sábado, 20 de octubre de 2012

La chica misteriosa


Imagen por Google

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Me gustan sus botas, sus botas de cuero y la extraña forma que tiene de amarrarse las agujetas. Me gustan sus jeans rasgados y bien ajustados. Me gusta su blusa ligeramente escotada pero escondiendo sus encantos. Me gusta cómo el humo se desprende de sus pequeños dedos y cómo se ríe. Sobre todo porque lo hace conmigo. Me gustan sus miesterios, sus silencios y como poco a poco los voy descifrando. Me gusta tanto aquella chica que ahora me acompaña que no sé explicarle con palabras lo mucho que me encanta.

No sé porqué ella ha escogido aquel parque, aquella banca, aquel muro  donde ambos estamos sentados muy cerca de los árboles, muy cerca de casas aledañas. Pero tan lejos de nosotros. Sin embargo, presiento que ya he venido antes. Nos acompaña una botella de ron, una cajetilla de cigarrillos, algo de música y mis pequeños chistes que llenan los silencios incómodos. Ella no toca su pasado y yo no lo profundizo, sólo sé que le gusta estar sentada aquí conmigo, y eso es suficiente.

Los vasos se acaban pero vuelven, me toca de nuevo. Ella se rehúsa a tomar y me obliga a hacerlo otra vez. El silencio juega en contra de nosotros y las risas apelan a un amor posible. No sé muy bien lo que digo pero sí sé que ella se está divirtiendo. Su risa me renueva, me alegra, me llena de vida. Se parece tanto a lo que andaba buscando y sin querer está sentada a escasos centímetros míos. La gente pasa y no nos ve, somos invisibles, casi transparentes. Mientras las últimas gotas de mi vaso caen en las tristezas.

Refugio mi silencio en el humo del cigarro, mientras ella me observa con cierta complicidad. Ella toma la posta y empieza a bombardearme con todo tipo de preguntas de las que trato de torear con cierta experiencia que me dan los años: como nunca profundizar en ninguna respuesta ni hablar con énfasis de alguna chica del pasado. Menciono a grosso modo las veces que creí estar o estaba enamorado, de mis dos novias formales, de mis mejores amigas, de fiestas y de una que otra estupidez que hice en la adolescencia.

Quizás sé tan poco de ella que eso es lo que me gusta. Me atrae de forma misteriosa su melancolía. cuando ella habla trata de cuidarse, no de decir nada más allá de la cuenta, parece que analizará cada respuesta, cada pregunta que he lanzado al aire y ella ha cogido con sabiduría. No obstante, son aquellas respuestas simples, no trascendentes, las que nadie toma en cuenta, con las que yo voy construyendo un perfil de ella en mi cabeza.

Sé que le gusta el cine italiano: La vida es bella, Cinema Paradiso y Malena. Las independientes: Blue Valantine, Réquiem por un sueño y Soñadores. Las clásicas: Casa Blanca, Lo que el viento se llevó y Tiempos Violentos. No es necesario pensar mucho para deducir que le gusta el rock, el rock en español sobre todo porque ella no domina el inglés, sin embargo, le gustan Los Beatles.

Entonces lo entiendo todo, comprendo que ella es distinta, sobrenatural, una de esas criaturas que el destino te pone enfrente una sola vez en la vida, y que si la dejo pasar es porque soy un marica y un perdedor, cosas que sin duda soy, pero no esa tarde que quiero escapar de la realidad y soñar, aunque sea un momento, que mi vida podría ser mejor con esta mujer que ahora quiero besar y no sé si me corresponderá.

Me acerco un poco más, las distancias se van acortando y ella se da cuenta de mi siguiente jugada. Necesita ir al baño, que está a pocas cuadras del muro donde estamos sentados. en el camino, coge unas moras de los árboles, se las mete a la boca, toma un puñado y me da el resto, yo me las como instintivamente, parece como si fueran los primeros habitantes de la tierra, como como Adán y Eva expulsados del jardín del Edén.

Caminamos en silencio. El silencio ya no incomoda porque estamos juntos caminando, ninguno quiere irse, ninguno quiere que esta tarde termine nunca. Pero dentro de una hora será la clase de fotografía a la que ella ha faltado por un par de veces sin justificar. Nos dirigimos a los servicios higiénicos de Metro, compramos algo de papitas y algunas bebidas energizantes.

El tiempo se nos ha escapado de las manos. Ambos sabemos que no llegaremos para la clase de fotografía y aun así no hacemos nada para llegar a tiempo. Ella sugiere irnos caminando y a mí me gusta la idea. Tengo que aprovechar cada segundo adicional que tengo para besarla.

Parece que puede leer mis pensamientos, o quizás son mis manos que empiezan a buscar las suyas hasta encontrarlas. Y en la calle codo a codo somos muchos más que dos. el alba nos da entre los árboles.

Mi boca busca su boca, pero no la encuentra, con cierta tristeza ella me ha evadido. Le pido disculpas y sonrío. Cuento algo gracioso, trato de no estar molesto o finjo no estarlo. Yo trato de actuar normal aunque quizás sobreactúe un poco. Pero no es que tampoco sea un nominado de la academia.

Ella me mira con sus grandes ojos negros en silencio. Me da un beso en la mejilla, y me dice, que también le gustaría besarme pero la amistad es primero, y yo, pero yo no quiero ser tu amigo; y ella, no es por nosotros, es por mi amiga, tú también le gustas...



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Esta historia en una canción.



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