jueves, 18 de agosto de 2011

X. El perfecto roce

Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor; y quizá todo lo terrible no sea, en realidad, sino algo indefenso y desvalido que nos pide auxilio y amparo.

(R.M. Rilke, “Cartas a un joven poeta”).


Imagen por Hannamusi

Martes, 26 de enero de 2010
La colección de llamadas perdidas hacía de su viejo celular Ericsson un museo de timbradas olvidadas. Lucía tenía dos reglas autoimpuestas: la primera, no devolver llamadas a los hombres, incluido Javier y exceptuado Peter, a quien miraba con ojos de hermana. La segunda: devolver llamadas solamente a las Meras, ley que no cambiaba a pesar del largo temporal que llevaban sin verse.

Esto molestaba a Javier. Su condición de amante furtivo quedaba reducida a una llamada perdida para siempre en la memoria de Lucía. Cuando la veía, la llenaba de preguntas y acusaciones que ella cortaba de raíz con un no-me-jodas, vete. Ante los reclamos, ella resumía sus excusas con un no-me-di-cuenta.

Si no contesto es por los motivos más inocentes del mundo y punto, pensaba Lucía, cuyas pocas ganas justificar su ubicación o qué hacía y con quién volvía larguísima hasta esa escueta explicación, así que mejor no preguntar. El mundo no podía entender acaso que ella estaba ocupada y no cargaba todo el día su celular como sí lo hacen los perdedores que necesitan que los llamen para vivir tranquilos. Involuntaria o no, esta costumbre le sumaba un atractivo más a los aires misteriosos e imagen que sus amigos creían de ella.

No perdía la cordura salvo en las “situaciones límite”. Normalmente, era adorable con sus amigos cercanos y con los desconocidos. Tenía una facilidad para socializar y ganarse el objeto de su deseo. Si no quería hacer la cola del almuerzo, se hacía amiga de alguien de la fila; si no tenía ganas de buscar libros, convencía a los bibliotecarios para que lo hicieran por ella; si no quería subir a los micros, seducía a sus amigos para que la lleven en su auto (una vez utilizó a un profesor). Sensual, desinhibida, buena onda, Lucía había armado un mundo que la complacía a cada paso andado en cualquier momento. Todo lo que no fuera así, era digno de ser rehuido. Javier era considerado una “situación límite”.

Con sus quejas y protestas en voz baja, Javier se ganaba las menciones deshonrosas. Le reventó el teléfono toda la tarde que ella estuvo estudiando en el primer sótano de la biblioteca. En la facultad de Derecho, los profesores acostumbran programar exámenes con dos días de anticipación y cientos de hojas por leer que los alumnos habían aprendido a contabilizar en soles gastados en copias. Así, Lucía debía leer ocho soles con cincuenta centavos para el viernes y había puesto su celular en modo silencio para lograrlo.

Javier, que también visitaba la biblioteca con frecuencia, fue al primer sótano para leer la colección de periódicos locales que guardaban allí. Cuando vio a Lucía en las mesas del fondo, pegada a la ventana por donde se veían los pies de los estudiantes de fuera, exhaló como diciendo “las casualidades existen”. Se acercó feliz por su descubrimiento y no se percató de aquel chico melenudo, barbón y gordo que estudiaba a dos mesas de distancia de Lucía.

–Ah, hola. En qué andas –lo recibió Lucía–.
–¿Me invitas tus alfajores? –preguntó, señalando con la mirada el pequeño frasco reciclado de mantequillas de Metro, lleno de 25 alfajores pequeños apiñados uno sobre el otro con delicadeza extrema y dedicación no vistas muy a menudo en ella–.
–No son para ti –cortó Lucía en voz baja, una palmada interceptó las intenciones que Javier llevaba en sus manos hambrientas y alargadas–. Son para él –dijo, señalando atrás cuidadosamente–.
–¿Para quién? –preguntó por inercia–.

Él mismo se respondió con solo voltear: ¡Tiger! Varias preguntas dieron vuelta a su cabeza. Qué hacía Tiger allí, cuánto tiempo llevaban juntos, acaso él se había percatado de las confianzas que tenía con Lucía; imposible que Lucía haya planeado esto contra él, para emboscarlo y hacerle saber que Tiger no estaba del todo borrado de su ¿corazón? Tiger no los miraba, Javier esperó que lo hiciera y no lo hizo en toda la noche. El vanidoso de Tiger no les concedería la pequeña victoria de interesarse por ellos.

–Él siempre estudia acá –dijo Lucía muy tranquila–. Hoy es su cumpleaños y estos alfajores son para él.
–Bien, se van a ir juntos, ¿no?
–No, por supuesto que no.
–Me vas a decir que no han hablado.
–No tengo que decirte nada, quién te crees.
–Tus ojos no me dicen eso, me estás mintiendo. Sabes que él estudiaba acá, por eso has venido.
–No me importa donde estudie, a mí me gusta este lugar para leer, tiene buena ventilación.
–¿Y por qué antes no venías?
–Desde que me dijiste que Tiger no sabía nada de mí, no tenía sentido que me siguiera escondiendo de él. Me devolviste la pureza ante sus ojos, gracias Javicito.
–Jamás debí habértelo contado.
–Como quieras, acompáñame una hora más para irnos juntos.
–Está bien –pensó un poco–, no puedes invitarme un alfajor –dijo Javier, más para probarla que por hambre, quería saber si Lucía podía deshacer sus planes por él–.
–No, ya te dije que no son para ti. Antes de irnos, se los voy a entregar.

Javier se sentía excluido de la fiesta que tendría Tiger gracias a Lucía. El pequeño detalle que tenía con su ex los acercaba al único nivel que él, como hombre solitario, envidiaba de las parejas: la nostalgia. Para Javier, las parejas debían odiarse apenas terminaran, no contemplaba la recordación amistosa como una opción; el silencio, la separación y la distancia eran los mejores alimentos para olvidar a la persona antes deseada y evitar las roturas y traumas del final de una relación.

Brotó, de sus labios, la sentencia más corta de la noche: me voy. Las dos palabras fueron interpretadas por Javier rápidamente, guardó sus lecturas y estuvo listo primero que ella. Lucía metió sus cosas en su mochila, estaba lista, más que para irse, para entregarle los alfajores a Tiger. Se dio una última mirada a su espejo de mano. Sus ojos transmitían confianza y tristeza. Antes, había celebrado dos cumpleaños junto a Tiger, esta vez era distinto, ya no estaban juntos pero en nombre de los recuerdos imborrables y las caricias que extrañaba de ese hombre revejido, avanzaría hacía él y ¿qué?, ¿lo besaría? Javier no quería pensar en nada, sólo la esperó de espaldas y diez pasos adelante.

Si hubiera volteado, Javier habría visto que Lucía tocaba los hombros de Tiger, éste la miraba, se sorprendía y sin tiempo de decirle hola, Lucía lo madrugaba con el saludo de feliz cumpleaños, le ponía el frasco de alfajores al costado de la lectura que versaba sobre temas antropológicos y se iba tranquila, convencida de no sentir nada hacia él y por ello dispuesta a tener esas deferencias los próximos cumpleaños también. Respetaba mucho a Tiger, no sabía que era un muerto.

No. Eso no había sucedido en la cabeza de Javier, él se imaginaba lo peor, algún beso escandaloso, promesas de salidas furtivas, escarceos que hicieran honor al tiempo y la intensidad de su cariño extinto. Mil cosas más recorrían su mente, la biblioteca se convertía en el silencioso fortín de sus batallas internas, cuando ella le golpeó las costillas y lo trajo de vuelta a la realidad. “No te quedes allí parado, quiero llegar temprano a mi casa”, dijo y redobló el paso.

