jueves, 28 de julio de 2011

IX. Colores al caer la noche

Jueves, 7 de enero de 2010
En vista que Pilar Carreño, la novia de Jorge Vilela, lo consumía más que los cigarrillos Pall Mall rojo a sus ahorros, Javier quiso rescatar a su amigo el gordo Vilela para ir a la “noche de cacería” que éste le prometió tras la fallida salida de año nuevo. Por supuesto que lo decía de puras ganas de animar el espíritu solitario de Javier. Alardeaba, él estaba contento con su “Pili”, como la llamaba.

Jorge siempre lo había visto solo, encerrado en sus ideas militantes del amor hacia el propio cuerpo y el cultivo de placeres literarios, un rollo que le parecía inusual en sus otros amigos. Si Jorge quería ser escritor no debía despegarse mucho de Javier, quien pensaba lo mismo al revés. Las ganas de ser un escritor del gordo Vilela reproducían en Javier el mismo sueño adolescente y principista de vivir a costa de sus poemas malheridos. Un sueño que, estaban seguros, los sorprendería haciendo esfuerzos denodados para que otras chicas los choteen.

Sin embargo, el gordo Vilela se había liberado del vía crucis del amor no correspondido. Pilar le enseñó la alegría otra vez, tras cortar con Ximena, su primera novia, y haber vivido enamorado por cuatro años de su mejor amiga Blue. Como siempre, se aparecía con su clásico saludo de bienvenida, “¡el gran Javi, una de las grandes leyendas!”, al parque Ruidíaz, donde el gordo se había detenido por unos puchos más. Siempre lo recibía contándole una de sus últimas aventuras, esta vez le contó sobre el corto que planeaba hacer en verano, cuando se matriculara en unos cursos de la Católica.

El ánimo rozagante y chispeante de Jorge lo obligaba a pensar en la estrecha relación que hay entre la felicidad y las grasas corporales. El gordo Jorge nunca estaba triste, y menos ahora que esperaba a Pilarcita, su dama de costumbres duras. Ella, poco más alta que él, era rasta, apariencia que agradaba sobremanera a Jorge, quien ahora debía recogerla en Sucre y Bolívar y le pidió a Javier que lo acompañe.

Javier accedió, no veía muy seguido a Pilar, las pocas veces que salieron los tres, se llevaron bien y no había problema en salir de a tres. Ella había metido a Jorge en el mundo de la elevación terrenal, es decir, la marihuana. Para ella no era un juego y todo debía hacerse con muchísimo respeto. Tomó Ayahuasca varias veces en los viajes a la selva que hizo acompañada por amigos y uno que otro amante que encontró en el camino.

El gordo Vilela encontraba descanso en las pitadas que le daba a diario a un moñito de esas plantas inspiradoras, le agradecía a la marihuana la idea de su último corto: un fotógrafo enamorado de la fantasma al que sólo veía en la película revelada de sus rollos Ilford 400 ISO. Conocer a Pilar lo había reconciliado con el mundo y consigo mismo. Habían peleas, claro, como en toda relación, pero quién no las tiene.

De pronto, un taxi estacionó, descendieron dos piernas torneadas, caderas anchas que se perdían en una cintura delgada, botas pequeñas de gamuza daban comienzo al pantalón ceñido y casaca de jean de muchos bolsillos que ocultaba dos senos vigorosos de pezones enhiestos, coronados por la sonrisa que un dios delirante había dibujado en su rostro. Su color trigueño y ojos negro profundo acompañaban las matas de cabellos propias del rasta, enrolladas y anudadas sin orden aparente y sacramentadas en algún ritual de danzas shipibas.

Se saludaron y decidieron a dónde ir. ¿Miraflores, Barranco, el Centro?, pensaron. Mejor, empezaron con un ron comprado en “La Esperanza”, un bar de Sucre. Acabado éste, decidirían qué hacer. Conversaban de todo un poco, Javier sólo se sentía incómodo las pocas veces que los tórtolos se besaban hasta morderse. El bar contaba con una rocola antigua, escoriada por el tiempo, apolillada pero viva gracias a los amantes que, como Jorge el gordo Vilela, romántico empedernido y admirador de Benedetti, incrustaban monedas para reproducir  “Sabor a mí” en la voz del trío Los Panchos.

En un rapto de dulcíneo querer, el rolludo aspirante a escritor le propuso bailar a la chica rasta, ella accedió, un poco de música de antaño, cuando todavía no había nacido no contrariaba sus gustos musicales. Se cimbreaban en la pista, unas piruetas sólo vistas en los abuelos del gordo Vilela. Javier los miraba y celebraba a lo lejos con unas palmadas exageradas de borracho.

Cuando el reloj filoteaba la medianoche, la pareja rara y ejemplar se despidió del chico solitario. Jorge quedó en juntarse otro día con Javier, que caminó con las manos en los bolsillos por todo Sucre hasta llegar al mar. Imaginaba que en esos mismos momentos, el gordo y la rasta se estaban trenzando en alguna cama de algún hotel de Magdalena, los más baratos de Lima, según Jorgito.

Contemplaba el mar desde lo alto del acantilado, era inevitable no pensar en matarse allí mismo, en los peñascos de Magdalena, quedar atrapado en uno de esas cuevas discretas o tendido en esas plantaciones que tan bien hacían lucir la primera frontera de la ciudad que escondía debajo el reino de las ratas y roedores de todos los tamaños, futuros gobernadores de Lima (si no lo eran ya) cuando la humanidad se extinga. Comprendió que todavía no era tiempo, le faltaba saldar una deuda, debía buscar a Lucía e irse, írsele.

No la llamó, tomó un taxi hasta su casa y sacó el carro de su viejo. Manejó como un energúmeno por todo el circuito de playas hasta Chorrillos. Sólo se detuvo para contemplar todos los autos estacionados al borde de la playa, pensó que era un buen lugar para llevar a Lucía. No respetó un solo semáforo, el ron aun no se movía de su cerebro, casi se mata en la curva de entrada a la avenida Huaylas, pero allí estaba, entero, para tocar el timbre de la casa verde de Lucía.

“¿Eres tú?”, dijo una voz venida de la oscuridad, era Lucía, volvía de una reunión de colegas del octavo ciclo de Derecho, estaba acompañada por Peter Argüello. Después de tantas vueltas, el alcohol, que disparaba la imaginación de Javier, ahora lo sosegaba y no le permitía gritar lo que pensaba. Qué haces, puta, volviendo tan tarde con ese tipejo, pensaba mordiéndose los labios.

Lucía no se dio la molestia de presentarlos. Él supo que era un tal Peter porque así escuchó cuando se despidieron. Peter se fue sin chistar, como si lo conociera y supiera que sobraba en ese momento. No se dieron la mano, pero Javier recordaría a ese chico que sabía cuando quedarse callado.

–Para qué has venido –inició Lucia, seca–.
–Quería conversar, ¿estás bien?
–Sí, dime.
–Subamos al auto.
–Acá estoy bien, gracias.
–Es que hace frío y tu abrigo es muy delgado.
–No te preocupes, cuando tenga frío me meteré a mi casa.

Se miraban. Ella sostenía la mirada con una energía que lo superaba. El silencio de Lucía resondraba al atrevimiento de Javier de presentarse así de la nada. Cada vez que ella subía a ese auto blanco era para olvidarse de su nombre y procedencia. “Jamás haré nada contigo”, eran las palabras resueltas de Lucía. La ardua tarea de conquistarla comenzaba de nuevo. Debía ser suave y atinado, controlar los comentarios de más, hervir su cabeza lo menos posible, jugar con la distancia de sus cuerpos.

–¿Quieres ir a ver la luna? –disparó Javier–.
–De acá la veo bien –atajó Lucía–.
–En la playa se aprecia mejor –retrucó–.
–¿Por qué? –movió imperceptibles los labios, Lucía lo pensaba–.
–No hay postes que alumbren, veremos la verdadera luz de luna.
–Sonso, está bien pero voy atrás –decidió Lucía–.
–¡Hecho! –se alegró Javier y rodeó el auto, abrió su puerta y olvidó abrir la de ella–.

