices no? Dame tu celular.
– (Le di mi RPC). Sería paja verte. Claro que si me dices que hay un galán por ahí, yo comprendo que se pueda poner celoso.
–No tengo novio por si acaso.
–Igual nos vamos temprano, no quiero quedarme hasta ver al novio borracho y sin poder caminar. Y sin poder hacer otras cosas obviamente.
–Ya, ya. ¿Pero dónde va a ser?
–En la tradicional…, luego tenemos una mesa reservada... Empieza a las 7 pm. Puntuales, por favor.
– (Risas). ¿A las 7 pm? Pero a esa hora yo salgo de trabajar.
–Bueno, como es boda de periodistas, fácil se puede ir vestida como periodista (Risas solitarias). Tal vez puedas pedir permiso.
–Voy a ver pues. ¿Cómo se llama la periodista?
–Rosa María Castillos, todavía está en mi universidad –-mentí––.
– ¡Ahla! ¿y ya se va a casar?
–Así es. No se descarta que esté en Bolivia.
– (Risas). Oye, te dejo. Voy a averiguar a ver si me dan permiso. Cualquier cosa me mandas mensaje a mi celular o me llamas, como desees.

E-MAIL QUE LUEGO LE ENVIÉ
[Mi estimada,
A que no sabes. Ya no habrá boda. Todo se fue a la mierda. Ayer me enteré que el fin de semana el huevón del novio no fue al matrimonio civil y cagó a mi amiga. Uno de los nerds de mi salón me llamó para contármelo, me dijo que es mejor que nadie hable con Rosa. Al parecer, la están convenciendo de que todo fue una ilusión. Será mejor porque sé que ella no aceptará la realidad. De todas maneras, cualquier día bajo a la USIL para tomarnos un cafecito y ahí quedamos para vernos en otro matrimonio, querida Virna. ]

Imagen por decouverte de Lorie
4
El otro par de chicas que aceptaron, tuvieron el tino de cancelarme a tiempo por distintos motivos. La primera me cambió de tema en el acto (1-3). La siguiente aceptó pero días después me dijo que iba a cambiar de chamba y que tenía “mil cosas que hacer” ese dichoso sábado 10 en su oficina (2-3). A la tercera la dejé de lado cuando la cuarta me dijo que sí. La tercera y la cuarta son amigas y se pueden pasar la voz (4-3). No imagino lo que pasaría si ambas se enteran que irán a una boda conmigo o cuando les envíe el mail cancelando a todas.

Todas, absolutamente todas, eran experimentos para el verdadero peldaño que pensaba subir, tentar, para las verdaderas cumbres que pensaba llevar a esa boda. Decidí apostar al sentimiento y jugarme la última carta: Sofía de los Cojones, la niña fatal. Con ella debía ser directo y sin tanta floritura. Debía asegurarme que haya tomado sus pastillas, que esté dulce y leve, para preguntarle de madrugada qué haría dentro de dos semanas:

–Uhmmm… No uso agenda.
–Lo imaginaba. ¡Vamos a una boda!
– ¿Una boda? ¿Hablas de verdad, como quien dice en serio?
–Se casa mi mejor amiga del colegio. No puedo hablar más en serio.
– ¡Rayos! Tendré que vestirme como una chica buena.
–Sólo hasta que ya no resistas los tacos. Opacarás a la novia.
– ¿Y quiénes más van?
–Bueno, la familia y amigos de ella, ja.
– ¿Y si no voy a quién le dices? ¿O soy la segunda, tercera,… opción?
–Sofía, tú estás más allá de las opciones.
–No creo ser buena compañía para tu noche, así que diré que mejor nos veremos en el Centro.
–Vale, Sofía, que no se diga que no tuve los cojones. Ojalá pueda bajar al Centro esa noche.
–O nos veremos cuando puedas.
–Exacto.
–Gracias por convertirme en una opción.
– ¿Te has molestado?
– ¡Noooo!, no podría.
–Iba a dar un discurso para la novia esa noche.
– ¡Debería ver eso! Ya será otro fin. Espero que te diviertas, pero no mucho, ¡ja!

5
La negativa de Sofía fue un golpe que dolió por todas las victorias anteriores, pero no mermó mis ganas y tretas de mentiroso profesional. Es menester decir que a la segunda chica que confirmó, ya me sentía un malnacido, timador, asaltante de amistades. Acabé el día con seis chicas engañadas (tres me cancelarían los siguientes días) y eso gasta a cualquiera. La mentira mella el alma. Es como una fiebre que sube paulatina, un veneno que circula por mis venas y me invade poco a poco hasta marearme.

