miércoles, 15 de agosto de 2012

El ladrón de inocencias

Imagen por geminiangelus

Bajo en Moquegua con Tacna y envío un mensaje. “Estoy en el paradero”. Me preocupa que una buena porción de mis últimos mensajes recibidos tenga a la misma remitente. Son nueve dígitos que me recuerda a la extraña Viviana Dallas. Tal frecuencia en los mensajes sólo puede significar dos cosas: está interesada en mí o yo en ella. En ese caso, sigo el juego con una broma fácil que antes utilicé con otras chicas o ellas conmigo.

La constancia de los mensajes de texto no puede soslayar una verdad: no tengo saldo para llamarla. Tras una lectura económica de mi situación, sonrío pues los mensajes son buenos aliados para un gilero misio como yo, que practica en un periódico chicha que no le paga ni un centavo y se engaña creyendo que lo hace por amor al arte y se aferra con terquedad a la idea de que su oficio de escribidor le dará de comer en el futuro.

En los mensajes, ella juraba que no pasaría nada con el chico que invitó a su cumpleaños, pues ha decidido pasarla en casa. Yo no sería suspicaz de no haber sabido que aquel chico de marras (ella insiste en llamarlo “mi ex”) es el único invitado a la fiesta que empezará a las once de un viernes por la mañana.

No sé quien lo invitó, ¿manyas? Yo estaba sola, él vino, tocó la puerta. Estaba ahí parado con unos chocolates holandeses que me regaló. No podía dejarlo ahí afuera, lo hice pasar. Me dijo feliz cumpleaños, me abrazó y me besó. En ese momento no me importó porque nadie nos veía. Además, darse un beso es como darse la mano, como acariciarse, ¿verdad? Un beso no significa nada, pero continuamos en el mueble. A veces los besos suben escaleras y, cansados, se acuestan. Pero no pasó nada. Mis besos no reclaman almuerzos ni lonches porque los besos se tienen a sí mismos y se esfuman si corren el peligro de ser descubiertos por alguien más. Para mis besos, la privacidad es una promesa y el público los afea. ¿Satisfecho?

“Feliz cumpleaños, pásala bien con tu chico”, le escribí temprano por mensaje, entre parco y celoso. “Estoy pasándola bien :P Gracias, él sí vino”, respondió ella. Al mediodía le conté que escribiría mi primera nota en la página central del periódico chicha. “Qué paja, en serio me alegro por ti, amiguito”, me respondió antes de finalizar la tarde. Sospeché del vocativo “amiguito”. Cuando los besos satisfacen a una mujer, no necesitan de nadie más. Para Viviana, ahora era su “amiguito”.

Espero que no parezca que eso me fastidia, tal membrete (amiguito) me acomodaba para hacer lo que quisiera. Como le decía a ella: quiero estar solo, quiero salir con todas (las que pueda), no me gusta que me limiten ni mucho menos salir con una sola. La pregunta sigue siendo para mí. ¿Me tiene que importar entonces lo que haga con otros?, ¿le reclamo?, ¿me hago el de la vista gorda y sigo mi juego?, ella piensa que yo salgo con muchas chicas que quieren besarme, que todavía no olvido a Lucía, incluso duda que mi relación sea solo laboral con mi editora-jefa de Policiales, Marielita Burgos. O con Nancy, la segunda redactora.

Nada es verdad, son mitos que yo he creado en su cabeza y no me encargaré de desmentir, creo estar perdido si una chica se sabe la única. Este no es el caso, pero no quiero que se me escape de las manos. Decidí seguir el juego y escribí cualquier cosa reclamándole. “ÉL y yo nada que ver. Acabo de confirmar que NADA por él”, respondió Viviana para defenderse.

Cuando me dijo para estar, todo murió. No me volvió a buscar, yo tenía que llamarlo. Cuando nos vimos, le pregunté qué pasaba, si todo seguía igual. Él estaba apático, me cambiaba de tema, me contaba sus ideas existencialistas acerca del amor, que nunca estaba hecho, que el amor siempre era un proyecto que al terminar de hacerse se volvía inmóvil como las piedras. A mí me gustaba escucharlo, decía cosas coherentes y a veces tontas, pero me hacía reír. Estuvimos un mes y sólo nos vimos dos veces, cuando empezamos y cuando cortamos. Tienes razón, creo que sólo quería eso de mí. Yo ni cagando se lo iba a dar, si quieres eso tienes que estar conmigo, le dije. Qué hago, no sé por qué te cuento esto. Yo, Viviana Dallas, juré que no le contaría a nadie sobre mi querido ex. Mejor apaga la luz.

Avanzo media cuadra, sigo en jirón Moquegua y llego a la puerta del supermercado. La veo saliendo con una bolsa en la mano. Sus cabellos están recogidos, deja ver el largo camino de su cuello al escote que llega a sus senos pequeños en punta. Un jean diminuto promete un más largo paraje de piernas frotadas innumerables veces en las academias de baile a las que asiste desde los siete. Cruzo la pista, esquivo a los que cargan carretillas con naranjas peladas y a los autos que entran al estacionamiento del Súper.