(…)

Hechos-sin-fechar
Eran las cuatro de la madrugada, Javier no podía dormir y pensó “no hay más explicación”. El mar, el ruido sereno del oleaje, la violencia contenida del océano, modelaba el carácter de su chica, cómo no lo supo antes.

La humedad que circundaba, la neblina incesante, estaba convencido, debía incidir mortalmente en la piel de ella, aclarándola, haciéndola tersa, delgada y delicada, sólo interrumpida por la constelación de lunares dibujada en su espalda. El blanco inmaculado de sus brazos y, suponía, las demás zonas de su cuerpo, no era simple producto de la genética. Tiene que ser el mar que me la entrega así, pensaba, gracias, decía.

Acaso las miles de caminatas que Lucía acostumbraba a hacer a la vuelta de su trabajo de medio tiempo abrigada por la humedad de Chorrillos (ese distrito tragado por la niebla) le confería un carácter fantasmal o posibilitaba retrotraerse en ella misma con facilidad que olvidaba sus compromisos con otras personas como, por ejemplo, Javier, quien era víctima del radicalismo de sus decisiones.

Qué pasaba dentro de la cabeza de Lucía que parecía no necesitarlo nunca o que debía estar sola cuando simplemente quería estar sola. Era una noche más que se quedaba dormido buscando explicaciones.

Al mediodía, tendido en su cama, abrió los ojos un momento. Se percató de la hora. Debía salir eyectado de la cama, pero no acostumbraba a traicionar su sueño de esa manera. Logró pensar un parlamento que se convirtió en una oda a los sueños antes de despertar completamente. Estaba en segunda persona, quizás porque los sueños no tienen sexo: “Primero eres tú, luego mi vida, cualquiera de las muchas que haya tenido, las varias que viví son muy aburridas, en cambio tú no. Contigo me eternizo, me descontrolo e independizo, no soy hombre tampoco mujer. Ojalá no olvide esto cuando muera, muerda, tuerta, ¡cuando duerma!”, gritó, recuperando la lucidez.

Cuando se levantó de la cama, trató de recordar aquello que había dicho y no pudo. Se había escapado para siempre. Mientras tomaba su desayuno, se sentía decepcionado por no haber apuntado inmediatamente lo que habló entre sueños y que ahora había olvidado. Elucubraba las mejores ideas cuando dormía, despojado de cualquier conexión con la realidad, renunciado a la razón, indefenso ante la verdadera forma de sus pensamientos, los más básicos y sinceros, fuerza sobrenatural que lo vencía siempre.

En el desayuno, que en realidad era almuerzo, charlando con su hermana menor, ella le contaba, mientras tomaba su sopa de sémola, un problema que había tenido en el colegio con unas chicas en el recreo que eran de cuarto grado de primaria y no la dejaban jugar, a ella y a todas sus amigas de primero de primaria, con el columpio. Recordó que él también tuvo el mismo problema de pequeño, que estuvo en los dos lados, el indefenso y del que abusaba de su poder. Pensó que no era bueno aconsejarle a su hermana que pelee contra esas niñas porque podría resultar golpeada, tampoco que le cuente a su profesora, pues podía quedar como acusete. La salida más noble, le dijo, era la insurrección. No armada, sino la unión de todas las niñas abusadas que no eran de sexto. No pelearse, le decía, presentarse ante una autoridad y decirle, en nombre de todas las niñas en el mundo arrebatadas de los columpios, que derroquen a esas mujeres nada solidarias. De pronto, encontró conexiones. Los sueños eran un lugar tan íntimo, profundo y felizmente privado, que no tenía la posibilidad de insurgir contra ellos. Debía capear el momento y no molestarse, esperar que todo vaya por buen camino. La solución pacífica que le recomendaba a su pequeña hermana y la voluntad de no pelearse con su memoria por no haber retenido las palabras que había soñado eran coherentes, pensó, alguna fuerza sobrenatural se encargaba de robarle, y quizás de devolverle después, cuando estuviera preparado, sus palabras (cuyos gramos de sabiduría no estaban probados). Tal vez hay ideas que son columpios que no podemos montar todavía.

Si la conocía bien, Lucía estaría gobernada por esas fuerzas sobrenaturales o por la naturaleza misma. Descubrió que eso se condecía con su actitud de no obligar a que las cosas sucedan, o de respetar cuando Lucía decía que no. Un día tendría que estallar, estaba entre sus posibilidades. Por ahora estaba perfecto el roce que Lucía propiciaba, lo que le intrigaba saber era el momento en que Lucía lo acorralaría con su juego, en pocas palabras, si acaso se enamoraría de ella y en cuánto tiempo.

Por ahora, tenía claro que no sentía por ella nada más que sana diversión. Él estaba sólo, ella también. No había marcha atrás en la amistad que los unió una vez, siempre lo desearon y nunca se dijeron nada. Lucía, si te hubiera conocido sola estaría perdido por ti, le dijo una de las tantas veces que pecó de sincero con ella sin darse cuenta que la hería. La presencia de Tiger, novio de ella por aquel entonces, lo ayudaba a pensarla como una amiga o máximo una con derechos, bueno, a veces la vida es irónica: “estudias Derecho y ocasionalmente tendrás derechos sobre mí”, le dijo la siguiente vez.

Las confesiones continuaban, cuando Lucía le preguntó si frecuentaba a otras chicas, Javier le contó que podía salir con otras chicas sin problemas, que nada se lo impedía, cagándola más, lastimándola. Lo decía de puro libérrimo, para proteger su condición independiente, ¿acaso salía con alguien más?, le aterraba ser gobernado por una mujer, sólo se permitía esa figura las veces que una chica le gustaba de manera irreversible, que es la única manera que sabía enamorarse (y lo había estado dos o tres veces en su vida) como para arrogarle esos dominios a Lucía.

Sin embargo, con Lucía encontraba la diversión y la locura negadas en brazos de otras. Nada como transgredir reglas al lado de una abogada, y todo iba bien hasta que ella le preguntó lo que ningún tipo que ama mínimamente su libertad espera oír de la chica que le presta cobijo: qué somos, qué quieres conmigo, enfiló ella una vez. Otra vez muy suelto de huesos, sin pensar en las consecuencias, le dijo que le gustaba el tiempo que pasaba con ella pero que las formalidades podían demorar un poco más. Lucía enfureció, bajó del auto y caminó sola a casa.

(…)

Jueves, 7 de enero de 2010
Tenía razón. En la playa, sumida en la oscuridad más pura, la noche entregaba los verdaderos colores que la asemejaban al más recóndito universo. Al fondo, la delgada línea que separa el cielo y el mar se había borrado. La luz fría de la luna entregaba, en cambio, una iluminación pálida de sus rostros. En ese momento, ambos se tenían miedo, pero ninguno lo decía. Simplemente no se miraban, ella pisaba sus pies para no ensuciarse con la arena, había dejado que él la abrace mientras miraba la playa, él dejaba que el viento los meza a su antojo. Esta vez sonaba “Poquita fe”, bailaban al ritmo aéreo e imaginario de Los Panchos.

Permanecieron sin soltarse por un largo rato. Los dos querían cariño sin preguntarse por qué. En silencio, Javier reconoce que extrañaba la piel de Lucía y se pregunta si no acabaría enamorándose de esa chica, a pesar de negarlo siempre. Quizás, pensaba, uno no se enamora de quien lo ama, sino de quien lo quiere más. En un acto infantil, colocó los dientes en su hombro, sin clavarlos, besaba su cuello y Lucía no se inmutaba, lo dejaba jugar con su cuerpo. Sus cabellos largos y negrísimos quedaban impregnados en los labios de él, acto que la alertaba y “abre la boca”, decía ella. Obediente, él abría sus fauces y ella recogía su pelo. La veía tranquila, pero algo la molestaba.