Estos días ajetreados, decidí que la broma había terminado y escribí los mails para Hilda, Aurora y Virna. Todos debían ser parecidos, todos empezaban con mi acostumbrado saludo: “Mi estimada,”. Debía decirles que ya no había boda, que el novio recapacitó o que ella lo plantó, tal vez que los padres se oponían o que yo me había roto una pierna y no podría bailar. El problema comenzó allí.

Cuando leí los mails de respuesta. Todas fueron escuetas para expresarse. Mucha sorpresa me causó que Virna Martínez me escribiera: “Oye, Poquita Cosa, bien ganado tienes que te etiquete como #MentirosoDetected. ¡Trilces te voy a dejar las pelotas!”.

Luego, leí la respuesta de la periodista Hilda Portugal: “¡A cuántas chibolas de la USIL habrás invitado, cafecito debería echarte en la cara, friégate por PENDEJO! Ni me vuelvas a pedir prácticas, mequetrefe”.

Por último leí el de Aurora Cavenaghi: “Me suda Mariátegui y tu tía Villarán, aggg, que la revoquen por incompetente, ¡nada hace por Lima! No me vuelvas a venir con más invitaciones, periodista del orto, que con tu sueldo de diario chicha no vas a poder pagar mis gustos”.

Para mi mala suerte, confundí las direcciones de correo y auto-saboteé mi experimento sociológico. Será mejor ir sin compañía al matrimonio de Rosa. Bien mirado, será un buen lugar para conocer chicas y bailar. Prometo atarme mi corbata michi y contar impúdicamente en esta página, todo lo que pase esa noche del 10 de noviembre en que me encargaré de beber mucha cerveza y evitar que triunfe el amor. ¡Salud y que vivan los novios!
  
______________________
Esta historia en una canción

sábado, 20 de octubre de 2012

La chica misteriosa


Imagen por Google

Me gusta.

Me gustan sus botas, sus botas de cuero y la extraña forma que tiene de amarrarse las agujetas. Me gustan sus jeans rasgados y bien ajustados. Me gusta su blusa ligeramente escotada pero escondiendo sus encantos. Me gusta cómo el humo se desprende de sus pequeños dedos y cómo se ríe. Sobre todo porque lo hace conmigo. Me gustan sus miesterios, sus silencios y como poco a poco los voy descifrando. Me gusta tanto aquella chica que ahora me acompaña que no sé explicarle con palabras lo mucho que me encanta.

No sé porqué ella ha escogido aquel parque, aquella banca, aquel muro  donde ambos estamos sentados muy cerca de los árboles, muy cerca de casas aledañas. Pero tan lejos de nosotros. Sin embargo, presiento que ya he venido antes. Nos acompaña una botella de ron, una cajetilla de cigarrillos, algo de música y mis pequeños chistes que llenan los silencios incómodos. Ella no toca su pasado y yo no lo profundizo, sólo sé que le gusta estar sentada aquí conmigo, y eso es suficiente.

Los vasos se acaban pero vuelven, me toca de nuevo. Ella se rehúsa a tomar y me obliga a hacerlo otra vez. El silencio juega en contra de nosotros y las risas apelan a un amor posible. No sé muy bien lo que digo pero sí sé que ella se está divirtiendo. Su risa me renueva, me alegra, me llena de vida. Se parece tanto a lo que andaba buscando y sin querer está sentada a escasos centímetros míos. La gente pasa y no nos ve, somos invisibles, casi transparentes. Mientras las últimas gotas de mi vaso caen en las tristezas.

Refugio mi silencio en el humo del cigarro, mientras ella me observa con cierta complicidad. Ella toma la posta y empieza a bombardearme con todo tipo de preguntas de las que trato de torear con cierta experiencia que me dan los años: como nunca profundizar en ninguna respuesta ni hablar con énfasis de alguna chica del pasado. Menciono a grosso modo las veces que creí estar o estaba enamorado, de mis dos novias formales, de mis mejores amigas, de fiestas y de una que otra estupidez que hice en la adolescencia.

Quizás sé tan poco de ella que eso es lo que me gusta. Me atrae de forma misteriosa su melancolía. cuando ella habla trata de cuidarse, no de decir nada más allá de la cuenta, parece que analizará cada respuesta, cada pregunta que he lanzado al aire y ella ha cogido con sabiduría. No obstante, son aquellas respuestas simples, no trascendentes, las que nadie toma en cuenta, con las que yo voy construyendo un perfil de ella en mi cabeza.

