DOS, TRES BAILARINAS de ballet se han posado en la palma de mi mano. Cayeron a mi vaso lleno de pisco acholado. No bailan, sólo bucean y me miran como yo las miro. Ellas, desde su piscina, me hacen muecas, las dos o tres niñas parecen pescaditos de colores. Yo rasgo mi vaso con los dedos, es improbable que las alcance antes que me enseñen los dientes y se beban todo el pisco por mí.
Estoy en la reunión de Gabriel, es su despedida, y me propongo hacer mi versión de los hechos. No es de dominio público que Gabriel es el amigo más antiguo que recuerdo haber tenido desde que llegué al barrio Osores, y por eso les contaré.
Él y yo, de pequeños, no nos dejábamos llevar por la corriente pues mientras todos jugaban fútbol, nosotros cultivábamos el impopular arte de la bicicleta, los patines y la búsqueda de escarabajos en la tierra para darle de comer a nuestros pollos.
Mi barrio está dividido en tres parques: el parque Ruidiaz, el parque Burgos y mi parque, el Osores. Históricamente, los muchachos de estos parques se juntan a practicar deportes de contacto (fútbol, tumbaditas, etc.), mientras Gabriel y yo íbamos al mercado a buscar maíz para darle de comer a nuestros pollos. Muchos nos veían como locos, y eso le daba a nuestras caminatas un sentido, un sabor independiente.
Yo crié dos pollos cuando tenía 9 años, uno se murió de frío, era débil, y el otro quedó vivo un tiempo más: “Pillín Super Saiyán Cuatro”, ese era su nombre completo. Simplemente Pillín, un pollo dálmata (por su plumaje blanco y negro), avispado y valiente. Gabriel, de mayor poder adquisitivo, tuvo cinco pollos rubios que se le fueron muriendo, unos ahogados en la piscina, otros devorados por perros y otros de formas aun no esclarecidas.
Me daba un poco de pica que a su único pollo sobreviviente le haya puesto como al mío: “Pillín” (no le puso apellidos). Lo acusé de no tener imaginación por darle el nombre de mi pollo al suyo. Pero ahora comprendo que ese detalle me recordará lo unidos que fuimos en algún pasaje de nuestra infancia, cuando nos divertíamos juntos, a contracorriente de los demás o sin necesidad de ellos. Me da pena y rabia que ahora se vaya a Argentina.
Si algo me queda claro, es que el barrio nunca se olvida. Es el primer invento compartido del que tengo registro. Es el lugar donde el camino empieza y por eso tiene un valor genuino y singular, no calculable. Puedo irme cien veces y las cien veces que regrese tengo la seguridad que seré bienvenido, no por haber hecho necesariamente bien las cosas, sino porque le vi las caras a todos cuando éramos unos chiquillos inexpertos, inocentes, de alguna manera éramos todos iguales: igual de sucios, igual de jodidos, igual de pingones. Que luego tomáramos caminos distintos o veamos la vida desde otros ángulos, no quita ese carácter cómplice y primigenio con el que nos reunimos ciertas noches a tomar unas cervezas y somos los borrachos de siempre.
Pero lo que desea Gabriel es vivir en el país, a su entender, más liberal de Sudamérica, más que encontrarse con su familia materna que vive en Misiones. La liberalización de las bodas gay lo seduce demasiado, la posibilidad de que no le nieguen la unión civil con Julián, el novio argentino del que se separó hace dos años, lo ilusiona.
Planea asentarse un tiempo con su familia materna en esa ciudad de la selva baja argentina y luego irse a vivir a Buenos Aires donde, nadie dijo que la vida fuera fácil, intentará reconquistar a Julián y yo creo que no le costará trabajo.
Sin embargo, se ha trazado un tiempo razonable, “si antes de volver con Julián, legalizan las bodas gay en Perú, juro que me vuelvo y me caso con Ricardo”, dice Gabriel. Esto sigue mi idea de que los gays son un grupo de gente muy promiscua. Tal vez sea cuadriculado, pero mi teoría es que siendo ellos una minoría, habiendo tan poco material disponible, se enamoran con mayor facilidad de los sodomitas que encuentran a su alrededor (y que les costó trabajo hallar). Eso explica la alta tasa de infidelidad (y enfermedades derivadas) existente entre ellos.
“Al ser pocos, o estar escondidos, elevan su cotización”, explicó una vez Gabriel, haciendo gala de sus conocimientos económicos, carrera que dicho sea de paso dejó a medias por volar a Misiones, con la puta misión, sospecho, de emperejilarse muchos argentinos antes de volver con el buenosairino de sus sueños.
Pero, claro, mundo que no está pintado de un solo color, Gabriel no ha descuidado su gris condición masculina los últimos meses ya que folló inconteniblemente con la poco agraciada Almendra. Es primordial hablar de ella en mi relato, pues estuvo presente en la reunión de despedida de Gabriel y tal vez ayude a explicar un poco las aficiones revolucionarias de mi amigo que se va.
Almendra es conocida en este barrio de tres parques como la amiga de todos, se dice que todos han pasado por ella. Uno de ellos, el negro Giordano, el más avezado de esta parte de la ciudad, vendedor de coca, huérfano de padres, ex carterista y actual padre de familia, fue su más popular amante.