Lucía estaba pensando, analizando las consecuencias de llevarse a Javier a su casa esa noche. Tal vez sería muy pronto, pobrecito, lo había tenido todo el verano en esos vaivenes de rutina que aplicaba a los chicos para asegurarse de que no la lastimaran. Javier ya había llegado lejos, la seguía buscando a pesar de los desplantes. Había manejado lo necesariamente picado para morir en el intento de buscarla, lo cual le aumentaba algunos puntos. Milagrosamente, Peter no le causó celos.

Lucía maquinaba, Javier era el títere más absurdo que había controlado. Largos kilómetros de experiencia en hombres y no se ponía de acuerdo consigo misma sobre la naturaleza de su cariño, que a la vez era rechazo, por Javier. No lograba cuadrarlo en las clasificaciones de hombres que había recolectado en su última etapa adolescente. Tal vez el parecido con aquel novio de la infancia, Ringo, sí. Tiene un aire a él.

–Quién es Ringo –dijo Javier, calmo–.
–¿Qué?
–Dijiste que me parecía a un tal Ringo.
–Seguramente pensaba en voz alta.
–Y qué pensabas.
–Que te pareces a mi primer ex, no a Tiger, sino a Ringo, así se llamaba.
–¿En qué sentido?
–Actúas igualito que él.

Javier rió. ¿Otro como él?, pensaba, otra vez Lucía contra la corriente, a la vanguardia del pensamiento, contradiciendo ese dogma occidental o engaño barato que dice que cada quien es único. Nada más mentiroso. Tanto estuvo buscando él a su par en el mundo, que resultó ser el primer enamorado de Lucía. Tuvo que aplazar la curiosidad para otro momento, hablaron un rato más y Lucía aceptó: “Tengo frío, vamos arriba un rato”.

–Está mi hermano, no quiero que hagas bulla –advirtió ella–.
–Está bien –dijo Javier en voz bajísima a pesar de que nadie los oía–.
–Escúchame, cuando te pida que te vayas, te vas.
–No te preocupes, no haré nada que no quieras.
–Es la típica excusa, no jodas y prende el carro.

Engañar a Lucía era imposible. Había logrado lo más difícil, entrar a su reino, pero no debía cantar victoria, ella le dijo que lo esperara un rato a que verificara el estado onírico de su hermano Jeremías. Fueron cinco minutos que se hicieron eternos, las ganas lo carcomían, por fin tendría su premio.

Fotografía por gabriele chiapparini


Cuando abrió la puerta, Lucía se había cambiado la ropa, ahora lucía una minifalda extrema, herencia de su juventud, ¿cuántos tipos habrían caído con esa prenda que podía calificar como íntima dado el diminuto uso de hilos y tela? Entraron de la mano, el mueble rechinó apenas se sentaron. Era una mala señal, pues sólo una cortina separaba el cuarto de su hermano de la sala. Lucía lo calló, si querían hacerlo tenían que ser menos ruidosos que los ronquidos de Jeremías. Al parecer, Lucía tenía las ganas puestas.

Javier la recostó suavemente e intentó besarla, ella accedió, solamente el cuello, nada más, no te propases todavía. La mojaba con sus caricias y manos inquietas que repasaban la firme delgadez de sus piernas, perfectamente depiladas, cercanas a una bendición. Continuaba por sus senos vertiginosos, introducía sus ojos por dentro del escote que no estaba permitido descolocar. “Nada con las manos, sólo labios”, ordenaba ella. “Soy mis labios, Lucía, soy mis labios”, convencía él a ojos cerrados.

Por si no ha quedado claro, no aspiraba a penetrarla. Una meta tan bondadosa como esa sólo lo convertía en un cavernícola, un tipo controlado por sus esfínteres sexuales, vale decir arrecho. Quería escuchar de los labios de Lucía que lo necesitaba, vamos, que lo amaba y se había enamorado de él. Escucharla decir eso sería su primer placer y última venganza contra esa mujer bandida que se permitía maniatarlo. Después, quizá, se enamoraría también. Lucía tenía la misma idea, le gustaba mas no se lo iba a decir. Ninguno quería depender del otro y el primero que pronunciara esas palabras se convertiría en el más débil.

Todavía estaban cohibidos por la presencia del hermano fiscalizador que podría descubrirlos en cualquier momento si no tomaba las precauciones del caso. Si quería atravesarla tenía que hacerlo con el polvo más delicado que fuera capaz de inventar. Sin embargo, tuvo poco cuidado al subirla repentinamente encima de él. Él dijo que su cuerpo lo hechizaba.

–Vas a entrar si te portas bien–dijo Lucía, callándolo con un dedo sobre su boca–.

Era un recorrido privilegiado para su vista, el panorama de sus piernas que terminaban en el misterio de la minifalda negra lo encandilaba. Sus respiraciones se hicieron menos hondas que furiosas y lo obligaron a soltarse la bragueta. Lucía sólo dejaba que le destape el sostén para que Javier dibujara con la lengua círculos interminables en las aureolas que coronaban sus pechos jubilosos. Fue un buen intento, pero Lucía estaba lejos de acceder. Todavía tenía que trabajar en ello, faltaba mucho, apenas y estaban en las superficies del cariño.

Con los pantalones abajo y el bóxer puesto, las primeras gotas caían del colgajo de Javier. Lucía sentía el bulto entre sus piernas mientras miraba las cortinas de Jeremías. Javier seguía moviéndose. El frote abrigado del calzón de Lucía con su sexo despistaba el frío.

Intentó moverle la incómoda prenda con dos dedos, ella se defendió, forcejearon un instante y ella quedó de espaldas, Javier la atrajo hacia él, le tapó la boca sin miramientos e introdujo su mano izquierda en la entrepierna indefensa de Lucía. Se dejó llevar unos segundos, abandonó su cuerpo a las palpitaciones que el universo depositaba al sur de su ombligo. Dos dedos que se volvieron tres, luego cuatro, poco a poco. Cualquier punto en la piel de Lucía quedó convertido en un volcán que de pronto estalló en un grito.

Javier, con los ojos cerrados, trataba de retenerla a su lado. Ella tuvo que descolgar un codazo en el bajo pecho de Javier para zafarse. La falta de aire derrumbó su erección, apenas pudo quejarse del golpe cuando escuchó que Lucía decía “no, no, no ¡qué haces aquí, vete!”, Javier giró un poco la mirada y allí estaba de pie el hermano: ¡Jeremías frente a ellos!

Lucía, tocada de nervios, volvió a gritar. A pesar que estaba vestida, se tapaba el cuerpo con los brazos y ordenaba repetidamente a su hermano “¡vuelve a dormir, vuelve!”. Javier advirtió que Jeremías estaba mudo y quieto, como un gallo dormido. “Lucía, cállate, tu hermano está dormido”, dijo en voz baja. Ella lo miró incrédula. Él se paró y se le cayeron los pantalones, Lucía se tapó la cara y le dio tiempo, su hermano no se movía. “Míralo, es sonámbulo”, repitió Javier convencido. Imposible, pensó ella, tanto tiempo alejada y peleada con su hermano que no se enteró que padecía ese trastorno.

Javier quiso reanudar las tratativas y Lucía lo empujó. Guió a Jeremías con mucho cuidado hasta su cama nuevamente, era el segundo mayor favor que le hacía tras quince años de haberse conocido. El favor por excelencia que había tenido con él fue llevarlo al hospital por una emergencia cuando estaban solos, se le había cerrado el pecho, de eso habían pasado tres años.

Pasado el susto, Lucía volvió a la sala con los pechos semidesnudos y la falda mini intacta. La luz de la noche hacía más delgada su figura, escondía algunos ángulos de su cuerpo y le confería un aire gatubelesco. Era perfectamente envidiable para cualquiera que Javier estuviera con ella en su sala, después de Tiger, era el primero que pisaba esos dominios en mucho tiempo. Rápidamente, Lucía pensó que era conveniente que Javier se borrara en ese momento de su casa, llegó a esa conclusión al verlo en su sofá con la bragueta abierta, como si fuera el rey de Chorrillos. La última mirada seductora que articuló, lo volvió más que insoportable.