Sé que le gusta el cine italiano: La vida es bella, Cinema Paradiso y Malena. Las independientes: Blue Valantine, Réquiem por un sueño y Soñadores. Las clásicas: Casa Blanca, Lo que el viento se llevó y Tiempos Violentos. No es necesario pensar mucho para deducir que le gusta el rock, el rock en español sobre todo porque ella no domina el inglés, sin embargo, le gustan Los Beatles.

Entonces lo entiendo todo, comprendo que ella es distinta, sobrenatural, una de esas criaturas que el destino te pone enfrente una sola vez en la vida, y que si la dejo pasar es porque soy un marica y un perdedor, cosas que sin duda soy, pero no esa tarde que quiero escapar de la realidad y soñar, aunque sea un momento, que mi vida podría ser mejor con esta mujer que ahora quiero besar y no sé si me corresponderá.

Me acerco un poco más, las distancias se van acortando y ella se da cuenta de mi siguiente jugada. Necesita ir al baño, que está a pocas cuadras del muro donde estamos sentados. en el camino, coge unas moras de los árboles, se las mete a la boca, toma un puñado y me da el resto, yo me las como instintivamente, parece como si fueran los primeros habitantes de la tierra, como como Adán y Eva expulsados del jardín del Edén.

Caminamos en silencio. El silencio ya no incomoda porque estamos juntos caminando, ninguno quiere irse, ninguno quiere que esta tarde termine nunca. Pero dentro de una hora será la clase de fotografía a la que ella ha faltado por un par de veces sin justificar. Nos dirigimos a los servicios higiénicos de Metro, compramos algo de papitas y algunas bebidas energizantes.

El tiempo se nos ha escapado de las manos. Ambos sabemos que no llegaremos para la clase de fotografía y aun así no hacemos nada para llegar a tiempo. Ella sugiere irnos caminando y a mí me gusta la idea. Tengo que aprovechar cada segundo adicional que tengo para besarla.

Parece que puede leer mis pensamientos, o quizás son mis manos que empiezan a buscar las suyas hasta encontrarlas. Y en la calle codo a codo somos muchos más que dos. el alba nos da entre los árboles.

Mi boca busca su boca, pero no la encuentra, con cierta tristeza ella me ha evadido. Le pido disculpas y sonrío. Cuento algo gracioso, trato de no estar molesto o finjo no estarlo. Yo trato de actuar normal aunque quizás sobreactúe un poco. Pero no es que tampoco sea un nominado de la academia.

Ella me mira con sus grandes ojos negros en silencio. Me da un beso en la mejilla, y me dice, que también le gustaría besarme pero la amistad es primero, y yo, pero yo no quiero ser tu amigo; y ella, no es por nosotros, es por mi amiga, tú también le gustas...



_______________________
Esta historia en una canción.



jueves, 4 de octubre de 2012

Del verano y otros inviernos


“Dominas otro idioma cuando aprendes a enamorar con él”
(Anónimo, 
encontrado en un baño público)

Imagen por Lissy Elle Laricchia

Aprendí los días de la semana en alemán.