Hechos-sin-fechar
“¿Me invitas un pucho?”, preguntó Vilela, para no perder la costumbre. Javier abrió la cajetilla y deslizó una baraja de cigarros. Vilela cogió el que necesitaba para contarle los últimos problemas cardiacos que Pilar Carreño, su ex novia, le produjo horas atrás.

“¿Cómo que ex? No duraron ni un verano”, se espantó Javier. “Sí”, afirmó, “al menos la hice llorar”, dijo con extraño orgullo. Como una estrella fugaz, una lágrima se abrió paso en su mejilla: “Sólo hay algo que no me cuadra. Pilar me dijo que era una bruja”.

No escuchó bien, le pidió que se lo repita. ¿Bruja? “Todas las mujeres son brujas”, repitió. Entre los varios sentidos que porta esa palabra, Vilela había escogido el más tenebroso y no deliraba, tenía pruebas fehacientes de lo que afirmaba.

Javier escuchaba a Vilela a la vez que esperaba a Lucía. Estaban en el Octógono, la plaza afuera de Derecho. Lucía no tardaría en salir de su clase de Derecho Internacional Público. Nuevamente, como muchas noches, le ofrecería su compañía hasta Chorrillos, e intentaría besarla luego de engorrosos trámites de convencimiento.

Para su sorpresa, Lucía apareció con un chico al costado. “Es Peter otra vez”, lamentó Javier. Vilela no se sorprendió, su mirada delataba que tenía el alma enterrada en la tristeza que era su cuerpo encogido. Vilela jugaba con sus pasadores y “¡qué tonto fui!, no debí dejar que Pilar me cortara un mechón de pelo”, sentenció y golpeó la pared.

El puñetazo asustó a Lucía. Se detuvo, los miró. Vilela fingió no sentir dolor. Javier no sabía si acercarse o no. Al verla con Peter, pensó que Lucía estaba ocupada. No hizo caso a las razones y le habló. Le preguntó por cómo le fue en su clase, a lo que respondió “ahí” con un ladeo de rostro. Peter los miraba, ¿reía por dentro? Antes que Javier pudiera decir algo más, Lucía ordenó la retirada: “Invítame algo de comer, Peter”.

Javier los vio partir, seguirlos significaba dejar al Gordo Vilela llorando solo sus penas, que es la única forma de llorar las penas, solo, pues nadie está a la altura para entender la decepción ajena y consolar nuestro interior. La paciencia y el silencio son los aliados que el tiempo tiene para abolir nuestras tristezas, antes que se conviertan en actos de persecución idiotas o erráticos. No estaremos preparados para olvidar a una chica si no lo hacemos nosotros solos. Debo abandonar al Gordo, pensó Javier.

Pero no pudo.

– ¿Recuerdas que te conté lo del mechón? –preguntó Vilela, sin percatarse que lo retenía–.
–Sí, que te cortó un pedazo de pelo una vez que fumaron.
–Hoy entendí porqué no debí hacerlo. Pilar me contó la verdad.
– ¿Por eso de que es bruja?
– ¡Sí!
–No sé, la historia parece un cuento de terror colegial.
–He hecho los cálculos. Desde que me cortó el cabello me manejó a su antojo. De haberlo sabido, no me dejaba cortar nada. Me tiene atrapado.
– ¿Y si lo botó? Quién necesita tus greñas.
–No. Yo vi cuando lo amarró y lo guardó en su diario.
–No jodas. Lo mismo le pasó a Vallejo.
– ¿El poeta?
–Sí, Georgette, su esposa, le cortó un mechón de cabello y lo guardó.
–Creo que estoy destinado a ser poeta –dijo Jorge, certeza que lo calmó un poco–.
–No lo creo, ella se lo regaló a un pintor peruano, Szyszlo, así que queda perdonada.
–No entiendes, Javier. Tal vez Georgette lo hizo para redimir su culpa. ¡Esa puta de Pilar, a quién regalará mi mechón, seguro a su siguiente agarre!

Vilela sacaba conclusiones a velocidad de locomotora. “¡El libro!”, exclamó. Antes de ser novios, Pilar Carreño le contó a Jorge Vilela que estaba leyendo un libro que le había entregado su madre, un libro de tapa negra, antiguo, de hojas amarillas y apolilladas. Según averiguaciones que él mismo hizo con otras amigas versadas en el tema (brujas confesas), el libro lo escribieron los espíritus para las brujas nórdicas y contenía los mayores trucos de magia y amarres caseros mejor escondidos.

Aquel Libro de los espíritus debía circular entre las adolescentes que habían fracasado en el amor. Eran cientos de páginas escritas para no enamorarse primero, mediante trucos tan simples como el del mechón de pelo o los baños de fuego. Estos últimos consistían en pasar una llama alrededor del cuerpo de un chico para limpiarle el “aura” y prepararla para la de ella. Esto, recuerda Jorge Vilela, hizo Pilar con él la primera vez que fueron a un hotel.

También, la semana anterior, a manera de despedida, en un hotel de la avenida La Marina, Pilar le pidió la mano derecha a Vilela para leérsela. Jorge se la dio con más curiosidad que confianza y ella empezó. “Vas a ser un artista, pero no tendrás éxito, morirás pobre y, mira, tu vida será corta. Mueres coqueado a los 27 años, como Jimi Hendrix”, le predijo basándose en los bultos que existen donde la palma se une con los dedos. El único bulto que sintió Jorge al saberse muerto en cinco años más fue el del pantalón. Pilar, por pena, se la mamó delicioso. Fue la última vez.

“¿Lucía no será bruja?”, reaccionó Vilela. “¿Nunca te hizo ningún truco?”. Más que una bruja, piensa Javier, ella fue vampira. El primer hechizo era su belleza y sus gemidos eran la gloria. “Lucía nunca dejó que la penetre”, dijo Javier, “pero si le besaba las piernas, dentro de los muslos, gozaba hasta hacerme daño”.

Sin embargo, según le había contado, la Lucía de la academia, cuando veía a sus amigas las Meras, extrañamente, ejercían todas juntas un poder sobre los hombres. Tal vez en ese Libro de los espíritus que se prestan todas las chicas (porque pasados los 20 años, todas tienen el corazón roto) dice que esas noches de chicas solas son propicias para derramar sangre masculina.

La próxima vez, Javier estaría más atento a los aires espirituales que Lucía, sin darse cuenta, dejaba a su paso.

Imagen por Beautiful_Pain

Martes, 26 de enero de 2010
“Qué te hace pensar que me importas”, dijo Lucía mirándolo a los ojos. Seguían en la universidad, en un lugar popularmente conocido como “Jamaica”. Los ruegos de Javier para que se quedara un rato más no fueron tan efectivos como el accidental roce de sus dedos con la piel de Lucía al iniciar la discusión que fueron a zanjar a ese lugar poco iluminado que las parejas elegían para charlar, amar y pelearse.

Era la primera vez que el toque mágico e involuntario de sus dedos la llevó a recordar jornadas que habían bordeado lo sexual con Javier. Transcurridos los días y puesta a pensar para atrás, había pasado más tiempo al lado de Javier que pensando en Tiger, de quien supuestamente seguía enamorada.

Tiger era el ideal, la idea más lejana, su hombre perfecto, pero Javier era el día a día, la realidad, la cotidianeidad a la que se había acostumbrado. A pesar de lo ordinario de su carácter y su poca decisión por pedirle que sea su novia, Javier era quien la buscaba y pasaba más tiempo con ella. También se había corrido por él. Era una lucha entre el fuerte recuerdo de uno y la atropellada constancia del otro. Si Tiger estaba en su alma, Javier estaba en su piel.