“¡Lárgate!”, pronunció cuando estuvo a escasos milímetros de él. Javier, sin entender nada,  intentó besarla de nuevo. Ella no se dejó y él la forzó un poco. Lucía repitió la orden. “Lucía, no me puedes dejar así”, replicó Javier. “Yo te dejo cómo y cuando se me antoje”, sentenció Lucía. Obligado a ponerse el polo, tomó su correa, murmuró algunas procacidades, maldijo su suerte y se tragó el malhumor cuando Lucía le dio un último beso antes de votarlo a las calles que coqueteaban con el amanecer.

Lucía, recostada en la puerta que acababa de cerrar en las narices de Javier, respiró hondamente, sintió alivio. Cuando se volvió a su sala, observó los escombros de una aventura que no pensó tener. Sonrió. Un mensaje llegó a su celular, perdido en algún lugar de la sala, removió las cosas y lo encontró debajo de uno de los cojines caídos, abrió el mensaje, era de Javier, se dispuso a leerlo cuando estalló la voz de Jeremías: “¡sonámbulo mis huevos, loca de mierda!”, para dividir la noche del día.

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Esta historia en una canción


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ANUNCIO 1: Ya se viene la Convocatoria para las Plumas Invitadas 2012. Quizás las últimas de este blog dormilón.

ANUNCIO 2: Asimismo, pedimos disculpas por la abrupta desaparición de dos posts de Teni. Al parecer, algún enemigo suyo se metió en su cuenta y borró los posts que hablaban de Sofía. En los próximos días, serán repuestos. Y en venganza, yo mismo escribiré sobre esa chica Sofía de los Cojones que nos ha rayado a los dos.

ANUNCIO 3: Un saludo a la amiga @FioFiestas y a sus amigas. Esperamos que se animen a abrir su blog de crónicas personales, como ven, no es tan difícil. Abrazos, nos vemos en una próxima parrillada.

ANUNCIO 4: Este mes empecé en una chamba semi-periodística. Tengo que entrevistar egresados y preguntarles cómo les va en sus vidas laborales. Es un freelance para una web de la Universidad. En una de las comisiones, conocí a Leisy, una publicista que me cayó tan bien (podría decir, a riesgo de que se entere, que me conquistó) que creo que me salió un buen texto. Espero que lo puedan revisar: Entrevista: Leisy, publicista. Cada mes, procuraré colgar uno hasta que me boten.

¡FELIZ 28 A TODOS!

jueves, 16 de junio de 2011

Déjala dormir (Episodio Final)


Duerme, hermosa. Sigue durmiendo por siglos. Tus ojos ya no conocerán más lágrimas ni adioses. Ahora tu reino es magnífico y se extiende desde el sueño hasta el sueño. 
(Lorenzo Helguero).

Fotografía por Gabriele Chiapparini
No estábamos solos en la cocina. Agazapados en una esquina, al costado de la refrigeradora, donde normalmente dejan secar los platos, un sitio estratégico sin duda, el paciente Athos intentaba besar a Rozzenda. Reprimieron sus juegos de seducción cuando vieron que S entraba conmigo por un vaso de agua. Se quedaron como estatuas, arruinamos su momento, hicieron silencio a la expectativa de lo que pasara.

Estoy concentrado y derretido por los ojos de S, lo demás no quiero entenderlo, me avoco a resolver su enigma y esperar la comunión. Como un nadador sumergido en una piscina olímpica, desatiendo las imágenes del exterior. Las risillas de esos dos espías entran por mis oídos como arpegios interestelares. Sólo estoy para escucharla, sólo vine para eso.

–Perdóname por estar confundida –dispara S–.
–Perdóname tú a mí por no buscarte todo este tiempo –admito–.
–Perdóname por jugar contigo, de verdad no quisiera –confiesa–.
–No te preocupes, es imposible querer a una sola persona a la vez.
–… –se entrega a un pedazo de mis labios–.
–Te he extrañado mucho, he querido llamarte cada día, cada noche, S.
–Yo también –la beso, dejo que me bese–.

Otra vez ella no me va a liberar tan fácil, minimiza mis fuerzas que se concentran en un solo punto, el de su boca. S, con la cara despintada, me mira dulzona, oficialmente no nos besamos, sólo nos entregamos a un pedazo de nuestros labios, lentos, sin mojarse mucho, con S prefiero el erotismo antes que el sexo. A diferencia del pasado que la besaba apresurado, como un niño loco, ahora quiero disfrutar todos los sabores de su cuerpo.

–Hey, acuérdate, primero es el agua –interrumpo– dime dónde está el agua –¿qué estudio científico avalaba mi creencia de que el agua, a menos que se la echara encima, le curaría el malestar etílico?–.
–No sé, no hay agua –y me miraba con cara de bésame, pero yo pudoroso, lo sé, la cagué, no quería aprovecharme–.

Athos y Rozzenda se ríen en la otra esquina, se toquetean, bien que deseaban hacer lo mismo. Por mi parte deseaba que desapareciera la escenografía, los micrófonos, la perfecta iluminación, los actores y actrices de reparto, extras, guiones, sólo deseaba que sobrevivieran S y los bocaditos.

–Eres muy bella, S.
–No mientas.
–No miento, te he visto en pijamas y…
–¿Cómo?
–Aquella foto con tus gatitas y sales preciosa –se ríe–.

Me mentí yo mismo, no a ella. Me pasé el tiempo pensando que el día que volviera a besar a S sería, no sé: en un cine, una banca de la universidad, el último piso del Centro Cívico, un mitin de Ollanta, una celda para reos primarios, cualquier esquina del mundo, incluso el cuarto de un hotel, y no en su cocina, espacio pulcro donde seguramente había desgranado arvejas o picado las cebollas de un rico lomo saltado que debo haber comido en un mundo imaginario. El poeta Toño Cisneros tuvo razón cuando dijo que el amor nunca se separa de la comida. Son dos momentos enlazados, irrompibles, ancestrales.

De repente, llevada por un arrebato, S huye de mí, abandona la cocina y vuelve a la fiesta. La tomé del brazo, quería irse y la solté. Rozzenda y Athos se acercaron a preguntarme por lo sucedido hace unos minutos. Debí soltar una frase cursi y procedí a contarles un poco de lo acontecido para creérmela yo mismo.

–Entonces qué haces acá, ¡anda por ella! –dice Rozzenda–.
–Dale unos minutos, que descanse –le respondo–.
–Huevón, si se duerme te olvidas de ella –aumenta Athos–.
–No puedo entrar, no es mi casa.
–Pato, pendejo, toda la fiesta te está envidiando y te quieren sacar la mierda –ingresa Teni a la cocina con los puños cerrados y altaneros–.
–Ja ja ja. No te preocupes, sabes que con medio ron encima ya soy invencible.
–¡Buena, Pato! –me choca las manos–. Esas retorcidas que te diste para besarla, sólo las haces tú.
–¿Cuáles retorcidas? –pregunto–.
–Por favor, esta es una conversación privada –interviene Athos un poco sonrojado, causando el arrobamiento de Teni que se retira resignado. Rozzenda sale con él, pero enrumba al cuarto de S–.
–Huevón, te está esperando en su cuarto –continua Athos–.
–Athos, por favor, cómo hablas así.
–Es que tú eres muy monce.
–Sí, lo sé. No quiero parecer apresurado, viejo.
–Cholo, esa huevona te quiere, me ha hablado de ti –la pregunta sería hace cuánto que no lo hace–. ¿Qué le dijiste?
–Bueno, lo necesario, que la extrañaba –dije–.
–¿Nada más?
–Ya me ha pasado, luego no se acuerda de nada.
–Cholo, ¡tú sí la haces!
–Espera, Athos. “Sí la haces” es una frase un poco machistona, por favor, mejor dime tú sí puedes.
–Como quieras, brother, pero ella te está esperando en su cuarto.
–Viejo, d´Artagnan va a querer pegarme.
–Qué chucha, huevón.
–No quiero broncas.
–¡Pasa nomás!
–Yo voy a ir, yo voy. Contemos hasta diez.
–No, loco, pídele permiso a su hermana nomás.