Ella, de ojos verdinosos, es celeste bella y otoñal, porque la belleza camufla millones de colores; paseamos en el malecón; compramos Inca Kola y chocolate; quiere llevarme a la selva; quiere probar Ayahuaska; dejó a sus padres a los 20, ahora tiene 25, dos más que yo, vive a dos horas de Berlín; sabe que es mejor viajar que estudiar o trabajar; por eso duerme plácidamente y sola en un hotel samborjino; más tarde viajará; no tiene celular, no toma taxi sola, con ella hay que citarse en un punto, a la antigua, pero a través de Facebook; no conocía el malecón sanisidrino ni la Pera del Amor, mucho menos los conos de Lima; le expliqué que el limeño es triste; le hablé de Vallejo y Vargas Llosa, me contó que ha llorado con las cartas del joven Werther; le dije que el chileno ahorra mucho y el argentino sabe todo y si no sabe también opina; le dije que no vuelva a Perú, que conozca Brasil o Colombia; que olvide a su amante peruano; que no me olvide a mí, pero que no necesariamente me haga su amante para no olvidarme; está confundida; le gusta ir a Help y a El Mirador, antes un Pisco Sour Catedral en el Hotel Bolívar; le gustan los Beatles y dice que los sudacas pronunciamos gracioso los nombres de bandas inglesas; ha olvidado el francés que aprendió en su colegio; que son los franceses los que odian a su país, y no al revés; que sus abuelos no hablan de la Segunda Guerra; que mirándola a los ojos yo le declaro la Tercera Guerra a mi pasado; me gusta cuando pierde la voz y mira para abajo y otra vez nace el otoño; me gustan sus mejillas del color del abedul y carnosas como las mías; me gusta cuando ya no quiere besarme e igual lo vuelve a hacer; que el país de donde ella viene también viene mi nombre; me gusta que sepa la verdadera pronunciación de mi nombre de viejo ario; me gusta enseñarle a decir en correcto castellano el nombre de su ex; que muerda la G y la R al pronunciarlas; me habla de Rammstein, una banda dura de su país; recito un poema, sonríe y me aplaude; tal vez no ha entendido nada; disfrazas las verdades en mentiras; no quieres que te miren, Claudia, ¡y miras!; no quiere que la acompañe a su hospedaje, piensa que entraré con ella; yo pienso que ella quiere lo mismo; trabajó un tiempo en España, se le ha pegado el “vale”, “vosotros”, “joder” pero no ha apartado de ella ese cáliz; quiere seguir viajando; si no podemos ir a la selva, vamos más cerca, me dijo, haz lo que me dijiste ¡y vive el momento, disfruta la vida, manda todo a la miegda!; que discúlpame pero hay responsabilidades que me atan a Lima, arrugué; odio y quiero a esta ciudad por partes iguales; que los limeños son mentirosos; que no te prometo nada porque no te quiero mentir, le dije; que valoro que no me mientas, respondió; quiere volver en seis meses pero uno nunca sabe; es ahora o ahora; que yo quiero ser su amigo, estemos donde estemos, que confíe en mí, que la defenderé de cualquier pendejo que se quiera pasar de vivo; que quiero presentarla a mis amigos, que hay que ir todos a bailar; mucha rumba y mucha fiesta; que la acompañe a caminar por la Javier Prado; que vamos al Festival de rock; será tu última noche en Lima la veleidosa; ¿vamos al pogo o está bien acá?; que nos encontramos en la Plaza San Martín; que necesito verte; que se me perdió la cartera con mi pasaporte y mi plata; que los soles ya no te van a servir, cámbialos en euros de una vez; que yo te acompaño al aeropuerto; que no te vayas, que no me digas adiós; ¿te vas enamorar de alguien?, no supe ni quise responder; se acabaron el dinero y las vacaciones; Claudia volvió a Europa el último domingo; mis madrugadas de verano serán tus mañanas de invierno. Antes que te vayas, aquí te entrego mi lenguaje más mi beso prometido.

Ahora enséñame a contar del uno al cinco.

_________________________________
Esta historia en una canción




[ ACTUALIZACIÓN: Una amiga, y muy ocasional lectora del blog, recomienda la canción Tu verano mi invierno de "Kanaku y el Tigre". "Fácil la has escuchado, pero no sé por qué me gusta mucho esa idea de estar en verano mientras alguien está en el frío o viceversa", me escribió. Comparto su idea y la canción.]

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La cuarta es la vencida

Imagen  por Chloé Wallace

Los grillos hacen más bulla que nosotros. La brisa de la primavera nos acompaña con olores de jazmín. Y yo sentado al costado de Ximena en silencio, con lo mucho que me ha costado traerla al jardín, con lo mucho que cuesta no trabarme y que el corazón no me salte del pecho, con lo mucho que ha sido separarla de su tediosa prima, con lo mucho que me ha costado TODO y yo en silencio.


Camino por las calles del recuerdo, doy dos vueltas a la manzana antes de animarme de una vez por toda a tocar el timbre de su casa. Pienso en voz alta las cosas que le voy a decir cuando la tenga en frente. ¿Puedo comenzar con un cumplido?, ¿puedo bailar con ella y después pedirle que salga conmigo un segundo? Puedo, puedo. Puedo todo menos tocar su timbre maldita sea.

Estoy nervioso y mis manos empiezan a sudar cuando estoy parado en su puerta. Adriano me toca el hombro, está acompañado de Antonio. Ambos me preguntan si busco el timbre de su casa. Para parecer despreocupado y natural les digo que sí. Veo que Antonio lleva una caja rosada entre manos, la cusiosidad me gana y le pregunto qué es. Y él, es un regalo para Ximena, y yo, lo miro como pidiendo saber su contenido. Antonio parece darse cuenta de mi intención y me dice que es una correa blanca Roxy, esas que están de moda, me responde.

Nos recibe Chiara, la prima de Ximena, que nos abraza a todos, en especial a mí. Cuando me pregunta ¿qué cosa le haz traído a Ximena?, y yo, nada. No he tenido tiempo para saber qué cosa traerle. Además, me avisaron muy tarde, me defiendo; y ella, bueno, lo importante es que estás aquí, primito, me susurra cómplice.