Lucía sacudió la cabeza para dejar de pensar, vio a Javier recostado en sus piernas, acomodó su espalda en la palmera que se convertiría en la favorita de los dos. No había otra, entre todos las pequeñas palmeras apostadas militarmente en ese jardín, ubicado detrás del Comedor Central, que camuflara sus figuras y los salvara de ser vistos por un guardia de seguridad.

Las relaciones más prohibidas en la Católica germinaban en ese jardín. Allí llegaban todos los amores incipientes y parejitas ilegales que, culposas, disfrutaban de la extraña felicidad de saber que engañaban a un tercero, un mongo cornudo que seguramente estudiaba en la biblioteca para algún examen mientras su chica probaba otro tipo de instrucción o enseñanza carnal.

La movida despertó a Javier, que le pidió un beso a Lucía. Ella se negó, entregó la mejilla pero no los labios. Ante la negativa, Javier quiso insistir con el tema de los alfajores de Tiger. Quería que Lucía le jurara que no sentía nada por él. “Eso de qué sirve, tú y yo no somos nada”, dijo ella.

Las acusaciones de Javier, sentía Lucía, más que unos monólogos inyectados de celos venían con la clara intención de convencerla de que Tiger todavía le gustaba. No comprendía a Javier, pensaba que jugaba con ella, para qué le pide que olvide a Tiger si él nunca le pediría ser su novia.

Del otro lado, la estrategia era consciente. Por cultura general, Javier nunca atacaba a los exs novios de sus amigas. Siempre que quería acostarse con una de ellas, defendía lo indefendible. Si ellas le contaban que se peleaban con sus novios, él los defendía. Les buscaba rastros de humanidad y abogaba por ellos para una segunda oportunidad.

Lograba enfurecer a sus amigas, que no entendían su tozudez y ganas de no salir en defensa de ellas, a quienes conocía más. Esta furia acumulada las usaba a su favor para seducirlas luego. No funcionaba siempre, por eso aplicaba con quienes tenía más posibilidades, allí radicaba la sabiduría de su táctica.

Cansada de defenderse, Lucía se quedó callada. Ella se percató que más que defenderse, trataba de demostrarle a Javier que no pasaba nada con Tiger y sólo guardaba un buen recuerdo de él. “¿Acaso piensas que me follaré a su recuerdo?”, fulminó ella para no hablar más y mirar a otro lado, lo demás fue trabajo de los sentidos.

Los dedos de Javier se movieron delicados por sus brazos blancos. Tomó su mano y la besó una y dos veces, tenía las palmas suaves y estaba mojada. Unas palabras suaves en la oreja, ella le creyó todo lo que dijo. El jardín amigable soportó la caída de los amantes, el repaso de manos en sus pechos y unos besos como lamidas en el cuello fueron suficientes para que ella quede lista y él perdonado.

Tal vez, la certeza de saberse mirados por las cámaras de seguridad los erizaba más. Era sabido que los guachimanes de la Católica cumplían su trabajo hasta donde la arrechura les permitiera. Tal vez los encargados de patrullar esa zona, veían en alguna cabina escondida de la universidad esas escenas de sexo gratis por al infrarrojo.

Ella se trepó en él para rozarse con más atrevimiento. Él supo que no había vuelta atrás una vez activada la calentura, se quitó la casaca y la puso en sus piernas, como abrigándose. Ella bajó al pasto y él pidió otro tipo de cariño. “No sé hacer eso”, confesó. Los guachimanes fisgones no entendían porqué la conversación demoraba tanto. “Está calichín, no sabe hacerla”, dijo uno.

¿Mentía? Dos años con Tiger, tantas salidas con las Meras y no había aprendido a hacer una buena paja. A Javier se le hizo difícil creérsela, pero en ese momento debía actuar rápido antes que los descubrieran. “Sólo imagínate que tienes que izar una bandera”, se le ocurrió. Lucía no sonrió, pero le causó gracia imaginarse así: “Tengo miedo de hacerte daño”, dijo.

Escúpete las manos y sujétalo, luego frotas arriba y abajo, muchas veces, parejo, al mismo ritmo. Aceleras un poco y sin más te detienes, recoges bien desde la raíz, aprietas más fuerte, asciendes y desciendes lento. “Es fácil”, enseñaba Javier, “préstame tu dedo”. Repitió la misma dinámica y ahora Lucía lo intentó, más confiada. Hizo todo lo que mandaba la receta de Javier pero al repetir tantas veces el mismo procedimiento se aburrió, se frustró y dejó caer el colgajo asfixiado de Javier.

“¿Qué haces?, no me puedes dejar así”, se quejó Javier. “Que te hace pensar que me importas”, disparó Lucía, cuya mirada estaba en llamas. Sus manos quedaron pegajosas, las alejó lo más que pudo de ella, buscó un papel higiénico en su mochila para limpiarse. Javier no había culminado, Lucía lo dejó literalmente en el aire, no acabó el trabajo. No dijo nada, se cerró la cremallera, estaba molesto pues cuando la calentura no baja, él mismo debía, más tarde, en su baño, echarse un baldazo de agua fría.

Hechos-sin-fechar
“¿Tú qué harías, Peter?”, preguntó Lucía. Su amiga pedía un consejo, él detuvo el viaje del tenedor hacia su boca, dejó enfriar los alimentos. Como todo abogado correcto, era una persona incorrecta. Peter nunca estaba en contra de nada, tampoco a favor de alguna causa si antes no veía los cerritos de dinero que lo empujaran a tomar clara postura de algo. La justicia era para quien pagara por ella. La justicia era una puta.

“¡Habla, mierda!”, amedrentó Lucía. “Date cuenta”, le dijo, “si estás dudando es porque ya estás enamorada”, reflexionó Peter. Era lo último que esperaba oír, le preocupaba que se le notara en la cara. “Lo que se nota es que ese tipo es un ciegazo, jamás se dará cuenta de cómo lo miras”, dijo Peter como si de una sentencia se tratara. Javier era un hombre con suerte pero no lo sabía.

La otra cara de la moneda era Vilela, que revelaba detalles del rompimiento con Pilar Carreño. Ella se había aburrido de un chico que no progresaba, que vivía de sus sueños y no los alimentaba. No mejoraba, ni por él ni por ella ni por ellos ni por nada. Ella se esforzaba por conseguir una práctica o pescar algún puesto de asistente en alguna investigación relacionada a la Sociología, la carrera que la apasionaba, mientras él quería ser escritor y cineasta (en realidad, quería rodar sólo las novelas que escribía) y no hacía nada por conseguir aquello.

Sólo le quedaba la soledad de donde venía. La soledad original, la del inicio de los pueblos en la noche de los tiempos. Nada nuevo lo esperaba. Ella le había dado innumerables oportunidades, lo probó muchas veces y nunca entendió, menos cambió. Jorge Vilela seguía siendo un niño de mamá, además de celoso y cavernícola. Traspasó la raya del respeto cuando amenazó con contarle toda la verdad a su familia, lo cual la hizo llorar. Revelar esa verdad era un acto revanchista: haberse acostado con 24 hombres antes de estar con él.

“Entiende que quiero probar otros cuerpos!”, aseguró Pilar Carreño para destruirlo todo, fue mortalmente directa. Javier no supo qué decirle: “déjalo por ahora, vamos, te invito unas chelas”. Fueron al frente, compraron media caja de Pilsen.

Brindar es, en realidad, blindar al corazón de los recuerdos. Lucía y Pilar, un salud por cada una, otro salud por las demás.

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Esta historia en una canción


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PLUMAS CONVOCADAS


Anunciamos la convocatoria para las “Plumas Invitadas 2012”, quizá la última edición antes de empezar con nuestro reality “The Plumas Show”.
Las bases serán publicadas en el siguiente post. El requisito principal es escribir una choteada de una hoja y media de extensión, Arial de 11 puntos, y enviarlo al correo blog.choteadas@yahoo.com (pueden escribir allí cualquier consulta). La fecha límite es el 15 de diciembre de 2011.