Se podría decir que Almendra, al estar con el negro Giordano cobró visibilidad. Cuando terminó con él, en malos términos claro está, ella comenzó una aventura con “Culoroto”, el vecino de su edificio. Luego, entabló una relación de seis meses con el pingaloca de “Magic B”, que había dejado a Queen (por ser muy católica y no entregarle su virginidad). Concluida esa relación, fue vista saliendo de un hotel del Centro de Lima con “Cojinova”, un corredor de olas que cuida casas en Punta Hermosa todos los veranos, adónde quiso llevarse a Almendra, pero esta desistió pues todavía tiene 17 años y vive con sus padres. Se sospecha de siete vecinos más, entre ellos Piero rompecorazones, pero baste con los que ya reseñé.
Después de todos ellos, según me contó Gabriel en voz baja, la conoció. Una noche, que él volvió molesto de una fiesta en el Down Town, pues había peleado con Ricardo (su novio peruano), la encontró sola en la reja de su edificio. Se había olvidado la llave y no había nadie en casa (ella vive en el último piso). El desgraciado de “Culoroto” tampoco la quiso ayudar y fue Gabriel, compadecido de ella, el que la acompañó hasta que un familiar llegara. Ingenua, a pesar de tener más polvos encima que su abuela, Almendra creyó ver en Gabriel un hombre generoso, jamás se le ocurrió que todo lo tomaba a la loca.
A Gabriel le gustó la idea de sacarle pasajeramente celos a Ricardo con Almendrita, pero poco a poco ella se fue enamorando de las intensas sesiones de sexo. Gabriel sabía que lo de Almendra acabaría en cualquier momento, y su inesperado viaje a Argentina fue la excusa para separarse. Ella ya venía siendo muy melosa y el viaje era la coartada perfecta para abandonarla a su puta suerte.
El círculo de amigos no avalaba la relación. Algunas veces, el negro Giordano pasaba por el parque y le preguntaba, casi sin interés: “Gabo, cómo te va con la Natacha del barrio”. Gabriel se quedaba callado, sabía que Almendra había desfilado por los tres parques y no podía refutárselo a nadie. Nunca la defendió, a pesar que estaba en todo su derecho, siendo de dominio público que él era el noviecito.
Su viejo y sus abuelos tampoco avalaban el romance. Ellos, grandes comercializadores de pisco, se dejaban llevar por lo que decía Juan Patricio, el hermano mayor de Gabriel. Eran muy represivos, se tomaban el derecho de seleccionar las noviecitas de Gabriel, se creían dueños de sus gustos. Gabriel, bisexual de pantalones mal puestos, no defendía a Almendra, nunca la defendió a pesar de follársela parejo. Era cabro y marica para enfrentarse a su familia paterna que, por otro lado, tampoco sabía de la bisexualidad de Gabriel.
Esto era un secreto compartido entre tres, Teni, Luciano (otro amigo) y yo; y ahora ustedes.
Claramente fue esta represión la que coadyuvó a que Gabriel desembocara sin complejos en lo que ahora es: un bisexual en las sombras, acallado por la rigidez de su hogar que le elige las novias (“pero no los novios”, como le gusta decir a él). Emigrar a Argentina, donde hace poco se legalizó el matrimonio gay, es un paso importante en su búsqueda de libertad y comprensión. Su buena madre, la señora Thalia se encargará de brindarle eso, techo, comida y más.
Y esa noche, que todos estaban ocupados en un lío de faldas menor, también ligado al bisexualismo, en que uno de los protagonistas era Teni, mi amigo y partner, junto a Malena y Úrsula que se encerraron primero en el baño, y luego en el cuarto de Gabriel, para supuestamente besarse e intranquilizar a Teni, al que yo trataba de calmar diciéndole: “tranquilo, la tal Úrsula, por más grandes pechos que tenga, jamás le dará a Malena lo que tú le das”. Pero él no se calmaba y fue a buscarlas, golpeó la puerta y armó un bochinche.
Fue Gabriel quien quedó como el héroe en todo ese lío. Él evitó que Úrsula y Teni se fueran a las manos. Creo que Malena no es tan díscola como Teni piensa, simplemente lo supera en experiencia y eso lo desequilibra y hace sentir inseguro, el pasado de Malena acecha a Teni, mas no a Malena, que lo quiere bien.
Camino al baño, escuché unos ruidos en las escaleras, engrosé la voz y dije “Quién anda ahí”. Supuse que era Teni y Malena reconciliándose. Bueno, allá ellos. Fui a mear todo el pisco que Teni le había regalado a Gabriel. Ya no pensaba en dos o tres, sino en sólo una de las bailarinas de ballet. Quise llamarla pero seguramente estaba durmiendo y es de mal gusto importunar a esas horas.
Cuando volví a la sala, Almendra consolaba a Gabriel, su partida lo ponía triste. Empezaron a agarrar, Gabriel sabía que era peligroso pues su viejo y su hermano estaban cerca, chupando en la cocina. Justamente por eso, se encerró con Almendra en su dormitorio para atravesarla por última vez. Para mí, en ese momento de mucho riesgo, pues no le importó que Juan Patricio o su viejo los encuentre, dejó de ser un maricón cualquiera.
Al resto de amigos de la reunión, sólo nos quedó irnos antes que nos voten, para que Gabriel culminara sin problemas. Era su despedida y no había que molestarlo.
Una vez solo, cumpliendo mi ritual de borracho, le timbré una vez a la bailarina de ballet, siendo esa mi impotente forma de decirle buenas noches, duerme bien.
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Esta historia en una canción. "En casa" por G3. Con escenas de la serie Misterio.
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Fotografía por Hoor Aleen