El ambiente está rodeado por los chicos de Cuarto a los que conozco pero no saludo, algunos han oído hablar de mí. Además, me doy cuenta que soy el único de Quinto que ha venido. Una gordita, que tiene una gelatina de fresa en la mano, le dice en voz baja a su amiga que he venido por Ximena y que espera que esta vez no haga ninguna escenita, la pobre ha tenido demasiadas penas por mi culpa. Al oír eso me siento más incómodo que cuando daba vueltas por su casa.

Ximena, que está al otro lado de la sala, al percatarse de mi llegada se acerca a saludarme, la abrazo y le doy un beso. Feliz cumpleaños, le susurro y ella me agradece, y yo, no te he traído nada, lo siento, no sabía qué cosa te iba a gustar, soy malo a la hora de escoger regalos, y ella me dice que no le importa, aunque igual le debo algo, y yo le sonrío mientras ella me ofrece algo de beber. Dos minutos después me trae una cocacola.

Han sido las insistencias de “La Shivi” que me ha traído hasta aquí y la ilusión de ver a Chiara, quien también me gusta de la misma forma que su prima, aunque yo guardo silencio. Estoy confundido aunque casi todos esperan que le diga a Ximena que sea mi novia. El patio de la escuela se ha trasladado a la casa de Ximena.

Mercury me sirve de fondo, mientras hablo con Ximena de ir a jugar bolos la semana que salimos de vacaciones, y aunque no sabe si le darán permiso, a ella le encantaría ir a jugar conmigo. Cuando interrumpen Chiara, Shivi, Karina, para que saque a bailar a Ximena, yo les prometo sacarla sin necesidad de que me hagan demasiada publicidad. Ximena sólo sonríe.

Chiara se acerca al equipo de sonido y pone una salsa cubana, de esas que comienzan bien lentas y conforme van avanzando se hacen más rápidas. En menos de un minuto la pista de baile, o mejor dicho su sala está casi llena, me mira como pidiendo que la saque a bailar y es lo que yo hago, nos movemos de forma extraña y tímida.

Estos son mis mejores pasos de salsa, le digo al oído a Ximena después de darle una vuelta; y ella, como serán los peores, echándose a reír de mis pasos cantinflescos. Hace mucho calor aquí, me dice ella, que tal si vamos afuera; y yo, por mí está bien. O sea, vamos afuera un rato, me gusta cuando huele a jazmines, tienes un jardín hermoso, empiezo a hablar, hablar y hablar, son los nervios que me traicionan.

Ximena se sienta en un muro rojo desde donde se ve la fiesta en su sala, ahora los dos estamos solos en silencio. Muevo mis pies al compás de la música y ella se ríe de mis movimientos acrobáticos. No puedo dejar de mirarla, de querer besarla. Tengo algo que decirte, Ximena. Hace mucho tiempo, le digo mientras ella me mira con esos enormes ojos color café en silencio. Qué, me pregunta. Y yo me saco las zapatillas, se las acerco y le digo que son nuevas, quizás presa del nerviosismo, quizás por desesperación. Ella se echa a reír y me dice las mías también, creo que lo he echado a perder de nuevo.

Lima debe ser la única ciudad en el mundo, en la que puede gustarte mucho una chica, salir con ella, puedes incluso decirle que te gusta. Pero si no le dices ‘para estar’ son sólo amigos. Pienso mientras elaboro las palabras correctas para ‘caerle’ de una vez a Ximena. Sin embargo, sólo me salen las palabras más trilladas y poco originales del mundo: ‘Bueno, Ximena, hablando en serio, yo soy malo para estas cosas pero... este... yo sé... tú sabes... que cuando te veo me mueves el piso y me gustas como nadie me ha gustado antes. Es por eso que en realidad lo que yo quiero decirte es si tú... ¿Quieres estar conmigo?’  Ximena  se quedó en silencio, no sabía que decir, cuando la corté para decirle. ‘Bueno, sabes que... me conf... cuando ella me dijo tú también me gustas. y dentro de la sala se escuchaba ‘We are the champions’ y me sentía un ganador de los juegos olímpicos. No obstante, las siguientes palabras lo cambiaron todo: déjame pensarlo.

¿Tienes que pensarlo? Sí, en realidad, sí. Dado que los antecedentes no me ayudan. La primera vez que le dije a Ximena que me gustaba me hizo lo mismo, cuando iba a dar la respuesta le dije que no me importaba y dejamos de hablar por un largo tiempo. La segunda fue en la fiesta de las gemelas de mi salón. Había estado algo pasado de copas, lo que disgustó de manera rotunda a Ximena, que se echó a llorar porque pensaba que era alcohólico. La tercera fue en el quinceañero de Gisel, me había pasado de copas de nuevo y esta vez lo hice a lo grande, pedí al Dj el micrófono y le dediqué la canción más sosa del mundo: “Rendido ante ti”, de Camagüey, acto que la abochornó tanto al punto de retirarse minutos después de la fiesta.