Vean ejemplos de Plumas en este link.

lunes, 8 de agosto de 2011

Las despedidas siempre son tristes

Imagen por BrendonQ

Aun si pudiera retroceder el tiempo él haría exactamente lo mismo. Escogería el mismo parque, la misma banca, fumaría de sus manos, Bob volvería a susurrarles al oído, intentaría besarla sin éxito, diría un par de frases cursis, trilladas y, sin embargo, la dejaría nuevamente irse con sus sollozantes y grandes ojos café. Iría por ella, la tomaría del brazo y le regalaría una falsa sonrisa y fingiría  que todo está bien.

Es solo en ese lapso, que dura menos de un segundo, en el que él haría lo que sea por ella. Ese instante en donde su corazón late despavorido y su respiración es tan rápida que lo asfixia. Un pequeño momento donde las dudas se reproducen como un virus y la ansiedad es la que controla todos sus actos y sentimientos. Ese instante que es capaz de hacerlo soñar una vida entera con ella. Ese momento que quiere que se repita por siempre.

Él camina sin rumbo. Solo una cajetilla de cigarrillos le hace compañía en su largo recorrido por las calles bien iluminadas de San Isidro. Anda a paso lento arrastrando los pies, como si el tiempo no le importase. Las cuadras son eternas y los cigarrillos muy pocos. Mira al cielo y parece estar perdido, consternado, fuera del presente, como si el mundo entero entrase en una cámara lenta que lo lleva y arrastra al pasado. 

Sabe que nada será igual de nuevo. Solo desea que sea mañana para despedirse de ella. Aunque, es probable que no la vea. Aquella noche fue su despedida. No le dijo todo lo que sentía por ella. Solo la abrazó con fuerza, como si reteniéndola entre sus brazos no fuera a dejarlo nunca. Se equivocó de nuevo.

¿Pero cómo fue que ambos terminaran en aquella paradójica situación? Él: caminando sin rumbo exacto. Extrañando a alguien que nunca pensó extrañar. La chica llena de problemas, actitudes alpinchistas y carácter indomable, familia caótica e imprescindible, look estrafalario, converse moradas, cabello castaño teñido de colores oscuros y flores en la oreja.

Cómo es qué ella tuvo una especie de romance con él, que es tan diferente desde todo punto de vista al resto los chicos que ha conocido. Él que hace una película de su vida. Que vive soñando y nunca viviendo. Qué siempre promete y nunca cumple. Un niño grande que piensa que es un hombre. Un inmaduro que cree tener algo de artista. Dos polos opuestos que fueron descubriendo las muchas cosas que tenían en común.

El amor nace cuando una mujer no puede resistirse a la voz que llama a su alma asustada; el hombre no puede resistirse a la mujer cuya alma es sensible a su voz, o al menos eso es lo que dice Kundera. O quizás fue aquella vez, en la que saliendo juntos de estudiar y, ella le pidió que la acompañase a la casa de su abuela. Que está a ocho cuadras de la suya. Casualmente también fueron  ocho minutos de más que se quedo en el salón de clases leyendo poemas de Benedetti para que ambos se cruzaran de nuevo. Ella terminaba de revelar ocho fotos, cuando se encontraron en el salón de clases 808 y ella le pidió que la acompañe.

Nada sucede por casualidad y las grandes historias de amor están llenas de casualidades imprescindibles a nuestros ojos pero no a nuestros corazones. Él sabía que aquella palabra encerraba mayores connotaciones. Ser su compañero de viaje implicaba escucharla todo el camino y, de alguna forma recuperar aquella amistad vuelta abajo por el carácter de ella y la indiferencia de él. Aunque esta vez era distinto, ella estaba sola, había terminado con su novio. Por la misma razón que lo dejaría a él. Pero no nos adelantemos a los hechos. Necesitaba un amigo, un chico que la cuide y sobre todo que escuche de vez en cuando. A él lo había dejado su novia y lo único que necesitaba era a alguien a quien engreír o intentar salvar. Esto se debe probablemente a su complejo de superhéroe, cree que ayudando a una chica a resolver un problema él se sentirá menos culpable consigo mismo.

Los sucesos sin importancia en los lugares sin trascendencia fueron los mejores momentos que pasaron juntos y, dado que a él ni a ella les había pasado nada importante desde que se volvieron a estar juntos, en un bus camino a casa de su abuela se pusieron al día.

Ella no le había dicho nada pero iba a la casa de su abuela a pedirle dinero prestado, ya que atravesaba una fuerte crisis económica y sentimental. Él la espero afuera, ella no demoro ni diez minutos en salir, quizás fueron ocho. Pero fue suficiente para que salga con lágrimas en los ojos. Salió a toda prisa, sin mirar atrás, ni siquiera responder a los llamados, de su amigo quién la había acompañado hasta ese pedacito de suburbio de la ciudad.

Él la miro atónito e impotente, como discutía con su padre, ella no respondía a sus llamados, y él como la última vez que se vieron, fue tras ella.

-Detente, le dijo agitado. Mientras ella, más calmada caminaba más lento. ¿Estás bien?, volvió a preguntar.
-Sí, sí estoy bien. Le dijo, mientras su mano derecha limpiaba uno de sus ojos.
-Pero sí estás bien por qué lloras.
-No, no estoy bien, dijo y soltó unas cuantas lágrimas.
En ese momento, lo único que se le ocurrió fue abrazarla, por primera vez, quizás con la misma intensidad de la última. Caminaron un par de cuadras y se sentaron en un parque, ella le contaba sus problemas con su padre, mientras él buscaba la manera de hacerla reír. Quién pensaría que los chistes repetitivos y mal contados la divertirían tanto.

Después de mucho tiempo, ella volvía a sonreír. Estaba contenta, y tal vez porque él estaba junto con a ella, escuchándola.
-‘Nunca dejes de sonreír ni siquiera cuando estés triste, porque nunca sabes quién se pueda enamorar de tu sonrisa’. Le dijo con voz juguetona. Ella sonrío de nuevo.
-Dime, siempre dices ese tipo de palabrería a todas las chicas con las que sales.
-No, y además no son palabrerías, son frases y esa no es mía sino de García Márquez.
-Justo, ese es tú problema, que pasas más tiempo en las bibliotecas que con las chicas. Ellas no se encuentran en los libros, están afuera y debes ir a buscarlas.
-Yo no busco a nadie. Estoy bien así. Pero ahora eres tú quién se está burlando de mí ¿No? Ambos rieron.

Desde ese momento ambos se hicieron más que amigos, y también fue aquella noche en la que él empezó a enamorarse de ella. Aunque no lo sabía. Fue en el cine club donde, subida algo de copas, ella le confesó que quería acostarse con uno de sus estudiantes de último ciclo, incomodo por la respuesta, él le respondió enfurecido si estaba segura, en fondo ella lo hacía para provocarlo. Es que él debió saber que, las chicas prueban a los chicos constantemente para saber cómo reaccionamos ante una situación.

Esa noche él hizo lo que la mayoría de chicos haría en el mismo aprieto: bebió hasta desfallecer y ella  al verlo en ese estado sintió, más que lastima, ternura quería cuidarlo, tal vez con la conciencia de saber que él se puso así por ella. Pero nunca se lo dijo.

Todos los días después de clases, ella le pedía a él que se quedase un momento ir a dar una vuelta y disfrutar de los frutos que da la naturaleza. Fue así, como iban a elevarse de vez en cuando por un conocido parque miraflorino. Ella le enseñó todos los secretos de la planta, le contó acerca de sus sueños, sus miedos, sus amantes y su religión.
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Él, agnóstico por convicción, vio en su extraña religión la forma de creer en algo. Una tarde saliendo de clases, mientras estaban echados en un parque mirando el cielo, ella lo miró a él de forma extraña y diferente, exactamente de la misma manera que él la miraba a ella hacía algún tiempo. Como cuerpos imantados, se acercaron uno al otro y se besaron por primera vez.