No era mi casa, me sentía un extraño, un ladrón que acaba de robarse la joya de la fiesta, el alma más brillante de ese castillo sumergido en las tinieblas. No se descarta que algún invitado que camufla mejor que yo su cariño por S, o alguno de los muchachos a los que acusé de robar mi ron Cartavio Superior, me apuñale aprovechando la oscuridad y esconda mi cadáver en una de las bañeras de la casa.

–Charlotte, ¿puedo entrar a hablar con S?
–Sí, con toda confianza.

“Gracias, bella”, digo en mi mente, “lástima que tengas novio”. Avanzo, veo tres puertas, elijo la que recuerdo es la habitación de mi amada dormida. Abro la primera de la izquierda, con miedo de encontrar a otro chico tendido a sus pies, aprovechando el pánico. No hay luz en la habitación, entreabro la puerta, saludo, pido poder pasar, nadie responde, ¿se quedó dormida? Prendo la luz y compruebo que no hay nadie, sólo una cama distendida, nada es como recuerdo, el olor tampoco es igual.

Recuerdo que cuando conversé en la baranda con Charlotte, ella me dijo que, ya que hospedaban a tres francesas de intercambio, estaba durmiendo en el mismo cuarto con S, dato que me llevó directo a la tercera puerta. Intenté y estaba cerrada con llave. Tal vez d´Artagnan o algún otro mosquetero había tomado la precaución de encerrarla como a Cenicienta en su cuarto. Imaginaba a sus gatitas ayudándome a encontrar las llaves.

Espero unos segundos luego de tocar por segunda vez. Nadie abre. Quién soy yo para pedirle que abra la puerta. Al fin y al cabo, ¿por qué, después que dejé pasar tanto tiempo, quiero reclamarle algo?, ¿y qué le quiero decir? pienso. ¿No me dijo ella que sólo jugaba?, ¿Que estaba confundida? ¿sabía lo que decía? Ebria no recordará nada, esa será su coartada. Me refugié en la idea de que los caminos antes transitados no deben volver a caminarse cuando de repente su cerquillo, soplado por el viento de la puerta abriéndose, descubrió sus ojos abismales.

No sé cómo pudo abrir la puerta y mantenerse en pie. Sin pensarlo dos veces, avanzo como una luz, pongo el pestillo a la puerta, la conduzco a la cama y veo a sus dos gatitas dormidas y flanqueándola a través de ronquidos que parecían gruñidos. Camino con cuidado, no son agresivas pero siendo su territorio es natural que no me quieran allí. Ella adopta la posición del Cristo del Pacífico para echarse a dormir, paso mis brazos sobre ella, los hundo en el edredón y pronuncio su nombre.

Unas arcadas la disparan de la cama, no la dejo sola, quiere arrojarlo todo. Abro la puerta, la tomo de los brazos nuevamente y caminamos a compás hasta el baño. La oscuridad no me permite dar cuenta del supuesto chico gay que, totalmente privado, cuelga del cuello en el wáter. Tal vez fue él quien quiso encerrarse con S y el vómito lo obligó a irse. Sujeto la frente de S y recojo sus cabellos para que no se manche nada. “¿Por qué eres tan bueno conmigo?”, preguntan los restos de S mirándome.

Le digo que quiero que esté bien, que primero es ella y yo no intentaré nada, que está segura conmigo, le prometo que me quedaré a cuidarla hasta que el amanecer le devuelva la lucidez necesaria para escuchar los sentimientos que debo desnudar.

No le digo que me siento culpable, que tal vez sus vómitos no se deban a los tragos que ha tomado sino a la presencia extraña de los pocos besos que nos dimos en la cocina.

“Ven, vamos a la azotea”, ordena acaso para buscar la tranquilidad que no tenemos allí. Ofrecimiento que no sé declinar, le sigo la corriente y subimos con mucho cuidado para que no tropiece. El ambiente se aligera, abajo quedó el infierno esperándonos y no pensamos volver. La azotea, donde unos calcetines cuelgan del cordel, está cubierta por una sábana invisible que la convierte en una burbuja, un espacio marginado de la torre.

Nos dirigimos hacia la izquierda, sigo en sus manos, ella prende la luz de una habitación secreta, se posa al lado de una bicicleta de llantas desinfladas y yo me detengo en el umbral de una puerta que todavía no existe. Nuestras miradas cadavéricas se sostienen la una a la otra, me acerco con ganas de embestirla a besos, nada me lo impide salvo el propio juramento de no aprovecharme de su estado, que ahora pienso no debí haber seguido tan al pie de la letra. Su mirada ya no se posaba en mí.

¡Claro que quería besarla!, no agarrar, chapar o picotearla, sino besarla como Dios manda y el colchón recostado en la pared sugiere. Apenas entré, lo vi con el rabillo de mis ojos sosegados por el ron. Ella, sabedora de las señales silenciosas, se quedó callada, todo fue un juego de miradas que desembocó en ingeniármelas para acomodar el colchón sin perderla de vista.

La recuesto, acomodo sus piernas y descansa por fin, quieta y tierna, belleza incorruptible, ¿acaso cuidaba lo fugaz? Más razón tenía el poeta Watanabe: “Yo soy el guardián del hielo”, dijo, esta chica se derrite en mis manos y no puedo hacer nada más que despedirla. Los latidos de la fiesta se apagan poco a poco. Le digo unas palabras como lanzándole un salvavidas. No te duermas, no te voy a besar pero no te duermas.

Mientras tanto, en la fiesta se arma un bochinche: un D´Artagnan ofuscado prepara la “Operación Rescate de S”: lo primero que hace es preguntarle a Teni, que estaba dopado, por el paradero de ella. “Creo que se fue a comprar”, responde Teni con la intención de desviarlo y darme un poco más de tiempo antes de mi apanado. D´Artagnan, guerrero pulido en las mentiras de la Realeza, no se come el cuento. Teni debe buscar aliados y pronto.

Aramis resucita y me vende con ojos asustados: “yo los he visto entrar ahí, no sé qué estaban haciendo”, dice. Convertido en el Loco del Martillo, D´Artagnan derriba la puerta del baño y no hay nadie. Aquí, Teni encuentra la aliada perfecta, la domadora de leones Rozzenda, que con su látigo castigaría a quien me hiciera daño. ¡Al otro baño, al otro baño!, presagia el jodido Aramis con aires de adivinador. La multitud se mueve presurosa al otro baño, encontrando solamente al chico que besaba el wáter.

Lo despiertan, le preguntan por S, responde: “¡arriba, arriba!” y lo dejan ahogarse en sus vómitos. Puedo oír cómo les cuesta forzar la puerta de abajo, miles de pisadas militares invaden la escalera. La nación entera, otra vez, sube corriendo las escaleras, ¿Estoy contra el reloj, los guerreros llegan para recluirme en la mazmorra? “¡Están arriba, envíen refuerzos!”, grita algún desubicado.

“Tienes unos buenos amigos, S. ya llegaron por ti”, le cuento a la dormilona. El cuento se ha terminado pero ningún esgrimista amateur me la quitará, pienso aguerrido. La espada de d´Artagnan es la primera en aparecer. Nos encuentran tendidos en el colchón blanco. Como todos queríamos, S dormía.

–¡Os encontré! –dice el espafachín, me ve sentado con ella–. Es hora de irse a dormir, cumpleañera.
–No quiero –despierta S–.
–Tienes que... no lo voy a discutir –su tono mandón me obliga a intervenir con voz firme, mirando a los ojos del hábil mosquetero–.
–Amigo d´Artagnan, qué pasa –le digo–.
–Vengo a llevarme a S a su dormitorio. Tiene que dormir.
–Pero acá está bien –replico–.
–Sí, d´Artagnan, estoy bien –balbucea S inconsciente–.
–Amigo d´Artagnan, ¿cuál es el problema?, no me estoy pasando de pendejo.
–No es eso, sólo que es mejor que bajemos.
–Te aseguro que no he hecho nada, sólo la quiero cuidar.
–Por favor, me han encargado la casa.
–No me florees.
–Soy el escudero de la Cumpleañera, es mi deber.