Fue en las vacaciones para pasar a quinto que nos encontramos nuevamente en un quinceañero. Creía ser más maduro, le pedí disculpas por los antecedentes del pasado y le pedí ser amigos, que no quería perderla del todo. Pero fue en ese momento en que ella se fijó en mí. Estoy sentado en el muro rojo, Ximena me da un beso en la mejilla y entra a la sala. Me quedo pensativo, cuando sale Antonio a preguntarme si ya estoy con ella, no sé qué decirle, supongo que sí, le digo y me invita una gaseosa helada.

Las bromas transcurren a la velocidad de los bailes. Llega la hora de irme, Ximena me abrazó con fuera, me dijo sí al oído y se perdió en el tumulto. Por fin lo había lo grado, Ximena la chica que me gustaba, me había dicho que sí. No podía creerlo. No sabía si buscarla o darle un beso. así que salí de su casa y regresé con la excusa de buscar mi celular. Todas sus amigas sabían que era pretexto para darnos nuestro primer beso (su primer beso) pero la pena de tanto que nos despedimos con un beso en la mejilla.

Ahora, años después, al pasar por casualidad por la puerta de su antigua casa, me vienen los recuerdos de aquella fiesta de cumpleaños que no voy a olvidar. Con respecto a Ximena, sé que tiene una larga relación con otro compañero de mi salón de Quinto. Y que está próxima a casarse. La nostalgia es graciosa, sobre todo cuando aún huele a jazmín. Paro un taxi. Al centro, digo.



___________________________
Esta historia en una canción

jueves, 13 de septiembre de 2012

Con el viento entre los dedos

"Le hubiera besado las manos y nada más".
“El Príncipe”. Oswaldo Reynoso.

Imagen por lesbryant2

Estar misio no es lo mismo que quedarse sin recursos. Los bolsillos vacíos no impiden invitar a una chica a tomar unos tragos de viento de la noche. Bien mirado, Lima entrega sus escenarios al disfrute sin más que gastar en pasajes para recorrerla. Por ello, podía estar misio, pero no falto de recursos para pasear con la escurridiza Viviana Dallas.

Esa tarde soleada, la esperé en una de las bancas del Parque Washington, agarrado a un cuaderno verde para apuntar y dibujar. El viento movía las hojas de los árboles y desviaba mi mirada que perseguía el vuelo gris de una paloma que aterrizaba en la hierba al tiempo que Viviana saltaba de su taxi. Observaba absorto a la paloma picoteando el piso en busca de granos hasta que ella tocó mi hombro.

Las clases de Estética nos obligaban a visitar galerías de arte y comentar luego las exposiciones en una “bitácora” (un cuaderno lleno de reflexiones sobre obras de arte). Viviana y yo, en nuestro acostumbrado almuerzo de los martes luego de la clase, armamos un mapa cultural de Lima y acordamos ir al Centro Cultural España.

Visitar eventos culturales es una manera digna de estar misio. El ingreso libre es nuestro mejor aliado. Un misio contempla la vida desde su mirada indigente y desamparada. La opulencia y los lujos nublan el gusto, comercializan las obras, ponen precio al arte y puede hacer de un mamarracho una pieza invalorable.

Allí tenemos a la sala Miro Quesada en Miraflores que te salva los lunes con su ciclo de películas peruanas, esta vez tocaba Tinta Roja; los martes había una exposición fotográfica en el Centro de la Imagen. Los miércoles, el Cineclub Pueblo Libre traía los últimos documentales sobre el agua para estar enterados. Los jueves, los “intelectualoides” se reúnen en las galerías de Barranco para apreciar el arte contemporáneo. Los viernes, si no tienes para las chelas en el Bar Kekos de la universidad, llevas a Viviana al Olivar y los sábados su madre no le da permiso. Los domingos sólo la llamas, porque hasta Dios descansa.

Le dije que estoy con unas amigas en Starbucks. Me llega que siempre me controle, no me deja ser ni hacer lo que yo quiero, tengo que pedirle permisos para todo. Siempre ha sido así, desde chica, mandaba a mi padre a recogerme a todas las fiestas a las dos de la mañana, o si no tenía que conseguir una amiga que volviera conmigo en el taxi porque no podía volver solita. Los días de semana no podía pasarme de las nueve, iba al Icpna y volvía rápido a la casa, no hueveaba nunca con mis amigos. Nunca he podido ser yo, recién ahora siento que estoy viviendo desde los 20. Se espantaría si supiera dónde estoy ahora.