Él estaba como en un sueño, del que no quería despertar. Ella le regalo una sonrisa como si también lo hubiese deseado de tiempo atrás. Por aquellos días se volvieron inseparables, y más de uno pensó que eran una pareja, sin embargo, ella se encargaba de ponerle en claro a todos que simplemente eran muy buenos amigos. Ocho días antes de que acabe el ciclo, ella le dijo que se iría un tiempo a vivir al Cuzco para llenarse de energía, que iban a vivir de lo que cultivaran y que le gustaría que él vaya con ella.

Él por su lado creyó que era de las tantas cosas sueltas que soltaba ella y no le tomó mucha importancia, su vestimenta como su apariencia había cambiado. Se había dejado crecer la barba y su ropa ya no era tan ostentosa.

Una semana después que terminó el ciclo, decidieron citarse entre las avenidas de siempre e ir al parque y conectarse con la Tierra, en el fondo, a él no le gusta del todo el estilo de vida que tenía ella, en el fondo lo hace con el único fin de poder cambiarla poco a poco. Una vez, sentados en la banca, mientras él fumaba de sus manos, la mira como solo los que están enamorados lo hacen, la mira le toca el rosto y se ríe, ella lo mira y se echa en su hombro, son como una portada perfecta de una revista. Él se acerca e intenta besarla como otras tanta veces y ella lo detiene.

-Qué pasa estás molesta conmigo, le pregunta.
-No, no es eso. Le responde ella.
Un breve silencio, se apodera del ambiente.
-¿Entonces?, pregunta él.
-Mira, tengo miedo de que te enamores de mí y la verdad yo te quiero, de verdad te quiero, pero no quiero hacerte daño.
-Pero ya es demasiado tarde estoy enamorado de ti y yo creo que tú también.
-El amor, no es tan simple como crees, por Dios, o caso crees que somos protagonistas de una de las novelas que lees. Piensa, esto se va acabar en algún momento o crees que va durar para siempre.
-No sé, pero si no arriesgamos esto que sentimos nunca vamos a saber hasta dónde llega esto.
-La verdad, la verdad. No, no eres mi tipo. Se excusa ella.
-Bueno, entonces dejemos de ser amigos, no podemos seguir así.
Al parecer las palabras de él resonaron dentro del cuerpo de ella, tal vez porque fueron las mismas palabras que ella debió usar con su ex novio.
-Entiende, yo te quiero y quiero contar contigo siempre, si estamos juntos la vamos a echar a perder y yo no quiero perderte. Dijo ella, con la voz quebrantada y ojos sollozantes.
-Pues, yo sí.
-Estás seguro.
-¡Sí¡
-Entonces creo que es hora de irme, y el reloj marcaban ocho minutos para las ocho, por primera vez aquel número que los había juntado los separaba. Pero como siempre se puede cambiar el destino, él, al observar que ella se marchaba, le tomó del brazo, la detuvo y la abrazo con mucha fuerza y entendió que su amor era a veces como una madre, otras, era su hermana mayor, a veces jugaba a ser su novia, pero sobre todo era su amiga. Quizás nunca aprenderá algo mayor de lo que ella le enseñó. El amor que está más allá de besos y abrazos, es amor que libre que no puede ser atado y necesita explorar nuevos cuerpos sin necesidad de dejar de amar.

Camino a toda prisa. Se me ha hecho tarde para llegara a la reunión de ex compañeros de colegio. Fue en ese instante en que lo observó. Es mi viejo amigo, el poeta, amante de Benedetti y Neruda. Él va caminando lento, como si le pesará los pies, parece que aún no me ha reconocido, lleva la mirada hacia el cielo, y parece algo perdido. Cuando estoy muy cerca de él lo saludo y me reconoce. Tiene la mirada extraviada, y algo acongojada. Luego me cuenta todo sin preguntarle nada. Le ofrezco un cigarrillo mientras caminamos juntos ocho cuadras.

Se despide de mí. Me da la mano y la ajusta, como queriendo probar su fuerza. Se aleja. A mitad de camino noto que ya no mira al frente sino al suelo y que sus hombros se van cayendo a cada paso. Vuelve a prender un cigarro, como si fuera una muleta que le permite caminar. Otra vez no sabe a dónde va.

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Esta historia en una canción

jueves, 28 de julio de 2011

IX. Colores al caer la noche

Jueves, 7 de enero de 2010
En vista que Pilar Carreño, la novia de Jorge Vilela, lo consumía más que los cigarrillos Pall Mall rojo a sus ahorros, Javier quiso rescatar a su amigo el gordo Vilela para ir a la “noche de cacería” que éste le prometió tras la fallida salida de año nuevo. Por supuesto que lo decía de puras ganas de animar el espíritu solitario de Javier. Alardeaba, él estaba contento con su “Pili”, como la llamaba.

Jorge siempre lo había visto solo, encerrado en sus ideas militantes del amor hacia el propio cuerpo y el cultivo de placeres literarios, un rollo que le parecía inusual en sus otros amigos. Si Jorge quería ser escritor no debía despegarse mucho de Javier, quien pensaba lo mismo al revés. Las ganas de ser un escritor del gordo Vilela reproducían en Javier el mismo sueño adolescente y principista de vivir a costa de sus poemas malheridos. Un sueño que, estaban seguros, los sorprendería haciendo esfuerzos denodados para que otras chicas los choteen.

Sin embargo, el gordo Vilela se había liberado del vía crucis del amor no correspondido. Pilar le enseñó la alegría otra vez, tras cortar con Ximena, su primera novia, y haber vivido enamorado por cuatro años de su mejor amiga Blue. Como siempre, se aparecía con su clásico saludo de bienvenida, “¡el gran Javi, una de las grandes leyendas!”, al parque Ruidíaz, donde el gordo se había detenido por unos puchos más. Siempre lo recibía contándole una de sus últimas aventuras, esta vez le contó sobre el corto que planeaba hacer en verano, cuando se matriculara en unos cursos de la Católica.

El ánimo rozagante y chispeante de Jorge lo obligaba a pensar en la estrecha relación que hay entre la felicidad y las grasas corporales. El gordo Jorge nunca estaba triste, y menos ahora que esperaba a Pilarcita, su dama de costumbres duras. Ella, poco más alta que él, era rasta, apariencia que agradaba sobremanera a Jorge, quien ahora debía recogerla en Sucre y Bolívar y le pidió a Javier que lo acompañe.

Javier accedió, no veía muy seguido a Pilar, las pocas veces que salieron los tres, se llevaron bien y no había problema en salir de a tres. Ella había metido a Jorge en el mundo de la elevación terrenal, es decir, la marihuana. Para ella no era un juego y todo debía hacerse con muchísimo respeto. Tomó Ayahuasca varias veces en los viajes a la selva que hizo acompañada por amigos y uno que otro amante que encontró en el camino.

El gordo Vilela encontraba descanso en las pitadas que le daba a diario a un moñito de esas plantas inspiradoras, le agradecía a la marihuana la idea de su último corto: un fotógrafo enamorado de la fantasma al que sólo veía en la película revelada de sus rollos Ilford 400 ISO. Conocer a Pilar lo había reconciliado con el mundo y consigo mismo. Habían peleas, claro, como en toda relación, pero quién no las tiene.