Una de las francesas interrumpe la contienda. Entra rauda y ayuda a S a levantarse. A ella no le voy a decir nada. Otra vez me la quitan, no puedo hacer nada, la llevan por la escalera y bajamos. Vueltos a la fiesta, veo que S es recluida en su dormitorio y yo soy enviado a la sala por un movimiento de ojos de su hermana Charlotte.

Sólo instantes después de volver a la celebración es la oportunidad para enterarse de todas las historias que se tejieron alrededor nuestro: las opiniones y diatribas que luego todos olvidarán que luego todos olvidarán según convenga. Busco a Teni con la mirada para que me las cuente desde su perspectiva. Está en una esquina, defiende una botella de ron que no ha soltado en toda la noche, hecho que me conmueve. Yo compré ese ron y él lo cuidó con su vida, el padre del ron no es el que paga por él, sino el que lo arropa y cuida de que no se pierda. Teni más que mi fiel escudero, era un fiel ronero, erase un borracho a una botella pegado. Preocuparse por mi ron es una forma de preocuparse por mí.

“¡Apareció el ron!”, me cuenta extasiado. Yo le cuento los últimos acontecimientos y él me aconseja esperar. Mientras tanto tráete una gaseosita de la mesa para combinar. Con todo gusto, le digo, me acerco a la mesa y un ser seboso se acerca y me habla.

–¿Qué fue amigo, la hiciste?
–Hacer qué.
–Ahí te vimos con la S, pues.
–Todo bien con ella, ¿por?
–Se desaparecieron hace rato.
–Tenía sueño, ya está mejor, ¿y tú quién eres?
–Dime Porthos, soy el cuarto mosquetero –se presenta. Ahora debía moverme con cuidado, identificar primero si estaba de mi lado–.
–Qué gusto, Porthos. ¿Has visto la gaseosa?
–Está por allá, pero mira aquí hay una servida –eleva un vaso misterioso–.
–¿Qué le han hechado?
–Es el último shot de Tequila.

Porthos parecía una bruja disfrazada de mosquetero que, subrepticiamente, me ofrece la manzana envenenada travestida en un brillantino vaso de cristal. Entiendo en cual lado de la fuerza quiere estar, este tipo no me quiere aquí y busca mandarme al suelo con un poderoso combinado de trago azteca. Pruebo un bocado y se lo devuelvo, acaso más indignado por sus intenciones que por la baja calidad del trago, según los mismos mexicanos, es el trago más barato allá y en Perú es costoso por el milagro de los aranceles.

Abandono al enemigo, vuelvo donde Teni que me cuenta que el tal Porthos es el ex novio de Rozzenda. Ellos estuvieron bailando muy animosamente toda la noche, me cuenta. No les presté atención pero se corren los rumores de que van a volver. Dato que me apena por lo que me vine a enterar luego, cuando el mosquetero Athos, relegado a las montañas ermitañas, viene a sentarse a mi lado.

Athos se sorprende cuando le digo que Rozzenda ha terminado con su novio el gordo Oliver Barrionuevo por un lío de faldas. Luego le pregunto por su novia, la chica vegetariana con quien estudia siempre en el sótano de la biblioteca, me cuenta que su relación con ella está muriendo y no profundiza más. Lo animo a ir por Rozzenda, como él me animó a ir por S. Sin embargo, el fastidioso de Porthos, le digo, ha hecho grandes avances esta noche. Athos maldice a su compañero de caballería y promete separarlos. Le ofrezco mi ayuda, le digo que si él quiere yo puedo traerle a Rozzenda ahora mismo.

Se resiste, no le gusta mi idea. Quiere ir él mismo y tomar de las greñas a esa muchacha cabeza dura y decirle que la quiso desde siempre. Le advierto que tenga cuidado, que ha pasado mucho tiempo siendo el mejor amigo y eso le jugará en contra.

Motivado por su acto valeroso, le digo que yo también buscaré a S por última vez. No le parece una buena idea tampoco. “Ya fue suficiente por hoy”, son sus palabras, “déjala dormir y mañana le hablas”. No le hago caso, tengo que hacer algo para que mi espada llegue adonde otras espadas no han llegado.

Camino a la cocina otra vez, ahora está llena de danzantes arremolinados alrededor de la francesa Lucy. Veo a d´Artagnan salir del dormitorio de S con otras personas más. Lo veo deambular, creo que es hora de cruzar unas palabras más con él.

–¿Podemos hablar?
–Claro, qué pasa.
–Hay que sentarnos primero –y tomamos asiento–.
–Dime, te escucho.
–Amigo D´Artagnan, nunca he dado explicaciones al mejor amigo de la chica que…
–De la chica que te vacila –completa rápidamente–.
–¡No!, “vacila” es una palabra muy…
–Entiendo.
–… Informal. Que me gusta está bien dicho.
–Ya, ¿y? Al grano.
–Sólo quiero que sepas que no quiero que nadie salga herido, mucho menos S. Si acaso siento que la molesto, me retiraré. Antes también lo hice.
–No me hables tan bonito ah.
–Prefiero que se olvide de mí. Pero mientras sienta que puedo hacer algo por ella, seguiré buscándola.
–Está todo bien. Como te dije, sólo cumplo mi deber de amigo y la protejo.
–D´Artagnan, te agradezco que la defiendas, incluso de mí, finalmente yo quiero hacer lo mismo.
–Bacán, pero ahora es mejor que duerma, no hay que molestarla.
–Yo no quiero molestarla. Como tú, quiero cuidarla, se lo he prometido.
–Está bien, pero ahora no. Por ahora tienes mi venia –concluye D´Artagnan–.

No muy seguro de lo que significa tener su venia, camino alegre esta vez sí a la cocina. Es el único lugar donde encuentro una superficie que me acomoda para escribirle una nota de despedida a S, siendo éste mi último intento de la noche por alcanzarla. Casualmente, llevaba conmigo una hoja y un lapicero, los elementos más rústicos para decirle a una chica lo que sientes si no la puedes ver.

Escribo trepado en la mini-refrigeradora, alrededor está la bulla de los borrachos. En condiciones normales, no podría escribir con tanta bulla. Pienso un momento y no me sale nada. Escribo, borro, tacho, vuelvo a empezar. No advierto cuando Lucy de Francia me queda mirando. Le digo hola, si bien me responde lo mismo, su acento parisino magnifica su ternura. Le digo que ya no podré ver a S, así que le estoy escribiendo. Para no aburrirla con mis problemas, le cuento que hace poco vi una película francesa muy buena del año 1991 llamada “Los amantes del Pont-Neuf”. Ella dice no conocerla, le cuento que la puede encontrar en Polvos Azules y por si acaso, le hago repetir: “Poulvouz Azoulez”, dice ella.

El pesado de Porthos interviene en la conversa. Muy libidinoso, le ofrece a Lucy acompañarla al lugar mencionado. “Es el paraíso de las películas”, dice Porthos con total huachafería estirando los brazos en círculo.

Vuelvo a mi papel, al verme tan concentrado d´Artagnan grita: “¡ya no seas tan romántico!”. No le hago caso y suena otra interrupción más, ahora es Teni que me dice “¡ya vamos, Pato, apúrate!”. Nadie entiende que esto es más importante que sus ganas de irse, de brichear, o parecer un romántico. ¡ya sé qué escribirle!, cuatro oraciones, una más larga que la anterior, y la última, la más importante, de menor tamaño.

“Si vuelvo a entrar voy a caer muy espeso. El bonsái de tu frigidaire me acaricia los cabellos. Tu amiga Lucy quiere ir a Polvos Azules, si no la llevas tú la llevo yo. Te llamo más tarde”.