Salimos del centro cultural y nos sentamos en la banca, conversamos acerca de la muestra dedicada a los 50 años de la publicación de “Los Inocentes” de Oswaldo Reynoso. En mi mente tenía contarle acerca de “El Príncipe”, personaje marginal de Reynoso que un buen día la vida le sonríe y se vuelve ladrón. Viviana escuchaba; cuando un tipo en chancletas y vestido con ropas raídas intervino, decía llamarse “Colorete” y venir del circo, donde le enseñaron un truco que le daba para vivir o al que le debe la vida. Es un loco maestro de la palabra, no podía callársele, aseguraba que en breve introduciría dos clavos en sus narices.

Noté el susto de Viviana, cuando ella tiene miedo se pegajosea a mí. Espera protección, una voz de bronce y nervios de acero que espante al advenedizo. Yo no le creo cuando insiste en realizar su acto, le pido que no haga nada, “diablos”, pienso, “si le doy un poco de plata ya no tendré para después”. El loco salido del circo extrae dos puntas de fierro de su canguro, cada una de diez centímetros de largo. Apenas las mostró Viviana me abrazó y yo me molesté. Han perturbado nuestra tranquilidad, la paloma emprende vuelo.

La punta de Colorete no me agrede pero hinca mi orgullo de macho defensor. Le pido que se retire, no, le pido que se largue, me pongo de pie y no le doy chance a defenderse. Colorete, sentado en el piso, pide paciencia moviendo las manos en el aire. Introduce uno de los clavos en su nariz.

Visualmente, el fierro se deshace a medida que entra en la fosa nasal derecha mientras me mira sonriendo con ojos sibilinos. El crujiente sol baña su cara y achicharra el clavo de su fosa izquierda, parece no tener fin o tal vez, en el sin fondo de su nariz, descansa el alma insondable del loco sonriente que introduce fierros a su cuerpo. Sin duda, un espectáculo horrendo.

Le grité, lo amenacé de mil maneras pero no acababa. “Dame una moneda aunque sea”, rogó a cambio. Le dije lo que le digo a todos los que me piden plata en la calle: estoy más misio que tú. Lárgate, láaargate, ¡lár-ga-te!, enfurecí contra el guiñapo. “Por qué me botas, es mi trabajo”, decía él pero yo no lo escuchaba, me cegó el horror, quizá no comprendía su habilidad, su arte.

No olvido la mirada de Colorete. Cada vez que veo a Viviana recuerdo en silencio la mirada maledicente del chico de los clavos. La conciencia me atormenta por haber sido maleducado con él: sólo quería unas monedas. “Ahora sé que contigo estoy protegida”, me dijo a cambio Viviana.

¿Gina y tú tienen algo? Te pregunto porque leí sus mensajes y tenía varios tuyos y todos  muy cariñosos. Además la última vez que te fuiste con ella del Kekos estaba borracha y te la llevaste supuestamente a su casa, pero ella no llegó hasta el día siguiente. Tengo mis dudas de ustedes. ¿Y por qué me preguntas por Micaela? Siempre quieres saber de ella, yo no sé nada, ¿manyas? Es mi amiga pero no paro todo el día con ella ni me importa con quién de la Facu ha chapado. Además, Gabriela me dijo que la llamaste borracho el fin de semana pasado y le dijiste que era la chica más bonita de la universidad, por tu culpa se peleó con su novio y ni te quiere ver. Respóndeme. ¿Tú quieres con todas, no?

De haberle deslizado unas monedas al indigente no habría ido con Viviana por el camino oscuro. A escasas cuadras del Parque, había visto un hostal con nombre de beata al que entramos sin decirnos nada. Pasamos por allí, la tomé de la mano, no hubo oposición y doblé, abrí la portezuela de madera y busqué la recepción. Pagué con lo justo, había calculado bien el precio de un hostal de la zona. Subimos al segundo piso y entramos, era un cuarto de paredes naranjas con un ventanal en la esquina que daba al tragaluz, también se colaba el ruido de la calle, las bocinas de los autos y los ladridos de los perros. Aunque nada competía contra los crujidos de la cama vetusta sobre la que Viviana se sentó para luego preguntar:

– ¿En esto vamos a dormir? –recordaba el suave colchón de todas sus noches–.