De pronto, un taxi estacionó, descendieron dos piernas torneadas, caderas anchas que se perdían en una cintura delgada, botas pequeñas de gamuza daban comienzo al pantalón ceñido y casaca de jean de muchos bolsillos que ocultaba dos senos vigorosos de pezones enhiestos, coronados por la sonrisa que un dios delirante había dibujado en su rostro. Su color trigueño y ojos negro profundo acompañaban las matas de cabellos propias del rasta, enrolladas y anudadas sin orden aparente y sacramentadas en algún ritual de danzas shipibas.

Se saludaron y decidieron a dónde ir. ¿Miraflores, Barranco, el Centro?, pensaron. Mejor, empezaron con un ron comprado en “La Esperanza”, un bar de Sucre. Acabado éste, decidirían qué hacer. Conversaban de todo un poco, Javier sólo se sentía incómodo las pocas veces que los tórtolos se besaban hasta morderse. El bar contaba con una rocola antigua, escoriada por el tiempo, apolillada pero viva gracias a los amantes que, como Jorge el gordo Vilela, romántico empedernido y admirador de Benedetti, incrustaban monedas para reproducir  “Sabor a mí” en la voz del trío Los Panchos.

En un rapto de dulcíneo querer, el rolludo aspirante a escritor le propuso bailar a la chica rasta, ella accedió, un poco de música de antaño, cuando todavía no había nacido no contrariaba sus gustos musicales. Se cimbreaban en la pista, unas piruetas sólo vistas en los abuelos del gordo Vilela. Javier los miraba y celebraba a lo lejos con unas palmadas exageradas de borracho.

Cuando el reloj filoteaba la medianoche, la pareja rara y ejemplar se despidió del chico solitario. Jorge quedó en juntarse otro día con Javier, que caminó con las manos en los bolsillos por todo Sucre hasta llegar al mar. Imaginaba que en esos mismos momentos, el gordo y la rasta se estaban trenzando en alguna cama de algún hotel de Magdalena, los más baratos de Lima, según Jorgito.

Contemplaba el mar desde lo alto del acantilado, era inevitable no pensar en matarse allí mismo, en los peñascos de Magdalena, quedar atrapado en uno de esas cuevas discretas o tendido en esas plantaciones que tan bien hacían lucir la primera frontera de la ciudad que escondía debajo el reino de las ratas y roedores de todos los tamaños, futuros gobernadores de Lima (si no lo eran ya) cuando la humanidad se extinga. Comprendió que todavía no era tiempo, le faltaba saldar una deuda, debía buscar a Lucía e irse, írsele.

No la llamó, tomó un taxi hasta su casa y sacó el carro de su viejo. Manejó como un energúmeno por todo el circuito de playas hasta Chorrillos. Sólo se detuvo para contemplar todos los autos estacionados al borde de la playa, pensó que era un buen lugar para llevar a Lucía. No respetó un solo semáforo, el ron aun no se movía de su cerebro, casi se mata en la curva de entrada a la avenida Huaylas, pero allí estaba, entero, para tocar el timbre de la casa verde de Lucía.

“¿Eres tú?”, dijo una voz venida de la oscuridad, era Lucía, volvía de una reunión de colegas del octavo ciclo de Derecho, estaba acompañada por Peter Argüello. Después de tantas vueltas, el alcohol, que disparaba la imaginación de Javier, ahora lo sosegaba y no le permitía gritar lo que pensaba. Qué haces, puta, volviendo tan tarde con ese tipejo, pensaba mordiéndose los labios.

Lucía no se dio la molestia de presentarlos. Él supo que era un tal Peter porque así escuchó cuando se despidieron. Peter se fue sin chistar, como si lo conociera y supiera que sobraba en ese momento. No se dieron la mano, pero Javier recordaría a ese chico que sabía cuando quedarse callado.

–Para qué has venido –inició Lucia, seca–.
–Quería conversar, ¿estás bien?
–Sí, dime.
–Subamos al auto.
–Acá estoy bien, gracias.
–Es que hace frío y tu abrigo es muy delgado.
–No te preocupes, cuando tenga frío me meteré a mi casa.

Se miraban. Ella sostenía la mirada con una energía que lo superaba. El silencio de Lucía resondraba al atrevimiento de Javier de presentarse así de la nada. Cada vez que ella subía a ese auto blanco era para olvidarse de su nombre y procedencia. “Jamás haré nada contigo”, eran las palabras resueltas de Lucía. La ardua tarea de conquistarla comenzaba de nuevo. Debía ser suave y atinado, controlar los comentarios de más, hervir su cabeza lo menos posible, jugar con la distancia de sus cuerpos.

–¿Quieres ir a ver la luna? –disparó Javier–.
–De acá la veo bien –atajó Lucía–.
–En la playa se aprecia mejor –retrucó–.
–¿Por qué? –movió imperceptibles los labios, Lucía lo pensaba–.
–No hay postes que alumbren, veremos la verdadera luz de luna.
–Sonso, está bien pero voy atrás –decidió Lucía–.
–¡Hecho! –se alegró Javier y rodeó el auto, abrió su puerta y olvidó abrir la de ella–.

(…)

Hechos-sin-fechar
Eran las cuatro de la madrugada, Javier no podía dormir y pensó “no hay más explicación”. El mar, el ruido sereno del oleaje, la violencia contenida del océano, modelaba el carácter de su chica, cómo no lo supo antes.

La humedad que circundaba, la neblina incesante, estaba convencido, debía incidir mortalmente en la piel de ella, aclarándola, haciéndola tersa, delgada y delicada, sólo interrumpida por la constelación de lunares dibujada en su espalda. El blanco inmaculado de sus brazos y, suponía, las demás zonas de su cuerpo, no era simple producto de la genética. Tiene que ser el mar que me la entrega así, pensaba, gracias, decía.

Acaso las miles de caminatas que Lucía acostumbraba a hacer a la vuelta de su trabajo de medio tiempo abrigada por la humedad de Chorrillos (ese distrito tragado por la niebla) le confería un carácter fantasmal o posibilitaba retrotraerse en ella misma con facilidad que olvidaba sus compromisos con otras personas como, por ejemplo, Javier, quien era víctima del radicalismo de sus decisiones.

Qué pasaba dentro de la cabeza de Lucía que parecía no necesitarlo nunca o que debía estar sola cuando simplemente quería estar sola. Era una noche más que se quedaba dormido buscando explicaciones.

Al mediodía, tendido en su cama, abrió los ojos un momento. Se percató de la hora. Debía salir eyectado de la cama, pero no acostumbraba a traicionar su sueño de esa manera. Logró pensar un parlamento que se convirtió en una oda a los sueños antes de despertar completamente. Estaba en segunda persona, quizás porque los sueños no tienen sexo: “Primero eres tú, luego mi vida, cualquiera de las muchas que haya tenido, las varias que viví son muy aburridas, en cambio tú no. Contigo me eternizo, me descontrolo e independizo, no soy hombre tampoco mujer. Ojalá no olvide esto cuando muera, muerda, tuerta, ¡cuando duerma!”, gritó, recuperando la lucidez.

Cuando se levantó de la cama, trató de recordar aquello que había dicho y no pudo. Se había escapado para siempre. Mientras tomaba su desayuno, se sentía decepcionado por no haber apuntado inmediatamente lo que habló entre sueños y que ahora había olvidado. Elucubraba las mejores ideas cuando dormía, despojado de cualquier conexión con la realidad, renunciado a la razón, indefenso ante la verdadera forma de sus pensamientos, los más básicos y sinceros, fuerza sobrenatural que lo vencía siempre.