Cierro el papelito y otra vez me topo con Lucy, que aletea sus ojos. Me inspira confianza, quiero darle el papel a ella, pero tal vez las barreras idiomáticas conspiren contra mi mensaje. Me divierto un momento con Lucy, le pido que me traduzca ciertas palabras al francés y reímos. No me despido de ella, pues un tiburón se la lleva a un costado. La alegría duró poco.

Llamo a Teni, le digo que me espere en la puerta. Me acerco a Charlotte, me siento en el piso y le digo que necesito un favor. “Ya no puedo entrar, quiero que le entregues esto a S”, le digo. Ella acepta.

Salgo a la puerta, es otra la ciudad cuando estás tan arriba, si bien los techos de otras casas afean la vista, las luces te hipnotizan, alguien te habla desde el oscuro cerro que está al fondo. Está muy frío, es junio pues, por algún motivo inusual venido de los besos, estocada letal que ilusiona y encierra los deseos en el calabozo de mis recuerdos, me siento abrigado.




FIN.
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Ella planeándolo todo dentro de sus sueños.




domingo, 12 de junio de 2011

Déjala dormir (Episodio I)

No voy a besarte, hermosa. 
No voy a romper el azul encantamiento. 
No voy a permitir que desciendas a la tierra feroz de la vigilia.

(Lorenzo Helguero).

Imagen por gabriele chiapparini

UNA DE LAS NIÑAS defiende su orgullo, estoy de su lado. Un mosquetero confiesa su pena de amor, lloro con él. Mi dealer no oficial me invita marihuana, la fumo. A una amiga le molesta que su novio fume con nosotros, nos escondemos de ella. Un amigo recién llegado de Francia me cuenta que las francesas son difíciles de conquistar, tomo nota. 

La dueña del mundo muerde mis labios, le digo que aun teniéndola cerca la sigo extrañando. Muchos recuerdos vienen a embriagarme de vuelta mientras abro los ojos y suena insistentemente el timbre.

Abro la puerta, es Rozzenda, qué hace aquí, me pregunto. Si mal no recuerdo, todo empezó cuando caminaba solitario por el tradicional Queirolo. Quedé en encontrarme con unos amigos en ese bar, en especial, con el amigo Melón, quien un año antes viajó a Marsella para buscar su futuro antropológico por allá. Él es quien me encuentra, nos damos un fuerte abrazo, por los viejos tiempos perdidos. Es un insulto decirlo, pero sigue igualito. Me reclama que no le haya respondido el último mail que mandó, le pido disculpas. Me cuenta sus últimas aventuras, luego me pide que le cuente las mías. Saco algunas de la baraja y le digo que más tarde es cumpleaños de S, de la que te conté.

Técnicamente no lo es, ella adelantó la celebración dos días. Llegan más amigos, entramos a una discoteca. También aparece Teni, “qué fue, ¿por qué no contestabas el celular?”, le pregunto. “No, Pato, mi batería está en muere”, responde. Tiene una sonrisa picarona, tiene la cara de haber cometido algún pecadillo. Le digo que Rozzenda está esperándonos, él se ofrece a recogerla. “¡Cuando vengan, partimos al cumpleaños de S!”, le informo.

Demora en venir, su celular sigue muerto. El amigo Roberto me ofrece sustancias prohibidas, es la pequeña muestra que alienta futuras compras, se agradece. Es bueno tener uno, o dos dealers que siempre me inviten y no pagar por ella.

Al volver Teni con Rozzenda, esperan un rato a que cierre los negocios con un amigo músico que me ofrece clases de guitarra. Cambiamos números; antes salto y bailo una salsa con Rozzenda. Una vez en el taxi, pensamos en el regalo. Pago el taxi ya que Rozzenda y Teni tenían billetes muy grandes. Me quedan debiendo, juntos compramos un rubio ron.

Subimos las escaleras del torreón donde vive S. La saludamos, yo con un aéreo y desubicado “feliz cumple”, ella me recuerda que todavía faltan dos días y me lleva del brazo donde su amiga francesa Lucy. Viven juntas, es rubicunda, delgada, corte de pelo garzón y orejas de gato. No me presenta a los demás invitados, de mayoría masculina y tendencia brichera. Dejamos el ron en la mesa con los demás tragos. Se alegra y suelta mi mano.

Mi cuerpo flota adonde Teni, que tiene otro ron y no se ha dado cuenta. Yo tampoco. Sentados, observamos la llegada de la hermana de S, Charlotte, al lado de una amiga que Teni juzga de hermosa con cuatro palabrejas: “Yo sí le voy”. No te preocupes, le digo, déjame a mí, yo la conseguiré y la prepararé para ti, amigo.

El primer sorbo de Appleton descubre el verdadero paisaje del lugar, una vieja torre del siglo XVII, todos con sombreros de ala ancha y armados con espadas, las mujeres con vestidos que dejan ver sus hombros; sin embargo, algo no cuadra, le digo a Teni. S baila melosa con un espadachín que no conozco y no dudo que quiere hacerla suya. “No te preocupes, de lejos, ese pata es gay”, me tranquiliza un poco el buen Teni. Sigo vigilando hasta que sea mi momento de ingresar y bailar una pieza con S.

Rozzenda se ha perdido en la fiesta. Aparece otro espadachín, uno de fuste, importante en este relato, lo llamaré d´Artagnan, como el personaje central de Alejandro Dumas, novelista francés que dos siglos antes vaticinó, a un océano de distancia, algunas cosas que esta noche pasarían, entre ellas, el amor semi-correspondido y la juerga desmedida.

“¿Donde está S?” pregunta d´Artagnan, bastante preocupado. Le decimos que se fue a la cocina con un chico alto, de rulos y voz grave, parecido al hijo de Jhonny Bravo. “Ah, ese debe ser el paciente Athos”, adivina el espadachín un poco más calmado. Chupamos juntos y nos cuenta cómo conoce a S: crecieron juntos en el mismo barrio, jugaban canicas de pequeños, según relata el muchacho cuya espada descansando en la silla indica que tiene la guardia baja, está sentimentalón.

Rozzenda nos encuentra de nuevo, habla con Teni algo relacionado con el otro espadachín obeso del que debo cuidarme esta noche. Prefiero caminar al balcón donde baila Charlotte, agarrada de la baranda, dándole la espalda al vacío. Al lado, está su amiga, se llama Drussila y por los pocos datos que puedo sacar, está sola y acepta que Teni, porque fui directo y se lo dije, la saque a bailar. Para guardar las formas, le digo a Charlotte, yo tendría que bailar contigo. Ella saborea una sonrisa en sus labios y acepta.

Vuelvo a mi sitio para darle las buenas nuevas a Teni y lo encuentro imbuido en una charla incendiaria con Magdalena, por quien se derrite en secreto, y amiga muy cercana de la bella S. Ya era raro verlo muy calmado en la fiesta, claramente Teni babea por ella. Me conmueve el parlamento de Magda, su novio le confesó que estuvo con otra chica, empezando por allí, cualquiera no hace eso, hay que tener huevos para confesar una infidelidad. A mi supino entender, era punto para él. Sin embargo, el tipo es indefendible y resulta gracioso imaginarlo como Magda lo imita y, sin poder reírme, observo como gesticula el rostro reproduciendo el llanto marica de su novio devenido en ex.

“¡He podido sacarle la vuelta tres veces, te lo juro Teni, pero no quise!”, grita en silencio. Yo le digo que creo en las segundas oportunidades, pero hasta allí nomás, que no haya tercera, que lo perdone. “¡Me engañó con una perra! Es mi orgullo, yo valgo más que ese huevón, ¿¡qué se ha creído!?”, replica y le digo que respeto su punto. Defiende su Orgullo tan puramente que me conmueve. Teni le dice que ella debe ser implacable, no dejarse convencer y enterrar el recuerdo de aquel sujeto de una buena vez. Siguiendo la idea de que él puede consolarla, arenga, “¡claro pues Magda, Ollanta Dignidad!” y todos gritamos lo mismo sin encontrar resistencia en la concurrencia.