Técnicamente, yo no quería dormir con ella. Viviana también se sorprendió, o se hizo la sorprendida, al encontrar una toalla, un jabón y un rollo de papel higiénico al costado del televisor de veinte pulgadas que tuve el tino de voltear porque allí se suelen esconder las diminutas cámaras con las que graban los videos pornos caseros en los hospitalarios hostales de baja estofa de Lima.

Yo creía que tú eras un pendejo, compréndeme. Que querías salir con varias chicas y no solo conmigo. Si en Año Nuevo te dije que no quería nada contigo fue porque estaba confundida. No es que no quería estar contigo, no-no-no-no, tampoco salía con otro brother, jamás, o sea out de mi mente. Pasa que yo no me lanzo si la piscina no está llena. Además, podíamos salir, conocernos más, no entendía tu apresuramiento. Tú mismo me dices que quieres tener la libertad de salir con amigas cuando quieras y adónde quieras; no te gusta que te haga preguntas de ellas, ¿acaso no puedo pensar que te las chapas?, los hombres siempre tienen una chica de remplazo. Ahora sí quiero estar contigo, sólo si me pides que sea tu enamorada, podremos seguir más tiempo aquí, así.

Viviana Dallas nunca se despojó de su ropa interior. Ajustada y tibia, una tanga rosada cubría aquella preciada isla de su cuerpo. En un momento, la llamó su madre. Ella le mintió, le dijo que estaba en el baño de un cafetín. No esperé que corte y empecé a besarla debajo de la oreja, a ver si accedía a quitarse todo y terminaba la historia dentro de ella sin hacerla mi novia como exigía el fervor religioso que había castrado para siempre sus ganas de tener aventuras pasajeras, inofensivas… minúsculas. ¿Quería despojarla de su inocencia? No sé, empecé a lamer sus senos pequeños luego de estrujarlos con las yemas de mis dedos. Puse mis púrpuras intenciones a la altura de su ombligo y embestí; extrañamente le procuré una sensación tan agradable como recatada. Toda la extensión de su vientre era un clítoris, su respiración me lo decía. Nuestras pieles discutían, era sexo sin heridas, era mutua excitación la que siempre practicó Viviana Dallas para burlarse de las reglas de su religión sin romper del todo con ella. Ese goce extraño de mi sexo en su vientre la encumbraba en el trance del placer solitario al que se abandonaba, ¡abre los ojos!, le grité, pero no hacía caso. Encerrados en ese cuarto, yo era el prisionero. Viviana estaba en trance, acompañada por ángeles y demonios, mientras yo no sentía nada ni tenía a nadie. No quería insistir y me tendí a su costado.

Vamos a la ducha para purificarnos, la convencí. Allí sí se desvistió pero me pidió que cerrara los ojos, yo obedecí. Le besé el agua de las piernas, escalé su cuerpo resbaladizo con mis manos y, todavía ciego, hube de ponerla a horcajadas pero ella destrabó sus piernas rápido, dijo que podía abrir los ojos y apareció detrás del chorro de agua, ¡otra vez Colorete!, ¡mierda!, me asusté, salí de la ducha espantado, sin decir nada.

Colorete lo había logrado y yo no. Sus clavos fueron más efectivos que mi precaria seducción de joven desempleado. Viviana Dallas no nació para lugares podridos. Es más inteligente de lo que pensamos todos. Viviana Dallas quiere conocer y está probando. No será conmigo, lo he decidido.

Tampoco quiero que seas tú. Pobre chico tonto, ¿te crees el único?

“Suficiente mierda le he mostrado, casi un circuito cultural de hoteles al paso. Viviana Dallas desayuna en Charlotte, almuerza el menú universitario, toma lonche en la Tiendecita Blanca y cena en su casa”, pensé, tendido y mojado en la cama. Ella volvió de la ducha, habría de tomar su taxi de regreso con los cabellos mojados, nadie la acompañaría, cruzó la habitación mal iluminada. En su rostro había una velada confusión, o eso creí ver.

Más turbado por ella, dejé que me vinculara con unas amigas en común. El nombre de Micaela me delató pero pasé piola. Me dio la espalda. Prefirió el abrazo luego del combate y no quise arriesgarme a nada más. Siguió con la rosada tanga ajustada. En mi corta experiencia, la estirpe de chicas que no se desnudan completamente quieren dar mucho pero les falta confiar. Han de besarla con más insistencia si quieren encender la eternidad de esas mujeres y horadar el fuego de sus praderas. De lo contrario, lo advierto, evapórense.



PD. Quédense un buen rato y aprendan de la chica que no le importa que estés misio. 

___________________________ 
Esta historia en una canción.



.