En el desayuno, que en realidad era almuerzo, charlando con su hermana menor, ella le contaba, mientras tomaba su sopa de sémola, un problema que había tenido en el colegio con unas chicas en el recreo que eran de cuarto grado de primaria y no la dejaban jugar, a ella y a todas sus amigas de primero de primaria, con el columpio. Recordó que él también tuvo el mismo problema de pequeño, que estuvo en los dos lados, el indefenso y del que abusaba de su poder. Pensó que no era bueno aconsejarle a su hermana que pelee contra esas niñas porque podría resultar golpeada, tampoco que le cuente a su profesora, pues podía quedar como acusete. La salida más noble, le dijo, era la insurrección. No armada, sino la unión de todas las niñas abusadas que no eran de sexto. No pelearse, le decía, presentarse ante una autoridad y decirle, en nombre de todas las niñas en el mundo arrebatadas de los columpios, que derroquen a esas mujeres nada solidarias. De pronto, encontró conexiones. Los sueños eran un lugar tan íntimo, profundo y felizmente privado, que no tenía la posibilidad de insurgir contra ellos. Debía capear el momento y no molestarse, esperar que todo vaya por buen camino. La solución pacífica que le recomendaba a su pequeña hermana y la voluntad de no pelearse con su memoria por no haber retenido las palabras que había soñado eran coherentes, pensó, alguna fuerza sobrenatural se encargaba de robarle, y quizás de devolverle después, cuando estuviera preparado, sus palabras (cuyos gramos de sabiduría no estaban probados). Tal vez hay ideas que son columpios que no podemos montar todavía.

Si la conocía bien, Lucía estaría gobernada por esas fuerzas sobrenaturales o por la naturaleza misma. Descubrió que eso se condecía con su actitud de no obligar a que las cosas sucedan, o de respetar cuando Lucía decía que no. Un día tendría que estallar, estaba entre sus posibilidades. Por ahora estaba perfecto el roce que Lucía propiciaba, lo que le intrigaba saber era el momento en que Lucía lo acorralaría con su juego, en pocas palabras, si acaso se enamoraría de ella y en cuánto tiempo.

Por ahora, tenía claro que no sentía por ella nada más que sana diversión. Él estaba sólo, ella también. No había marcha atrás en la amistad que los unió una vez, siempre lo desearon y nunca se dijeron nada. Lucía, si te hubiera conocido sola estaría perdido por ti, le dijo una de las tantas veces que pecó de sincero con ella sin darse cuenta que la hería. La presencia de Tiger, novio de ella por aquel entonces, lo ayudaba a pensarla como una amiga o máximo una con derechos, bueno, a veces la vida es irónica: “estudias Derecho y ocasionalmente tendrás derechos sobre mí”, le dijo la siguiente vez.

Las confesiones continuaban, cuando Lucía le preguntó si frecuentaba a otras chicas, Javier le contó que podía salir con otras chicas sin problemas, que nada se lo impedía, cagándola más, lastimándola. Lo decía de puro libérrimo, para proteger su condición independiente, ¿acaso salía con alguien más?, le aterraba ser gobernado por una mujer, sólo se permitía esa figura las veces que una chica le gustaba de manera irreversible, que es la única manera que sabía enamorarse (y lo había estado dos o tres veces en su vida) como para arrogarle esos dominios a Lucía.

Sin embargo, con Lucía encontraba la diversión y la locura negadas en brazos de otras. Nada como transgredir reglas al lado de una abogada, y todo iba bien hasta que ella le preguntó lo que ningún tipo que ama mínimamente su libertad espera oír de la chica que le presta cobijo: qué somos, qué quieres conmigo, enfiló ella una vez. Otra vez muy suelto de huesos, sin pensar en las consecuencias, le dijo que le gustaba el tiempo que pasaba con ella pero que las formalidades podían demorar un poco más. Lucía enfureció, bajó del auto y caminó sola a casa.

(…)

Jueves, 7 de enero de 2010
Tenía razón. En la playa, sumida en la oscuridad más pura, la noche entregaba los verdaderos colores que la asemejaban al más recóndito universo. Al fondo, la delgada línea que separa el cielo y el mar se había borrado. La luz fría de la luna entregaba, en cambio, una iluminación pálida de sus rostros. En ese momento, ambos se tenían miedo, pero ninguno lo decía. Simplemente no se miraban, ella pisaba sus pies para no ensuciarse con la arena, había dejado que él la abrace mientras miraba la playa, él dejaba que el viento los meza a su antojo. Esta vez sonaba “Poquita fe”, bailaban al ritmo aéreo e imaginario de Los Panchos.

Permanecieron sin soltarse por un largo rato. Los dos querían cariño sin preguntarse por qué. En silencio, Javier reconoce que extrañaba la piel de Lucía y se pregunta si no acabaría enamorándose de esa chica, a pesar de negarlo siempre. Quizás, pensaba, uno no se enamora de quien lo ama, sino de quien lo quiere más. En un acto infantil, colocó los dientes en su hombro, sin clavarlos, besaba su cuello y Lucía no se inmutaba, lo dejaba jugar con su cuerpo. Sus cabellos largos y negrísimos quedaban impregnados en los labios de él, acto que la alertaba y “abre la boca”, decía ella. Obediente, él abría sus fauces y ella recogía su pelo. La veía tranquila, pero algo la molestaba.

Lucía estaba pensando, analizando las consecuencias de llevarse a Javier a su casa esa noche. Tal vez sería muy pronto, pobrecito, lo había tenido todo el verano en esos vaivenes de rutina que aplicaba a los chicos para asegurarse de que no la lastimaran. Javier ya había llegado lejos, la seguía buscando a pesar de los desplantes. Había manejado lo necesariamente picado para morir en el intento de buscarla, lo cual le aumentaba algunos puntos. Milagrosamente, Peter no le causó celos.

Lucía maquinaba, Javier era el títere más absurdo que había controlado. Largos kilómetros de experiencia en hombres y no se ponía de acuerdo consigo misma sobre la naturaleza de su cariño, que a la vez era rechazo, por Javier. No lograba cuadrarlo en las clasificaciones de hombres que había recolectado en su última etapa adolescente. Tal vez el parecido con aquel novio de la infancia, Ringo, sí. Tiene un aire a él.

–Quién es Ringo –dijo Javier, calmo–.
–¿Qué?
–Dijiste que me parecía a un tal Ringo.
–Seguramente pensaba en voz alta.
–Y qué pensabas.
–Que te pareces a mi primer ex, no a Tiger, sino a Ringo, así se llamaba.
–¿En qué sentido?
–Actúas igualito que él.

Javier rió. ¿Otro como él?, pensaba, otra vez Lucía contra la corriente, a la vanguardia del pensamiento, contradiciendo ese dogma occidental o engaño barato que dice que cada quien es único. Nada más mentiroso. Tanto estuvo buscando él a su par en el mundo, que resultó ser el primer enamorado de Lucía. Tuvo que aplazar la curiosidad para otro momento, hablaron un rato más y Lucía aceptó: “Tengo frío, vamos arriba un rato”.

–Está mi hermano, no quiero que hagas bulla –advirtió ella–.
–Está bien –dijo Javier en voz bajísima a pesar de que nadie los oía–.
–Escúchame, cuando te pida que te vayas, te vas.
–No te preocupes, no haré nada que no quieras.
–Es la típica excusa, no jodas y prende el carro.

Engañar a Lucía era imposible. Había logrado lo más difícil, entrar a su reino, pero no debía cantar victoria, ella le dijo que lo esperara un rato a que verificara el estado onírico de su hermano Jeremías. Fueron cinco minutos que se hicieron eternos, las ganas lo carcomían, por fin tendría su premio.

Fotografía por gabriele chiapparini


Cuando abrió la puerta, Lucía se había cambiado la ropa, ahora lucía una minifalda extrema, herencia de su juventud, ¿cuántos tipos habrían caído con esa prenda que podía calificar como íntima dado el diminuto uso de hilos y tela? Entraron de la mano, el mueble rechinó apenas se sentaron. Era una mala señal, pues sólo una cortina separaba el cuarto de su hermano de la sala. Lucía lo calló, si querían hacerlo tenían que ser menos ruidosos que los ronquidos de Jeremías. Al parecer, Lucía tenía las ganas puestas.