De repente, uno de los invitados sin espada se acerca, busca algo, se tuerce debajo de la silla y se lleva nuestro ron. Lo sigo presurosamente y le pido que me lo devuelva, él me explica que sólo agarró el Appleton que él compró. En primera instancia no le creo, es un problema personal, en primera instancia no le creo a nadie, todos mienten. Según decía, el ron le pertenecía, no era mío, ¿me quería tomar el pelo?, Teni me dice desde atrás que no le crea, estaba más indignado que yo, eso me daba confianza pues ante cualquier gancho ciego que recibiera eventualmente, sé que él lo hubiera devuelto si yo quedaba privado.

No quería hacer escándalos esa noche, en ese lugar, si hubiera tenido un plan, por ahí no iba el camino. Poco a poco, el invitado me hizo entender que era su Appleton y no mi Cartavio, pero ¿dónde está el nuestro, Teni?, le preguntaba. Estábamos lamentando la pérdida cuando decidí pedir prestado otro ron, me dirijo a la mesa, casualmente, S llega acompañada por otro de sus leales súbditos, el chico con fachas femeninas (no termino de creerme el cuento del gay), a quien presenta con un nombre que olvido al instante. Antes de poder darle la mano, S me invita un vaso de tequila.

Sería más certero decir que tuvo la delicadeza de metérmelo a los ojos, pero es su cumple, ella tiene el poder sobre mí y sobre los líquidos que entren a mi boca. Acepto su generoso ofrecimiento. La engaño, apenas repaso el trago con mi lengua serpentina mientras sujeto con la punta de mis dedos la chaqueta que trae puesta, fuerza suficiente para atraerla por inercia a mi cuerpo, alejarla del enemigo espadachín, tomarla por la cintura y oler el perfume de ese pelo negrísimo que me hace su esclavo.

Siguen hablando de otro espadero que llegará más tarde. Ella está pegada a mí y yo pegado a la pared, interrumpo buscando las manos del “chicoco” para saludarlo, mucho gusto, le digo de nuevo en el mismo instante que quiebro con mis dientes uno de los mechones de S, cerca estuve de morder su oreja izquierda. Tomo otro sorbo del José Cuervo, esta vez sin mentiras.

De repente, el chico le pide eufórico la dirección del baño. S se separa y lo lleva muy cordialmente. El José Cuervo aumenta la desazón en mis labios, otra vez me quedé con las manos vacías, seguramente el gay se volverá hombre e intentará algo con S, ¡jolines! “Qué pasa, Pato”, me dice Teni. Le cuento lo sucedido y las pocas caricias que S permitió de mí nacer, le digo que me revienta verla irse con otro al baño. “Tranquilo, tremendo amaneradazo que se le nota, son amigas”, pero ya no estoy tan seguro de eso.

“¿Quién es él?”, le pregunto a Teni. Me presenta al tercer mosquetero de la noche, se hace llamar Aramis el conciliador. Advertido por la leyenda del hombre que ingresó a la Guardia Real de Luis XIII para preparar su carrera religiosa, el buen Aramis, quien tiene la mirada de un sapo alegre y estudia en la Agraria me cuenta, tras el suave interrogatorio al que también sometí a todos los espadachines de la sala, que conoce a S porque la acompaña a cuanto concierto exista en Lima. S, para quienes no sepan, es la chica del espíritu musical a la máxima potencia, conoce hasta las canciones caletas que suenan ahora mismo en los sótanos de Júpiter y Neptuno.

Observo que ella vuelve al plató, guiada por los pasos de baile de d´Artagnan. Bailan a una distancia muy próxima, pero nada que impida negar que ninguno quiere con el otro. De pronto, interrumpe Athos, me indica que d´Artagnan quiere llevarse a S a comprar tragos. Es sospechoso que la cumpleañera deba ir a comprar los tragos, que falta de caballerosidad de parte de d´Artagnan, es lo único que pienso. “¡No dejes que se vayan!”, dice Athos que se ha convertido en un amigo fiel, que no se la lleven, repite. Supuestamente son sus amigos, no harán nada malo, pero su preocupación enciende una alerta en mí. Miro a Teni, Aramis también se ha ido, la emboscada perfecta, malpienso, carajo, se la llevan y salgo disparado a acompañarlos.

–Pato, ¡a dónde vas! –grita Teni desde la ventana–.
–A la tienda, supongo –digo bajando las escaleras de dos en dos–.
–¡Teni, ven, vamos! –invita S–.
–¿Cuatro chicos para una chica? –piensa Teni–. Ya suficiente con Pato que está cagado.

Como lo había pensado, d´Artagnan y Aramis le dicen algo a S, entre los dos la encierran y cuchichean. Me acerco cauto, blandiendo una espada imaginaria, por si estos esgrimistas de cuarta, que no han sabido arrebatármela, quieren batirse a duelo (muy común en estas épocas, donde se vive de migajas y se mata por honor). Sin embargo, S se mueve vagabunda hacia mí, tambalea un poco, y antes que tropiece la recibo en mi pecho, ha pasado mucho tiempo desde que la tuve entre mis brazos por última vez.

–Vayan ustedes, me quedo con ella –anuncio a esos guardias de élite–.
–No, no. Que ella se quede –ordena d´Artagnan, no queda otra que obedecerlo, la leyenda dice que él nació para ser dueño de la seguridad del Castillo y los pantanos aledaños–. Ordenes venidas de arriba, lo siento –se excusa–.
–Subamos, S, por aquí, camina –completa Aramis, yo no puedo hacer nada–.

Voy detrás de ellos, ahora subimos, esto me parece sospechoso. Nada sabe como cuando llegué, hay alguien en esta fiesta, un enemigo invisible que también va por S. El enemigo invisible tal vez no está aquí, quizás mueve los hilos desde muy lejos. Cualquiera puede ser su aliado, ya nadie sabe para quien trabaja en Saint Germain des Pres. Adentro nuevamente, sigue cuchicheando Su-Alteza-Cumpleañera con los mosqueteros arribistas, uno de ellos quiere tomar la Bastilla, pienso.

De esas fantasías soy salvado por S, “quiero hablar con él”, dice y toma mis manos para conducirlas hacia la cocina. Está mal, el alcohol ha desatado ¿sus verdaderos impulsos?, no quiero aprovecharme de ella, está desprotegida, ¿se arrepentirá si intento besarla? No quiero que todo sea como la vez pasada. “Espera, traeré un poco de agua para que se te pase”, le digo al pie del lavabo. Pero me jala hacia la esquina, la ayudo a subirse a la mesa hecha de concreto.

Es gracioso, ambos sabemos que viene un beso, hemos estado así antes, ebrios y solitarios. Es muy serio, a la vez, es decir, no soy una persona seria, no pretendo serlo, solamente que después del beso que viene mi primera intención es que S no vuelva a separarse de mí. Dentro de poco conoceré sus intenciones, que son las determinantes y no las mías, yo puedo querer muchas cosas, pero ella es quien gobierna su cariño y lo reparte con quien manden sus caprichos.

La contemplo un momento, se le ha corrido el maquillaje, tiene un aire gótico, aspecto descuidado que eleva su belleza y aflora su inmortalidad. Juntamos las cabezas y tomo sus cabellos, ella sostiene mi brazo, desde sus hombros busco sus mejillas rosadas, me estaciono allí todo lo que dura la eternidad. Llegaré a su boca, estaré perdido y juntos conoceremos por última vez el silencio.




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[Advertencia: Esta no es otra novela que empieza, se acaba este jueves 16, día de mi cumple, que posteo el episodio final. Espero que estén atentos. Luego terminaré la otra novelilla y si hay más novedades sobre lo que acaban de leer, reabrimos el caso en, calculo, agosto. Gracias por seguir el blog.]


"Put your head on my shouuuulder (8)"