“A dónde vas a llevarme”, me dice. Le pido que me muestre lo que ha comprado. “Es un short playero, como te demorabas me dieron ganas de comprar algo, ¿te gusta?”, me dijo y se la puso encima, como probándosela. No tenía ninguna opinión de la prenda pero, mentiroso, sonreí. Le digo que esta vez sólo tengo ganas de caminar. Ella inspecciona mi mirada, sospecha que tengo los bolsillos agujereados.

Viviana quiere ir al Jockey. Ese antro me va a salir muy caro, pienso. Cruzamos el semáforo de Colmena y esperamos el micro blanco de rayas rojas y amarillas. Aprovecho el trayecto lento del micro por la Arequipa para convencerla de no ir al cine. Logro que cambie de idea, ahora quiere comer. ¡Quiere hacer algo!, no puede caminar y conversar nomás. No importa, ella se comprará un helado, yo la miraré, no tengo hambre, le digo.

Justifico las cucharadas de helado que le gorreo contándole mis aventuras policiacas en El Chirrión, los roches con mi jefa y el primer muerto que vi en un hostal de la avenida Uruguay, al frente de un templo masón. Sorbo su gaseosa, me cuenta que no irá a la integración periodística del sábado, su madre no le da permiso para llegar tan tarde. Me apeno por ella, aunque pienso celosamente que es mejor separarla de los chapes de Pietro. Hay varios postulantes para el cariño de Viviana, no sé porqué elige estar conmigo en el KFC del Jockey pagándose ella misma sus postres.

Fue en su casa, me llevó con la excusa de enseñarme su nueva cámara profesional y prestarme un libro. “El animal moribundo”, de Philip Roth. Es un pendejo, es el mismo libro que le presta a todas las chicas con las que sale. Las he visto caminar con él y con ese libro. Así les lava el cerebro, trata de un viejo que se enamora de una de sus alumnas, pero en realidad es un tratado sobre la libertad. Me contó unos pasajes de la historia y me gustaron, estábamos en su cama sentados y no sé en qué momento me comenzó a besar, ya lo habíamos hecho antes pero no tan hardcore como esa vez, ¿manyas? Llevábamos seis meses saliendo, él insistía, yo me dejaba llevar. Se quitó el polo, su delgadez me gustaba, ahí mismo me dijo para ser enamorados y le dije que sí. Intentó pero yo no quise, le faltaba pasar una prueba más, tú sabes que yo no hago esas cosas tan rápido, así que sólo mírame y abrázame.

Los “acompáñame a tomar taxi”, con Viviana Dallas se convierten en “llévame a mi casa” y, ante mi negativa, pues ella vive en un lejano cerro de La Molina, encontramos el justo “te doy plata para tu regreso”, respuesta que lesiona mi dignidad. No tengo de otra si pienso en el viento que corre por mis bolsillos.

Ella no puede tomar sola el taxi, quedó traumada desde los nueve años, cuando salvó a su tía Doris de un atraco. Iban juntas y el taxista se desvió por las calles de La Victoria y las asustó diciéndoles que las dejaría calatas. Era verano, Viviana tenía una pistola de agua y apuntó al ladrón que tenía camiseta de Alianza Lima, el tipo ni se inmutó, volteó a gritarle, perdió el control y se estrelló contra un poste de la avenida México, Viviana y su tía felizmente ilesas salieron del auto y corrieron sin mirar atrás.

Por eso, cuando me acerqué a ella para besarla, me empujó porque veía en mí al taxista que la quiso calatear de niña. “Soy yo, está todo bien”, le dije. Me miró y dijo “no vuelvas a hacer eso, por favor”. Asentí y me lancé de nuevo, esta vez abrió su boca pequeña y en esos juegos gastamos el trayecto hasta el penúltimo cerro del distrito.

Su madre no me podía ver. Sospecharía. Viviana siempre la pasa con amigas o se queda a dormir en casa de ellas, no aparecen chicos en ninguna de las historias que le relata a su madre, ella piensa que su hija todavía no ha tenido novio porque tampoco se lo permitiría. “No te quiero ver con ningún cholifacio”, le suele decir. Así que dimos la vuelta por la calle anterior, observé un terreno baldío y la empujé hacia allá donde la besé un poco ansioso, como si quisiera estar con ella ahí mismo. Le pido que se quede, pero es tarde, no puede.

Me silenció dándome diez soles, los tomé y sentí que me estaba pagando por los chapes esmerados que le di. Dallas soltó mis manos y caminó sigilosa hacia su puerta, la seguí hasta verla entrar a casa. Fin. Vuelvo al paradero. Una señorita de mirada alegre y mejillas chaposas que cubre con un manto su cabello me acompaña. Le pregunté si a esa hora pasaban combis para la Javier Prado. Responde sí, “vamos por el mismo Camino”. De dónde viene tan alegre, pregunté. “Vengo de estar con Dios”, me dijo y señaló el templo del frente que no había visto. Sacó una hojita de su maletín y me la entregó: “Jesucristo vendrá pronto, ¿estás preparado?”, rezaba el encabezado.

Pensé en Viviana Dallas, no estoy preparado para estar con ella ni con nadie. Quiero decirle a la señorita chaposa que no estoy mínimamente preparado para nada y que mucho menos tenemos el mismo Camino, el suyo está con Dios y el mío en otro infierno, pero cuando vuelvo a mirarla, ella ya se ha ido.

El cobrador me pregunta si voy a subir o no.

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Esta historia en una canción

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