Javier la recostó suavemente e intentó besarla, ella accedió, solamente el cuello, nada más, no te propases todavía. La mojaba con sus caricias y manos inquietas que repasaban la firme delgadez de sus piernas, perfectamente depiladas, cercanas a una bendición. Continuaba por sus senos vertiginosos, introducía sus ojos por dentro del escote que no estaba permitido descolocar. “Nada con las manos, sólo labios”, ordenaba ella. “Soy mis labios, Lucía, soy mis labios”, convencía él a ojos cerrados.

Por si no ha quedado claro, no aspiraba a penetrarla. Una meta tan bondadosa como esa sólo lo convertía en un cavernícola, un tipo controlado por sus esfínteres sexuales, vale decir arrecho. Quería escuchar de los labios de Lucía que lo necesitaba, vamos, que lo amaba y se había enamorado de él. Escucharla decir eso sería su primer placer y última venganza contra esa mujer bandida que se permitía maniatarlo. Después, quizá, se enamoraría también. Lucía tenía la misma idea, le gustaba mas no se lo iba a decir. Ninguno quería depender del otro y el primero que pronunciara esas palabras se convertiría en el más débil.

Todavía estaban cohibidos por la presencia del hermano fiscalizador que podría descubrirlos en cualquier momento si no tomaba las precauciones del caso. Si quería atravesarla tenía que hacerlo con el polvo más delicado que fuera capaz de inventar. Sin embargo, tuvo poco cuidado al subirla repentinamente encima de él. Él dijo que su cuerpo lo hechizaba.

–Vas a entrar si te portas bien–dijo Lucía, callándolo con un dedo sobre su boca–.

Era un recorrido privilegiado para su vista, el panorama de sus piernas que terminaban en el misterio de la minifalda negra lo encandilaba. Sus respiraciones se hicieron menos hondas que furiosas y lo obligaron a soltarse la bragueta. Lucía sólo dejaba que le destape el sostén para que Javier dibujara con la lengua círculos interminables en las aureolas que coronaban sus pechos jubilosos. Fue un buen intento, pero Lucía estaba lejos de acceder. Todavía tenía que trabajar en ello, faltaba mucho, apenas y estaban en las superficies del cariño.

Con los pantalones abajo y el bóxer puesto, las primeras gotas caían del colgajo de Javier. Lucía sentía el bulto entre sus piernas mientras miraba las cortinas de Jeremías. Javier seguía moviéndose. El frote abrigado del calzón de Lucía con su sexo despistaba el frío.

Intentó moverle la incómoda prenda con dos dedos, ella se defendió, forcejearon un instante y ella quedó de espaldas, Javier la atrajo hacia él, le tapó la boca sin miramientos e introdujo su mano izquierda en la entrepierna indefensa de Lucía. Se dejó llevar unos segundos, abandonó su cuerpo a las palpitaciones que el universo depositaba al sur de su ombligo. Dos dedos que se volvieron tres, luego cuatro, poco a poco. Cualquier punto en la piel de Lucía quedó convertido en un volcán que de pronto estalló en un grito.

Javier, con los ojos cerrados, trataba de retenerla a su lado. Ella tuvo que descolgar un codazo en el bajo pecho de Javier para zafarse. La falta de aire derrumbó su erección, apenas pudo quejarse del golpe cuando escuchó que Lucía decía “no, no, no ¡qué haces aquí, vete!”, Javier giró un poco la mirada y allí estaba de pie el hermano: ¡Jeremías frente a ellos!

Lucía, tocada de nervios, volvió a gritar. A pesar que estaba vestida, se tapaba el cuerpo con los brazos y ordenaba repetidamente a su hermano “¡vuelve a dormir, vuelve!”. Javier advirtió que Jeremías estaba mudo y quieto, como un gallo dormido. “Lucía, cállate, tu hermano está dormido”, dijo en voz baja. Ella lo miró incrédula. Él se paró y se le cayeron los pantalones, Lucía se tapó la cara y le dio tiempo, su hermano no se movía. “Míralo, es sonámbulo”, repitió Javier convencido. Imposible, pensó ella, tanto tiempo alejada y peleada con su hermano que no se enteró que padecía ese trastorno.

Javier quiso reanudar las tratativas y Lucía lo empujó. Guió a Jeremías con mucho cuidado hasta su cama nuevamente, era el segundo mayor favor que le hacía tras quince años de haberse conocido. El favor por excelencia que había tenido con él fue llevarlo al hospital por una emergencia cuando estaban solos, se le había cerrado el pecho, de eso habían pasado tres años.

Pasado el susto, Lucía volvió a la sala con los pechos semidesnudos y la falda mini intacta. La luz de la noche hacía más delgada su figura, escondía algunos ángulos de su cuerpo y le confería un aire gatubelesco. Era perfectamente envidiable para cualquiera que Javier estuviera con ella en su sala, después de Tiger, era el primero que pisaba esos dominios en mucho tiempo. Rápidamente, Lucía pensó que era conveniente que Javier se borrara en ese momento de su casa, llegó a esa conclusión al verlo en su sofá con la bragueta abierta, como si fuera el rey de Chorrillos. La última mirada seductora que articuló, lo volvió más que insoportable.

“¡Lárgate!”, pronunció cuando estuvo a escasos milímetros de él. Javier, sin entender nada,  intentó besarla de nuevo. Ella no se dejó y él la forzó un poco. Lucía repitió la orden. “Lucía, no me puedes dejar así”, replicó Javier. “Yo te dejo cómo y cuando se me antoje”, sentenció Lucía. Obligado a ponerse el polo, tomó su correa, murmuró algunas procacidades, maldijo su suerte y se tragó el malhumor cuando Lucía le dio un último beso antes de votarlo a las calles que coqueteaban con el amanecer.

Lucía, recostada en la puerta que acababa de cerrar en las narices de Javier, respiró hondamente, sintió alivio. Cuando se volvió a su sala, observó los escombros de una aventura que no pensó tener. Sonrió. Un mensaje llegó a su celular, perdido en algún lugar de la sala, removió las cosas y lo encontró debajo de uno de los cojines caídos, abrió el mensaje, era de Javier, se dispuso a leerlo cuando estalló la voz de Jeremías: “¡sonámbulo mis huevos, loca de mierda!”, para dividir la noche del día.

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Esta historia en una canción


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ANUNCIO 1: Ya se viene la Convocatoria para las Plumas Invitadas 2012. Quizás las últimas de este blog dormilón.

ANUNCIO 2: Asimismo, pedimos disculpas por la abrupta desaparición de dos posts de Teni. Al parecer, algún enemigo suyo se metió en su cuenta y borró los posts que hablaban de Sofía. En los próximos días, serán repuestos. Y en venganza, yo mismo escribiré sobre esa chica Sofía de los Cojones que nos ha rayado a los dos.

ANUNCIO 3: Un saludo a la amiga @FioFiestas y a sus amigas. Esperamos que se animen a abrir su blog de crónicas personales, como ven, no es tan difícil. Abrazos, nos vemos en una próxima parrillada.

ANUNCIO 4: Este mes empecé en una chamba semi-periodística. Tengo que entrevistar egresados y preguntarles cómo les va en sus vidas laborales. Es un freelance para una web de la Universidad. En una de las comisiones, conocí a Leisy, una publicista que me cayó tan bien (podría decir, a riesgo de que se entere, que me conquistó) que creo que me salió un buen texto. Espero que lo puedan revisar: Entrevista: Leisy, publicista. Cada mes, procuraré colgar uno hasta que me boten.

¡FELIZ 28 A TODOS!